La perla del universo

La perla del universo

Al volver a casa después del trabajo pasé por un pequeño parque para niños, estaba desierto y un columpio vacío se balanceaba al ritmo del viento; me senté en él y dejé que la brisa del mar me columpiara al compás del vaivén de las olas; la suave luz del atardecer me envolvía mientras observaba como la gran esfera de fuego descendía en total confianza hasta quedar suspendida sobre la línea que une el cielo y el océano. Al observarla sentí como la llama de la vida se encendía en mi corazón y fluía por mi cuerpo en todas direcciones como ríos de fuego que van cauterizando las heridas abiertas de nuestras vivencias de encuentros y desencuentros, de deseos y apegos, de amor y desamor, de confianza plena y traición perversa. Vuelvo a sentir la caricia de la brisa del mar. Salto del columpio y vuelvo a casa mientras las estrellas se veían dobles, unas brillando en el cielo y otras brillando en el mar.

El fulgor del sol me despertó. Volví a sentir como la llama de la vida recorría mis venas y me llenaba de hondos sentimientos de fuerza y vitalidad. Hoy, como cada sábado, me preparo para ir a caminar por el borde del acantilado que bordea al inmenso océano. Es un camino sinuoso de tierra y piedras que asciende con lentitud hasta un llano donde se ven unas murallas  majestuosas, orgullosas y bellas de piedra volcánica que nacen en las profundidades marinas y se alzan desafiantes al infinito azul. Una de esas montañas siempre me ha hechizado y atraído con la fuerza de un imán; su cima es una cara perfecta que mira al cielo y tiene la boca abierta para recibir el agua que las nubes le regala y ella, a su vez, la entrega al océano a través de su bella cascada. Un rugido proveniente del océano me advierte que respete ese lugar que antaño fue un reino sagrado lleno de vida y alegría cuya magia se esparce por todas partes como el perfume de las flores silvestres. Me quedo atónita por esa advertencia y aclaración. En contraste con esa fuerza casi violenta del océano, oigo el dulce canto de las golondrinas que juegan en el aire en total confianza celestial.

Hoy percibo una extraña sensibilidad en mi interior. Me siento en una roca para mirar embelesa el paisaje y contemplo un auténtico espectáculo, el movimiento de la vida: –el baile de las aves al compás del aire.  Las olas que chocan contra las grandes murallas espolvoreándolas de copos de nieve y, en su caída, oigo sus risas. A lo lejos delfines saltarines que provocan mi sonrisa. Diamantes que tejen un manto plateado sobre las aguas. Piedras que guardan en su interior el fuego de los volcanes.   Flores silvestres blancas, amarillas, verdes y violetas que conversan y dejan su fragancia para todos los caminantes–. Observando el espectáculo comprendí que todo está entrelazado y todos los seres que habitan en el planeta –agua, montaña, gaviota, delfín, piedra, flor, ser humano–  respiramos el mismo aire, bebemos la misma agua y nos alimentamos de la misma tierra. El susurro de una vieja canción me saca de mi embeleso, miro a la montaña que parece sonreír al verme sobresaltada.

“A cámara lenta, mi cabeza gira hacia el horizonte. Veo una dama etérea que emerge entre dos olas lejanas y se acerca a mí con pasos aéreos.  Estoy fascinada, su sonrisa ilumina el lugar y me llena de serenidad; coge mi mano, nos levantamos y caminamos por un sendero de lazos dorados. Me lleva a la ciudad de cristal hecha de piedras de luz de cuarzo, rubí, zafiro, ámbar; caminamos por una vereda de ámbar hasta llegar a una pirámide brillante, luminosa, cristalina de color azul zafiro, su belleza es colosal.  La señora etérea no entra y me espera fuera. Al poner mis pies sobre el zafiro azul, una  cálida sensación me acoge y envuelve; siento una confianza total y no me opongo a lo que pueda pasar. Percibo como una espiral de luz azul zafiro y diamantes me eleva hacia el vértice de la pirámide donde una puerta se abre al espacio radiante y puro de la luz blanca y dorada. Vuelvo a sentir como la calidez de esa luz me envuelve y me transforma en luz eterna. Sé que estoy de nuevo en casa. A través de un rayo blanco cristalino observo un lugar majestuoso  de una perfección y belleza sublimes, hasta tal punto que el universo entero contiene su  aliento y se rinde ante esa perla que vibra en los confines del universo. Gaia es su nombre.  Gaia es conciencia pura de vida, alegría  y amor; es el planeta donde conviven reinos diferentes de seres vivos, entre ellos el ser humano, obra maestra del Creador. Para que la conciencia de la  belleza, de la vida y de la alegría pudiera manifestarse se les dio una apariencia externa y, además, al ser humano se le dotó de una conciencia espiritual superior, siendo dicha conciencia el baremo de su experiencia terrenal a partir de los pensamientos, sentimientos y actos.

