Los latidos de Julián

Los latidos de Julián

Subí las escaleras deseando que esta vez me gustara el apartamento y, sobre todo, los compañeros. “¡Necesito alquilar una habitación ya!, pensaba, las clases empiezan en tres días”. Había visitado muchos pisos, pero siempre había alguna sombra revoloteando que me hacía huir del lugar. Nervioso y esperanzado, toqué el timbre, abrió la puerta un chico con ojos sonrientes. Entré en el salón y en el sofá estaban sentados los otros dos compañeros. Y mientras hablábamos mis ojos buscaban alguna sombra, pero no vi nada. La corriente fluyó enseguida entre nosotros; me comentaron sus reglas y por la tarde me había trasladado.  El piso era espacioso y luminoso, una gran terraza, –perfecta para fiestas, pensé–,  daba a un parque con un pequeño lago; a lo lejos se divisaba  la cúpula de alguna iglesia.

Soy Julián y junto a Pablo éramos los estudiantes de arquitectura; Gonzalo, el de música y Alejandro, el de filosofía; todos con  sueños y proyectos. Reinaba un buen ambiente en el piso, a todos nos gustaba la fiesta y estudiar; éramos conscientes de que si queríamos llegar a alguna parte, los esfuerzos eran el transporte hacia la meta. Muchas tardes nos dedicábamos a parodiar nuestros proyectos, era muy divertido ver y oír los diferentes puntos de vista, incluso las ideas más descabelladas cobraban vida; nuestra convivencia era viva.

Pablo y yo soñábamos con montar una empresa de arquitectura, cuyo objetivo era ayudar a la naturaleza y a los países más desfavorecidos creando viviendas con materiales biodegradables que aportaran bienestar, luminosidad y seguridad. Nos encantaba diseñar casas de bambú y barro cocido que se perdieran entre el paisaje natural. Gonzalo hablaba de su sueño, ser compositor y director de orquesta; tenía un don para la música, componía una sinfonía con solo oír el canto de un pájaro. Alejandro disertaba sobre la necesidad de crear y no imitar; “leer y comprender a los antiguos filósofos nos ayuda a entender un poco mejor a nuestro mundo”, nos repetía.

Para celebrar el día de la música decidimos preparar una gran fiesta; vinieron muchos de nuestros amigos,  bailamos, cantamos, charlamos, jugamos a vídeo juegos… y nos dieron las campanadas de las seis de la mañana. Nos despedimos de nuestros amigos y nos acostamos, en particular yo me sentía muy contento, pero algo cansado. El domingo todos estábamos resacosos y nos  quedamos en casa, recogiendo la terraza.

Al anochecer seguía muy cansado, me fui a dormir más temprano. Unos días después volé hacia la bóveda de la diosa Nut. Mis compañeros estaban en shock. Yo los miraba desde las brumas celestes  y pude sentir su tristeza, en cambio yo me sentía alegre, libre y mi corazón seguía latiendo al compás de la poesía de la vida. Una tarde, mis padres vinieron a recoger mis cosas. Flotaba en el aire una tristeza profunda al haberse roto un lado de ese sólido cuadrado que éramos nosotros. Mi madre abrazó a cada uno de ellos y, antes de cerrar la puerta, dijo: “Julián era muy especial, sabía que tenía una enfermedad incurable, pero sus deseos de vivir eran más fuertes que su vulnerabilidad”. Mis amigos al saber el secreto de mi enfermedad se quedaron como estatuas sal.

Dejé escrito que todos mis órganos fueran  entregados a aquellos que los necesitaran. Mi corazón que latía con amor por la vida fue entregado a un niño soñador. Cuando salió de la operación su madre lo miró con ojos llenos de amor, esperanza y agradecimiento por seguir a su lado. Él le dijo que sentía los latidos de Julián. Su madre extrañada le preguntó: ¿Cómo sabes el nombre del donante?, a lo que el  niño contestó: durante la operación Julián me contó su historia, sus sueños y deseos.

“Cuando tenía cinco años me diagnosticaron un aneurisma cerebral, sabía que en cualquier momento mi vida podía pararse, pero en lugar de rendirme, una fuerza sobrenatural me envolvió y me ayudó a vivir y a amar con más ganas la vida. Mi sueño desde pequeño era construir viviendas para ayudar al planeta y a la humanidad. Mis padres conociendo mis deseos me llevaron a visitar algunos países africanos y me quedé enamorado de su gente. Ya con quince años había hecho un boceto de casas de bambú y barro cocido y mi gran sueño era realizarlo. Cuando empecé a estudiar arquitectura quise independizarme y  mis padres lo aceptaron con pena y alegría. Cuando me trasladé al piso, mis ganas de vivir aumentaron al conocer a mis amigos y durante un corto periodo de tiempo compartimos nuestras vidas entre alegrías y penas, secretos y sueños; nuestra amistad quedó sellada para siempre.