Al no existir tiempo ni espacio en el rayo cristalino, la historia de la humanidad se manifestó en  el presente eterno: desde el comienzo de la historia de la humanidad  el ser humano se convirtió en un vagabundo errante al centrarse en la codicia, avaricia, egoísmo, lo que ha provocado guerras y más guerras, generando miedo, sufrimiento, miseria. Entre tanto tormento y ruinas, el ser humano ha ido tejiendo velos densos con hilos de tinta negra para esconder su violencia y vergüenza. En el presente vive en un olvido total de mentiras y mezquindad, cayendo en su propia trampa. Ese terrible escenario de hace miles de años no ha cambiado en  el presente momento. Hay tanta miseria humana que la perla del universo, Gaia, llora de  dolor y pena e implora, una vez más a los seres humanos, que tomen conciencia del daño que provocan al destruir todo e incluso a ellos mismos y les recuerda que todos los seres que viven en el planeta tienen los mismos componentes que ella. También insiste al ser humano que recuerde que es el único ser vivo en el planeta que tiene la capacidad de elevarse hacia la luz o caer en la más profunda oscuridad, todo depende de su elección”.

Volví a sentir el viento en mi cara, dos lágrimas tibias caían por mis mejillas, la mujer etérea se había ido; miré hacia el océano de luces plateadas y vi que la huella de pasos aéreos formaba una estela azul, blanca y dorada.

Con esa visión, comprendí que perdemos nuestro tiempo en elucubraciones, dejándonos arrastrar por corrientes que nos llevan de un lugar a otro sin comprender el verdadero sentido de la vida. Gastamos energía y tiempo en ir de un error a otro, de encadenarnos a los miedos, de desear lo que no tenemos, de querer poseer sin importar el daño que causamos. Nos hemos olvidado de nuestra conciencia y en lugar de elevarnos caemos en la trampa de la sombra, transformándonos en autómatas al no usar el don de la observación –hacemos las cosas sin pensar, sin armonía, sin amor–de ahí todos los males que vivimos. Nuestra vida es una caricatura, una máscara donde lo esencial de la persona se ha borrado de tanto ignorarlo. Hay que trascender el velo de la ignorancia, de nuestro ego si queremos llegar a ser seres humanos verdaderos, sin etiquetas, aceptando al otro en lo que es y no en lo que queramos que deba ser; dejar de pensar en forma binaria y aceptar la multiplicidad para llegar a la unidad.

También es importante saber leer en las apariencias de las palabras que nos atraviesan el alma y que nos ayudan si van cargadas de sabiduría celestial que es la antorcha que ilumina la noche del mundo. En cambio, si hay ausencia de sabiduría fabricamos flechas de emociones reprimidas. Cuando la certitud de las cosas que creemos que es se va, nosotros también nos alejamos de nuestro centro y caemos, a no ser que estemos bien atados a ese eje de la sabiduría.  Supe que no podemos huir del destino, pues tarde o temprano nos encuentra y llama a nuestra puerta.

Miré a la montaña  no sé si era ella o yo la que sonreía, vi su cascada de colores mientras los rayos del sol la acariciaba. Una mariposa blanca revoloteó frente a mí con su belleza, elegancia, fragilidad, confianza y sabiduría recordándome que lo mejor de nuestra vida es no olvidar la relación entre el cielo y la tierra, pues estamos concatenados al universo.

Volví a casa para reflexionar y escribí esta historia para no olvidar que el perfume de las flores silvestres y la huella de la estela azul, blanca y dorada son la magia de un efímero momento que es el eterno universo.

(Foto de Pintarest.com)

La mujer de fuego

La mujer de fuego

He vuelto a tener una noche agitada de esas que parece que estoy  en un tiovivo dando vueltas y vueltas, hasta que el frío me despierta. Tengo esa sensación de alegría y tristeza en mi cuerpo, huella imperecedera de ese sueño repetitivo donde las llamas de una hoguera se transforman en una hermosa mujer que danza al ritmo del crepitar del fuego y de los sonidos del bosque. Antes de levantarme, revivo durante unos minutos las sensaciones que convergen en mi corazón; percibo ecos lejanos que no comprendo aunque tengo un vago cosquilleo. Me levanto y voy directa a la ducha, necesito sentir el agua fría en mi cuerpo, estoy sudando, un calor abrasador quema mis entrañas.

Con ese sabor agridulce voy a trabajar. Hoy  tengo una reunión importante con mi principal cliente para debatir sus inversiones y conseguir pingües beneficios para ambos. Me apasiona el reto, la competencia, ganar.

Al finalizar el trabajo y de regreso a casa, mi cuerpo acusa un cansancio extenuante, algo infrecuente en mí. Necesito sumergirme en un baño caliente para relajar mi cuerpo y mente, pensaba. Después del baño y con mi mano aún mojada retiro el vaho para verme en el espejo; me golpean las palabras que pronuncié en la reunión: “machacar hasta conseguir el resultado”, inmediatamente, sentí como  mi estómago se estrujaba. No comprendo lo que me pasa. Veo mi reflejo y no me reconozco; esos ecos del sueño hacen vibrar algo en mi interior, surgen peguntas: ¿quién eres ahora?, ¿dónde están tus sueños y deseos?, ¿qué sentido tiene tu vida? Dos lágrimas amargas corren por mis mejillas mojadas. Algo en mi interior me hace sentir que me he extraviado y mi reflejo lo manifiesta. Duele profundamente ver mi realidad, ahora no son lágrimas que bañan mi cara son torrentes de dolor que ahogan mi corazón. Salgo y cierro la puerta de un golpe. Me preparo una copa de vino blanco, me tumbo en el sofá y escucho jazz para evitar oír la voz de mis diablillos que no paran de hacer ruido dentro de mi cabeza: “la vanidad es la causa de todos los extravíos de los sentidos”. Observo mi vida, sin juicios ni emociones. Recuerdos que distan una eternidad entre mi verdadero yo y mi actual caricatura comienzan a resurgir con una fuerza sobrenatural. Siento cansancio, sopor y cierro los ojos.

Los rayos del sol me despiertan, sigo en el sofá. Como una autómata me visto  y salgo de casa. Necesito tomar aire fresco. Subo al coche y conduzco sin dirección y para no seguir oyendo a mis diablillos, pongo el volumen de la  radio a tope; el coche como si tuviera vida propia se dirige a la carretera que lleva a las montañas,  a mi pequeña cabaña. Estoy como en trance, solo puedo seguir adelante. Al cabo de varias horas llego al pequeño pueblo de casas de piedras y calles empedradas, tiene tanto encanto que me hace sentir bien tan solo con verlo; siento calma, sensación que no sentía desde hacía mucho, mucho tiempo.

A la mañana siguiente después de la ducha,  vuelvo a limpiar el espejo de vaho y vuelvo a ver mi reflejo, no me gusta lo que veo; el cansancio es agotador y esas preguntas vuelven galopando como un elefante en su huida. Salgo de la cabaña y me dirijo hacia el lago cercano. ¡Cuánto tiempo hacía que no venía! No recordaba su  belleza. “Me vi cuando era niña y venía con mis padres de acampada, por la noche hacíamos una fogata; sus llamas de colores vivos me hipnotizaban y recordé de pronto a la señora de fuego que danzaba con las llamas, su largo pelo rojo, labios carmín, tez dorada y una gran sonrisa daba una belleza singular a su cara. Bailaba entre las llamas con soltura y elegancia”. Como una explosión volvió ese recuerdo de mi sueño y comprendí que no era un  sueño sino un recuerdo olvidado.