Somos autor y actor de nuestra vida, hay que construir los sueños con piedras sólidas para que la base nunca se derrumbe. El futuro siempre está presente y los sueños se realizan cuando crees, no lo olvides”.

Hoy mirando este hermoso atardecer y viendo el juego de la danza de las golondrinas, me vienen unas palabras: ”el tiempo de la vida es efímero, aprovéchalo para vivir y dejar tu huella”, me dijo Julián antes de desaparecer en la bruma celeste que lo envolvió y llenó de paz mi vida. Sé que somos lazos del universo que vamos y venimos por un corto espacio de tiempo para enseñar y aprender que el viento mezcla nuestros cantos con la fragancia de la vida, solo depende de nosotros el perfume que le demos para que la flor propague su fragancia por dónde caminamos. El gran desafío de la vida es vivir desde la consciencia y sentir los latidos del corazón que baten al compás de nuestra canción, sabiendo que la vida es poesía.

(foto de la web)

El desafío del renacer

El desafío del renacer

“Philoteus Jordanus Brunus Nolanus, (…) profesor de la sabiduría más pura e inocente, conocido en las mejores academias de Europa, filósofo (…), despertador de los espíritus dormidos, adiestrador de la ignorancia presuntuosa y contumaz, que profesa un amor general a la humanidad en todas sus acciones (…). (“Giordano Bruno. Filósofo y hereje”. Ingrid D. Rowland). En esta carta Giordano Bruno describe su profundo sentir y da voz a muchas almas que anhelaban un cambio tanto en la estructura social como religiosa del momento. Su propia experiencia de la vida le llevó a tomar consciencia de que somos algo más que carne y hueso; somos energía-conciencia que desea volver a la unidad de la esencia de la que procedemos.

Tras las mentiras se esconde la verdad. En los siglos XV y XVI hubo un renacer del saber acompañado de Conocimiento. Ese proceso de búsqueda del saber fue lo que impulsó a recuperar textos, mitos, símbolos milenarios para sacarlos de nuevo a la luz. El renacimiento surgió en medio de un eclipse donde las sombras cubrieron a la luz, pero su resplandor era tan fuerte que fue visto y sentido por seres humanos que tomaron consciencia de que los sentimientos de amor proceden de esa verdad escondida por lo que decidieron ser ellos mismos luminarias al servicio de la humanidad, con el fin de que las sombras de la ignorancia y del fanatismo fueran absorbidas por ese resplandor y así recuperar el olvido que tanto sufrimiento produce. Estos hombres y mujeres lucharon hasta su último aliento para proteger el fuego de la antorcha de la sabiduría.

El renacimiento no sólo pertenece a una época; ha habido muchos renacimientos desde tiempos inmemoriales; hay un renacer continuo en la vida para ayudar a regenerar al planeta y a la humanidad tal y como establecen las leyes de la naturaleza y del universo. Esos seres humanos universales hablaban el lenguaje del universo, sabían que la esencia del alma vive en cada hombre, cuyo centro es un diamante bruto que está protegido en la cripta de nuestro corazón. Ese diamante refleja, a través de su resplandor, nuestra vida interior en el exterior manifestando nuestras ideas, acciones y sentimientos.  Se restableció la importancia de la relación del ser humano con la naturaleza. El hombre universal sabía que: “el gran desafío del renacer es llegar a la Unidad desde la consciencia en la materia. Como dijo Hermes Trismegisto “Dios es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes  y cuya circunferencia en ninguna”.  Al mismo tiempo que se producía una elevación de conciencia, su opuesto aparecía creando caos, fanatismo e ignorancia.

El conocimiento, la relación de los opuestos, la geometría sagrada, la proporción divina siguen latiendo con fuerza en nuestros días; el resplandor del sol renace cada día dejándonos oír la música de las esferas sí sabemos escuchar el silencio. Todos los grandes seres humanos son esencia de estrellas que habitan en la bóveda celeste, protegidos por la diosa Nut y nos embriagan el alma con su dulce néctar de sabiduría, “conócete y ámate a ti mismo para que el universo te ayude, pero antes debes ayudarte a ti mismo a comprender cuál es la relación entre tú yo y el cosmos, donde todo es”.