Al atardecer regresé. Sentí la serenidad que emana de la madre tierra cuando se prepara para descansar. La policromía del bosque y del atardecer me hizo sentir ese escalofrío de unión con la madre tierra que había olvidado. Me senté con gran respeto para no perturbar su reposo, pero de pronto la sinfonía de la noche empezó con el coro de las aguas cristalinas para dejar paso al ritmo de la brisa que hacía danzar las ramas que producían sonidos de maracas y el canto de las  aves nocturnas mientras las luciérnagas danzaban en honor a la luna. Poco a poco, los colores se transformaron en profundos abismos para magnificar el espectáculo del universo. Ante tal grandeza me sentí muy pequeña; con profundo respeto hice un círculo con piedras y encendí una hoguera, de repente las llaman se reavivaron y apareció la señora de pelo rojo, tez dorada cuya sonrisa iluminó el abismo del universo.

Estaba hipnotizada, las preguntas sin respuestas volvieron a danzar en mi mente: ¿Quién eres ahora? ¿Dónde están tus sueños y deseos? ¿Qué sentido tiene tu vida? Me quedé callada y en esa milésima de segundo donde el  tiempo y el espacio no existen, volví a mi infancia. “Me vi con mis padres un sábado de luna nueva, yo tenía siete años; hicimos una hoguera mientras en el cielo caían estrellas fugaces y otras brillaban como diamantes. Mientras cenábamos mi padre contaba historias, pero yo no escuchaba,  estaba hipnotizada por las llamas. Veía a la señora del fuego bailar, me levanté y me puse a danzar con ella al compás de la sinfonía del bosque; mis padres me miraban sin comprender lo que hacía, aunque sonreían.  Mientras bailaba supe que quería plasmar en lienzos la esencia del fuego en toda su expresión –letras de fuego que bailan en el cielo, amaneceres mágicos y atardeceres serenos;  llamas que dan luz a la vida cuando emergen del corazón del ser que lo siente y ascienden a través de una espiral de transformación para crear nuevos universos; seres de fuego que bailan al compás de los latidos de los seres vivos; fuego creador que como esencia divina crea la vida–, veía esos flashes aunque no los comprendía. También, me vino el recuerdo de  esa tarde de primavera  cuando era estudiante de arte y mis compañeros se burlaban de mi obsesión por el fuego, incluso mis padres no me comprendían y aunque no dijeran nada sus miradas lo decían. Mi baja estima y vulnerabilidad hicieron  que dejase atrás mi pasión para hacer lo que otros querían. Mis padres me educaron según su camino y no el mío, así fue como me olvidé de mí y nació mi caricatura”. Como un rayo en la oscura noche, comprendí y volví a mirar a la señora, vi su sonrisa de comprensión y empatía: “nunca es tarde para empezar si ese es aún tu deseo. Siempre hay que vivir según los dictados del corazón para encontrar el sentido de la vida, pues él sabe lo que tú ignoras; recuerda que el sonido de tus latidos es el sonido de la creación”, dijo.

Sentí una fuerza poderosa que impregnaba todas mis células, la fuerza de querer ser yo misma, de aprender a mirar para ver mi vida, a tener confianza y compromiso conmigo misma –el valor de lo que aprendemos radica en lo que queremos que sea nuestra vida–; tuve la certeza de que tenía que dejar de pelear para volver a ser guerrera en mi vida. Me levanté y bailé junto a la señora del fuego esa danza de las llamas de los corazones vivos; cerré los ojos y sentí como las llamas me envolvían, me había convertido en la mujer de fuego. “Hay que ser valientes pero no temerarios, dejar que muera lo que tiene que morir y que viva lo que tiene que vivir, una cosa es aprender para no repetir el pasado y otra renegar de tus raíces”, me dijo con su sempiterna sonrisa antes de desaparecer entre los colores rubí y magenta.