En nuestro siglo XXI seguimos luchando por ese renacer -Unidad, Libertad, Plenitud-. Educar para sacar de la ignorancia al ser humano, mirar el pasado y sanarlo para crear el futuro son retos que la humanidad tiene como objetivo. Para experimentar la vida tenemos que coger el cayado y echarnos a caminar que no a andar; habrán caminos estrechos y afilados  vigilados por las sombras  del caos e ignorancia, pero la antorcha de la sabiduría sigue encendida y su resplandor llega a todas partes para iluminar el camino que conduce al conocimiento que se encuentra donde habita la esencia de las estrellas: la bóveda celeste, las piedras, los lienzos, los pergaminos, los bosques y nos sigue enviando su mensaje: “aprende a reflexionar por ti mismo, hay que ser creadores y no imitadores”; como decía Pitágoras: “Sé tú mismo y sé el universo”.

Rubén Darío, escribió el maravilloso poema “Ama tu ritmo”  que describe la esencia del universo.

Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos,
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina
del pájaro, del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;

mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

–oo0oo—

El hombre es cuadrado y tierra.

El hombre es círculo y universo.

(Pixabay. Dibujo de Leonardo da Vinci. Vitruvio)

El sabio olvidado

El sabio olvidado

Este artículo es un reconocimiento a todos los sabios, incluidos nosotros mismos, cuya valía y amor han sido anulados y relegados al olvido, en especial a Yosef el carpintero –padre de Yeshúa bar Yosef, más conocido como Jesús de Nazaret–. Yosef, además de carpintero de profesión, era gran Maestro esenio, sanador del cuerpo y del alma, cuya misión fue preparar y acompañar a Yeshúa, física, emocional, mental y espiritualmente para que pudiera llevar a buen término la gran Obra de amor a la Humanidad.

Como padre Yosef amó a Yoshúa incondicionalmente, como Maestro lo respetó y guio; siempre estuvo a su lado para ayudarle a superar y a transformar las sombras de su corazón, como cualquier ser humano tiene en su interior. Durante dos mil años, Yosef fue relegado al olvido y   las enseñanzas de Yeshúa fueron pisoteadas y olvidadas por brutales choques de fanatismo, ignorancia, codicia… enterrándolas en un pozo profundo, pero su semilla germinó creciendo a través de la oscuridad y emergiendo después de un largo camino como un loto blanco en señal de fuerza y belleza.

Aparte de Yosef, Yeshúa tuvo otros muchos maestros –esenios, druidas, hindúes, persas, egipcios, chamanes…– su formación fue un compendio de diversas filosofías y saberes a través del planeta, pues la esencia del amor es universal y cada filosofía basada en el amor contiene la esencia divina. Durante su intensa formación, tanto sus Maestros como Yeshúa dejaron claro que la fe es una experiencia propia que hay que vivirla y no una creencia a ciegas; también hicieron hincapié en no crear dogmas, religiones ni construir espacios cerrados donde fuera el único lugar aceptable para hablar con el Eterno; todo en el planeta es espíritu transformado en diferentes manifestaciones y todo ha sido creado por el Creador, por lo tanto, cualquier lugar es perfecto para el contacto directo de corazón a corazón sin necesidad de intermediarios; esta enseñanza también fue ocultada  y tergiversada por religiosos fanáticos y hombres de poder.  Ningún fanatismo escribe bellas baladas.

A través de la Historia muchos sabios como Akenatón, Hipatia, Pitágoras, Sócrates, Avicena, Isaac Luria… y otros miles más, lucharon para integrar, en la vida cotidiana de las personas, la máxima: “ámate y conócete a ti mismo para poder conocer el universo de tu alma que todo contiene y todo puede realizar”. A pesar de los milenios transcurridos seguimos viviendo en la sombra del sol –en las apariencias engañosas del exterior, en imponer nuestros criterios, en poseer en lugar de ser creando necesidades innecesarias, nos escudamos en nuestras máscaras para hacernos creer que somos otras personas, lo que trae sufrimiento, resentimiento y frustración, impidiéndonos  bucear en nuestro interior porque tenemos miedo de ver en qué nos hemos convertido–. El camino hacia dentro genera luz en el corazón; cuanta más sombra se diluya en la luz, más luz sembraremos en los áridos campos del olvido. Toda vivencia es necesaria, tanto exterior como interior, para transformar y recordar que el objetivo del camino siempre es amarse y conocerse a uno mismo.

Al igual que Yeshúa estuvo rodeado de maestros que le enseñaron a transformar sus bajos instintos como ser humano para llegar a ser un ser espiritual, nosotros también tenemos maestros que nos enseñan en nuestra vida cotidiana para aprender de nuestras experiencias y descubrir nuestros más bajos instintos, solo así podemos aceptarlos y transformarlos;  como seres humanos somos seres de luz y sombra, ambas necesarias para esculpir nuestro nuevo yo. También existen seres invisibles que nos envían sus mensajes a través de intuiciones, sentimientos, susurros  para  que la antorcha del recuerdo vivido vuelva a iluminar el tesoro de nuestra alma. A medida que aprendemos a elevar nuestra conciencia, podemos observar maravillados la trama de los acontecimientos de nuestra vida; todo está entrelazado por hilos de energía dorada que abren la puerta del alma invitándonos a ver la flor del corazón cuya semilla se alimenta de luz; en cambio cuando ignoramos esos mensajes nuestra vida se vuelve árida por haber perdido los nutrientes de la esencia del amor.

El hombre que no se reconoce como su propio creador es porque tiene atada a su conciencia las bridas de la ignorancia y del temor, al dejarse arrastrar por los ríos de las leyes impuestas de la sociedad, contrarias al universo. Sócrates hablaba de la bondad, de la belleza, de la sabiduría, del respeto, del valor, todo necesario para amarse y conocerse y así vivir la vida que se merece. Decía: “la vida sin discernimiento, no merece la pena ser vivida”. Los valientes bucean en el océano de la vida; los débiles se dejan arrastrar por mareas de ríos que fluyen en dirección contraria y viven a través de la máscara del olvido.

Las enseñanzas de los sabios siguen brillando hoy en día; nos recuerdan que somos un ser espiritual con luz propia encarnado en ser humano al que debemos respetar y honrar; depende de cada uno de nosotros que encendamos o apaguemos la antorcha del recuerdo vivido, esencia del alma, principio que todo es, fue y será.

(foto privada)

La alquimia y el aire

La alquimia y el aire

La alquimia nos ayuda a tener conciencia del aprendizaje constante en la vida y nos lleva a abrir puertas que van más allá de lo visible y conducen a la felicidad.  Vivimos en un mundo de diversas realidades, unas se construyen con la nobleza de espíritu, otras se destruyen con la miseria moral, opciones que nos da la vida.

El aire es una joya que se encuentra fundida en nuestro corazón y da vida al cuerpo cuando hablamos y entregamos nuestra alma a través de un beso de amor. La respiración, inspirar–espirar, es el mecanismo natural que tiene el cuerpo para darnos energía y calma; lo hacemos inconscientemente sin saber el milagro que se opera en nuestro cuerpo. A través del aire, los dioses hablan a aquellos que quieren escucharlos. Los caminantes que escuchan y sienten su vibración se  transforman en guerreros de la vida que luchan por levantarse cada vez que se caen: “sin combate, el guerrero de la vida no existe”, decía el viento a su amigo.

El aire es la fuerza que hace que las olas se levanten, que las hojas bailen, que las ideas vuelen, que la paz emerja; que los susurros sean vivos, que las palabras sean oídas, que las caricias sean sentidas; que los olores viajen a través del tiempo en forma de recuerdos… El aire forma parte de todo y nos guía durante nuestra travesía a través de la respiración, a veces entre caricias por la brisa cálida, a veces entre la devastación que remueve el corazón.

El alquimista utiliza las dos caras de las emociones y pensamientos para transformarlos en caras sonrientes, sabe que la fuerza surge de la acción y la voluntad de la sonrisa. Su objetivo es ennoblecer nuestra vida, la luz irradia y hace brillar lo que está a su lado. Quedan muchos secretos de la vida y del universo por descubrir, todos están inscritos en el libro del aire que viaja sin cesar por nuestro planeta desde sus comienzos y, así será, hasta su final. El alquimista nos susurra invitándonos a detenernos un momento para reflexionar y descubrir los tesoros escondidos en el agua, en la arena, en los bosques, en las montañas y principalmente en nuestra alma; la clave para la transformación es desaprender lo aprendido, hay que experimentar en la lucha cotidiana el amor, esencia y fuerza motriz de la vida que es, fue y será; su huella está integrada en el alma de cada cosa y ser vivo, sin esa esencia nada podría existir porque todo está hecho de ella. Esa esencia es lo que produce la fuerza para que el viento baile con las olas, para que el abrazo de las semillas con la tierra germine, para que la vida en todo ser vivo sea pacífica y próspera; en esencia el cuerpo y el espíritu no están en guerra.