Cuando regresé a la cabaña, lo primero que hice fue mirarme en el espejo. Vi a una mujer bella, llena de fuerza y deseos que reía y bailaba al son de su corazón de fuego, donde las llamas son esencia de vida y amor.

Mi vida cambió para siempre pues dejé a un lado las apariencias y me centré en mi alma; plasmé en lienzos letras de fuego para que su chispa iluminara el universo y mantuviera con vida la esencia del fuego en el corazón de todo aquel cuya añoranza la sintiera en su piel.

(Foto docemasuna.com)

Los latidos de Julián

Los latidos de Julián

Subí las escaleras deseando que esta vez me gustara el apartamento y, sobre todo, los compañeros. “¡Necesito alquilar una habitación ya!, pensaba, las clases empiezan en tres días”. Había visitado muchos pisos, pero siempre había alguna sombra revoloteando que me hacía huir del lugar. Nervioso y esperanzado, toqué el timbre, abrió la puerta un chico con ojos sonrientes. Entré en el salón y en el sofá estaban sentados los otros dos compañeros. Y mientras hablábamos mis ojos buscaban alguna sombra, pero no vi nada. La corriente fluyó enseguida entre nosotros; me comentaron sus reglas y por la tarde me había trasladado.  El piso era espacioso y luminoso, una gran terraza, –perfecta para fiestas, pensé–,  daba a un parque con un pequeño lago; a lo lejos se divisaba  la cúpula de alguna iglesia.

Soy Julián y junto a Pablo éramos los estudiantes de arquitectura; Gonzalo, el de música y Alejandro, el de filosofía; todos con  sueños y proyectos. Reinaba un buen ambiente en el piso, a todos nos gustaba la fiesta y estudiar; éramos conscientes de que si queríamos llegar a alguna parte, los esfuerzos eran el transporte hacia la meta. Muchas tardes nos dedicábamos a parodiar nuestros proyectos, era muy divertido ver y oír los diferentes puntos de vista, incluso las ideas más descabelladas cobraban vida; nuestra convivencia era viva.

Pablo y yo soñábamos con montar una empresa de arquitectura, cuyo objetivo era ayudar a la naturaleza y a los países más desfavorecidos creando viviendas con materiales biodegradables que aportaran bienestar, luminosidad y seguridad. Nos encantaba diseñar casas de bambú y barro cocido que se perdieran entre el paisaje natural. Gonzalo hablaba de su sueño, ser compositor y director de orquesta; tenía un don para la música, componía una sinfonía con solo oír el canto de un pájaro. Alejandro disertaba sobre la necesidad de crear y no imitar; “leer y comprender a los antiguos filósofos nos ayuda a entender un poco mejor a nuestro mundo”, nos repetía.

Para celebrar el día de la música decidimos preparar una gran fiesta; vinieron muchos de nuestros amigos,  bailamos, cantamos, charlamos, jugamos a vídeo juegos… y nos dieron las campanadas de las seis de la mañana. Nos despedimos de nuestros amigos y nos acostamos, en particular yo me sentía muy contento, pero algo cansado. El domingo todos estábamos resacosos y nos  quedamos en casa, recogiendo la terraza.

Al anochecer seguía muy cansado, me fui a dormir más temprano. Unos días después volé hacia la bóveda de la diosa Nut. Mis compañeros estaban en shock. Yo los miraba desde las brumas celestes  y pude sentir su tristeza, en cambio yo me sentía alegre, libre y mi corazón seguía latiendo al compás de la poesía de la vida. Una tarde, mis padres vinieron a recoger mis cosas. Flotaba en el aire una tristeza profunda al haberse roto un lado de ese sólido cuadrado que éramos nosotros. Mi madre abrazó a cada uno de ellos y, antes de cerrar la puerta, dijo: “Julián era muy especial, sabía que tenía una enfermedad incurable, pero sus deseos de vivir eran más fuertes que su vulnerabilidad”. Mis amigos al saber el secreto de mi enfermedad se quedaron como estatuas sal.

Dejé escrito que todos mis órganos fueran  entregados a aquellos que los necesitaran. Mi corazón que latía con amor por la vida fue entregado a un niño soñador. Cuando salió de la operación su madre lo miró con ojos llenos de amor, esperanza y agradecimiento por seguir a su lado. Él le dijo que sentía los latidos de Julián. Su madre extrañada le preguntó: ¿Cómo sabes el nombre del donante?, a lo que el  niño contestó: durante la operación Julián me contó su historia, sus sueños y deseos.

“Cuando tenía cinco años me diagnosticaron un aneurisma cerebral, sabía que en cualquier momento mi vida podía pararse, pero en lugar de rendirme, una fuerza sobrenatural me envolvió y me ayudó a vivir y a amar con más ganas la vida. Mi sueño desde pequeño era construir viviendas para ayudar al planeta y a la humanidad. Mis padres conociendo mis deseos me llevaron a visitar algunos países africanos y me quedé enamorado de su gente. Ya con quince años había hecho un boceto de casas de bambú y barro cocido y mi gran sueño era realizarlo. Cuando empecé a estudiar arquitectura quise independizarme y  mis padres lo aceptaron con pena y alegría. Cuando me trasladé al piso, mis ganas de vivir aumentaron al conocer a mis amigos y durante un corto periodo de tiempo compartimos nuestras vidas entre alegrías y penas, secretos y sueños; nuestra amistad quedó sellada para siempre.

Somos autor y actor de nuestra vida, hay que construir los sueños con piedras sólidas para que la base nunca se derrumbe. El futuro siempre está presente y los sueños se realizan cuando crees, no lo olvides”.

Hoy mirando este hermoso atardecer y viendo el juego de la danza de las golondrinas, me vienen unas palabras: ”el tiempo de la vida es efímero, aprovéchalo para vivir y dejar tu huella”, me dijo Julián antes de desaparecer en la bruma celeste que lo envolvió y llenó de paz mi vida. Sé que somos lazos del universo que vamos y venimos por un corto espacio de tiempo para enseñar y aprender que el viento mezcla nuestros cantos con la fragancia de la vida, solo depende de nosotros el perfume que le demos para que la flor propague su fragancia por dónde caminamos. El gran desafío de la vida es vivir desde la consciencia y sentir los latidos del corazón que baten al compás de nuestra canción, sabiendo que la vida es poesía.

(foto de la web)

Cuando una puerta se abre

Cuando una puerta se abre

Cuando una puerta se abre nunca nada será como antes.

Sé que el azar no existe, todo en el planeta está entrelazado –situaciones, personas, encuentros y desencuentros–, lazos invisibles que se mueven para destruir la ignorancia e instalar la lucidez en la vida de cada ser humano.

Una tarde de primavera mientras Javier y yo tomábamos un café frente al mar y me hablaba de su último viaje a las profundidades de la selva amazónica brasileña, entre luces, el crepúsculo se vistió con su manto carmesí dejándonos sin palabras ante su  belleza. Javier es un trotamundos en busca de enigmas que la razón no entiende así como de tesoros y secretos del alma. Los ojos de Javier centelleaban como diamantes en el océano del firmamento  –“regreso a ese mágico lugar donde Ailin me espera y donde las personas forman un solo ser con la naturaleza porque el respeto crece como las flores silvestres y no se pisotea aunque haya desavenencias”– me dijo.

Después de unos días  atravesando bosques y cruzando varios ríos llegamos a un pequeño poblado en medio de una vegetación exuberante y de una belleza sobrecogedora, sus gentes eran amables y sonrientes. Aunque no hablaba su idioma, me sentí inmediatamente arropada: “la familia de mi hermano es nuestra familia”, decían entre abrazos y con sus alegres miradas; para celebrarlo, por la noche, hicieron una fiesta donde no faltó la música, el baile, la risa y el canto bajo el cielo estrellado donde por primera vez sentí que  todos formábamos parte de ese gran manto.