La alquimia nos pone en contacto con nuestra otra mitad, el verdadero Yo. Esto produce un bienestar profundo y descubrimos, paso a paso, que somos una parte entera y no necesitamos las apariencias ni las comparaciones para existir. Rumi decía: “No te sientas solo, el universo entero está en ti”.  Cuando descubrimos y aceptamos que nuestro Yo es nuestro compañero de vida, la vida que conocemos  cambia y nos pone en el sendero del bienestar que conduce a la felicidad, que aunque no es el objetivo, sí es sentir que estamos en el buen camino  y es, este proceso, lo que nos llena de alegría con los pequeños milagros que la vida nos regala cada día. El alquimista siempre está buscando y transformando, sale de los límites y busca la trascendencia, conocerse a sí mismo es el principio de la sabiduría, para ello necesita comprender los entresijos de su vida. Él sabe que somos almas encarnadas en un traje físico y que debemos honrar nuestro cuerpo y venerar nuestra alma.

Pasan los tiempos y quedan las memorias que circulan en el aire, nada es estático todo es movimiento, no hay fronteras ni límites. Einstein decía: “todo es energía, y es todo lo que debemos comprender en la vida”. Energía que nos hace vibrar y nos ayuda a recuperar el olvido para afrontar miedos y superar sufrimientos. Los miedos y sufrimientos son un imán que atrae lo que más tememos mientras giramos en la rueda de vida. La falta de dignidad es lo que marchita a la humanidad.

Misterios y secretos del universo que esperan ser descubiertos en nuestro laboratorio de alquimia, entre ellos recuperar a nuestro mejor amigo para que las alas vuelvan a nacer y emprender de nuevo el vuelo hacia la libertad de ser y existir.

¡Que los vientos del pasado y del presente se junten para ofrecernos un nuevo canto del alma custodiado por los guardianes de las melodías de los dioses!

Foto del libro “la Sabiduría de las Palabras”

Maestros espirituales revolucionarios

Maestros espirituales revolucionarios

Los auténticos maestros espirituales han sido grandes revolucionarios, a través de sus palabras y hechos han transformado el mundo y su huella perdura en el tiempo.

Estos Maestros –hombres y mujeres- se enfrentaron al poder político y religioso de su época al volar por encima de las ideas y dogmas establecidos,  por lo que fueron asesinados, excomulgados, vilipendiados, encarcelados… Ellos prefirieron el riesgo al confort, lucharon y crearon una autopista desde el universo interior del corazón hacia el universo exterior de la ilusión, para que cada uno de nosotros pudiéramos atravesarla a nuestro ritmo. Su amor y entrega a los demás es comparable a un sol con millones de rayos que abrazan a cada uno de los seres vivos del planeta; su luz y sabiduría la descargaron y compartieron para enseñarnos a venerar la esencia del hombre y de la mujer como seres universales con capacidad de pensar, sentir, decidir cómo entes individuales; sabían que acumular apegos y seguridad es ser esclavos de los dogmas, objeto de opresión. No se puede delegar el poder del propio corazón en otras manos.

A través de los siglos y en cada rincón del planeta sus voces siguen resonando con mucha fuerza; su mensaje siempre ha sido el respeto por la grandeza humana que va de la mano de la sabiduría y delicadeza. Los Maestros  construyeron, piedra a piedra, templos de sabiduría y concordia en la tierra; hicieron surcos y removieron corazones para sembrar semillas de destellos de luz. La luz y la paz no se venden en mercados ni la confianza tolera tibieza de pensamientos y acciones. Nadie elude impunemente las citas que le depara su vida según las decisiones tomadas, estos y otros mensajes fueron inscritos en la piedra y viajan a través del aire.

Ellos vinieron a la tierra como seres físicos y han vuelto, a la esencia del universo, como almas radiantes dejando su huella en la tierra para que pudiéramos experimentar la libertad de conocernos a nosotros mismos según nuestra capacidad, experiencia y deseo. Todos tuvieron como objetivo dar a conocer la grandeza humana a través de la magia del alma para que cada uno pudiéramos percibir el perfume de nuestra alma, saber para qué vivimos y, así, encontrar sentido a nuestra vida, de esta forma podemos comprender que el alma individual –que forma parte de un alma global– debe ser oída y comprendida para evitar el sufrimiento, la enfermedad y llegar a aceptar lo que somos en realidad: “soy feliz con lo que soy y si no lo soy puedo cambiarlo”. Todos ellos hablaban el lenguaje universal de la humanidad –paz y amor en el corazón– y nos ayudaron a comprender que cuando nos alejamos de estos principios, nuestra alma  se ahoga  y también el alma del mundo, todo está entrelazado porque todo forma parte de una unidad. El alma humana viene a cumplir una misión en el mundo, una particular que corresponde a cada ser humano y otra general, ayudar a los demás.

Todos tenemos que aprender a respetar el espacio que corresponde al otro y abandonar el rechazo de reconocer que existen diferentes formas de pensar, sentir y vivir; nadie puede imponernos sus criterios a la fuerza, aquellos que lo hacen viven sepultados bajo la loza de su propio ego. ¿De qué sirve una vida si ignoramos el alma?, de nada, pues en el alma se encuentran nuestras memorias, las del mundo y del universo y la fragancia del amor para ser la savia de la vida y no la apariencia de una flor.

Las enseñanzas de los Maestros revolucionarios siguen vigentes en nuestros días y traspasan las murallas invisibles levantadas por la ignorancia para evitar que penetren destellos de luz, pero siempre hay grietas por donde la luz se cuela y proporciona a aquellos que la buscan fuerza y coraje para salir de ese circuito insalubre donde se ha olvidado el lenguaje de la humanidad ayudando a crear una sociedad materialista, competitiva, llena de tabúes y superstición, manipulación y corrupción lo que genera guerras y miserias… todas estas semilla han sido gestadas y plantadas por seres humanos y florecen en cada rincón del planeta. Si seguimos ignorando el alma, seguiremos siendo humanos animales, sin valores ni principios, viviendo a través de la bruma del miedo, egoísmo e ignorancia que atrae todo aquello que tememos.

La vida es un proceso de aprendizaje, no un resultado, hay que caminar con paso firme y seguro, siendo conscientes del camino y de nuestros movimientos para evitar las trampas que nosotros mismos hemos puesto al alimentar nuestra pequeña mente y emociones con energías erróneas. Nuestro pasado nos visitará en forma de tormentas de arena que todo engulle barriendo nuestra vida sin dejar huella, pero sabemos que el antídoto al miedo es el coraje y con él podemos hacer frente a las tormentas y protegernos.

Las enseñanzas y técnicas de los Maestros revolucionarios son ancestrales, pero siguen estando de moda en la actualidad. Ellos conocían la existencia del Ser y sabían que a través de él se podía alcanzar la paz y la felicidad –estado  interior de plenitud que para alcanzarlo es necesario no tener miedo, sobe todo, a uno mismo-; sabían que el mundo interior es un microuniverso dentro del macrouniverso, cuya energía, si sabemos utilizar, nos permite transformar y crear, pero antes debemos descubrir, explorar, conocer y respetar nuestra alma y nuestro corazón. Sus voces se siguen oyendo: “si quieres una vida nueva y mejor, conócete a ti mismo para que el universo pueda ayudarte”. Todas las plegarias hechas con amor y humildad son oídas, pero hay una ley espiritual que dice: ayúdate a ti mismo y el universo te ayudará.  Sólo con desear, no basta; hay que dar el primer paso para caminar y adentrarse en la gran aventura de la vida que somos nosotros mismos. Nuestros pensamientos y comportamiento son el baremo de nuestra conciencia cuyas consecuencias vivimos cotidianamente.

La voz de los Maestros la oímos en el silencio de nuestra alma y nos enseña a ir más allá de los dioses y de las palabras encerradas en libros y edificios. Sus voces nos dicen que la voz del Creador del universo –cada uno lo llama como quiera- resuena por todas partes, incluso en el rincón más profundo de la gruta de la ignorancia.

Buda decía: “No creas nada, no importa donde lo has leído o quien lo dijo, no importa si lo he dicho yo, a no ser que esté de acuerdo con tu propia razón y sentido común”. Los intermediarios no son necesarios, solo el amor puede llegar a la esencia del Creador.

Sus enseñanzas se resumen: “ama a los demás como a ti mismo, respeta tu vida y trátate con delicadeza, busca en el interior tu riqueza y comparte con el exterior. No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan, venera tu esencia cósmica como ser divino, cada uno debe encontrar el camino de su propio poderío interior”.

Sus enseñanzas no son ideas o palabras, son modos de vida.

Foto privada