Me levanté muy temprano, los extraños ruidos me sobresaltaban, salí a respirar el aire puro y el silencio mágico  se rompió con los cantos del coro de los pájaros al amanecer y por los susurros del aire que anunciaban a los duendes que era hora de continuar con sus quehaceres. Los primeros rayos  dibujaron, en el gran lienzo del horizonte bocetos con colores nítidos y brillantes como nunca antes había visto.  Me cautivó esa belleza serena y me sentí hechizada ante tanta grandeza. Estaba tan absorta en mis sensaciones que no oí acercarse a Inko, el chamán del poblado y alrededores; como no entendía sus palabras, me señalaba con sus manos abiertas el cielo, la naturaleza, el poblado y las unía  en su corazón en señal de gratitud y recogimiento haciéndome sentir que el espíritu del amor está por todas partes. Javier salió de la cabaña y se nos unió. Permanecimos en silencio ante el magnífico espectáculo de luces que el amanecer nos brindaba.

Después de disfrutar de un agradable desayuno en compañía de todos, Javier me invitó a seguirlo. Llegamos a un paraje idílico, bajamos hacia el río y nos bañamos, mi cuerpo agradeció el contacto del agua cristalina y  refrescante. Disfrutamos del silencio, de la belleza y del concierto del lugar. Le comenté con tristeza que era una gran pérdida para el planeta y la humanidad el ataque sin tregua contra el pulmón de la naturaleza, que cada día se ahogaba un poco más. Javier contestó: “La deforestación en el Amazonas es un crimen que causa graves daños al planeta, humanidad  y, en especial, a los habitantes de este lugar a los que están exterminando, ese crimen siempre queda impune pues los poderosos son los que lo ordenan para satisfacer su hambre y sed de codicia”. Javier estaba ensimismado y su mirada fue más allá de la presente realidad, al cabo de un rato  volvió a comentar: “todos los seres humanos tenemos que reanudar el contacto con el reino animal y vegetal, percibir la tierra con todos los sentidos lo que crea crecimiento y respeto por la vida y elimina el sentimiento de soledad al ser conscientes de que formamos parte de un todo. La naturaleza se recrea ella misma cada día con mayor belleza y variedad, al igual que el ser humano. Si no sentimos respeto por nosotros no lo sentiremos por nadie ni por la naturaleza lo que traerá graves problemas a la tierra, ya conocemos sus consecuencias. La vida no es poder y dinero, la vida es amar y respetar lo que tenemos”.  Lo miré un instante tratando de comprender  el significado más allá de las palabras, sus ojos brillaban como soles en verano, tuve la impresión de que su cuerpo se fundía con el paisaje.

Cada día nos aventurábamos por diversos parajes extraordinarios  hasta el día del enlace que navegamos río arriba, la nubes cargadas no dejaron de arrojarnos agua durante el trayecto, pero al acercarnos al poblado las nubes habían abierto un claro para dejar paso a dulces y cálidos rayos; Inko y Javier se miraron y supe que los duendes de la naturaleza eran sus compañeros.  Javier estaba exultante de felicidad. Nos dieron la bienvenida  con una alegría sincera que emanaba del corazón. Las flores aromatizaban el lugar, adornaban cabellos, trajes y casas. Sentía que formaba parte de algo especial, pero no sabía qué era. Cuando la luna llena apareció, se oyó una sinfonía sublime que procedía del canto de la naturaleza y de los presentes; de una casa adornada con flores rojas y blancas salió Ailin, hermosísima que, además, dejaba ver la belleza que había debajo de su piel, su largo pelo azabache, su tez tostada y sus ojos negros como la noche sin luna la hacían parecer una diosa. Llevaba una túnica de dibujos dorados y plateados que fulguraban con los rayos de la luna, con pasos firmes y mirada cautivadora  se acercó a Javier, unieron sus manos, pronunciaron unas palabras y se besaron sellando para siempre su unión. Fui testigo del hechizo del amor; comprendí que esa sensación  especial que sentí era ver la unión de la naturaleza con los seres humanos, todo y todos formábamos parte de la misma esencia.

Unas semanas más tarde, Inko vino a nuestro encuentro, habló con Javier y éste me dijo: “esta noche Inko quiere ir contigo a un lugar muy especial”.  –“No voy a comprender”– dije, a lo que contestó: “la sabiduría se expresa a través de la percepción de la intuición no de las palabras”. Por la noche, Inko vino a buscarme, llevaba pintado el símbolo del infinito en su frente y en su corazón un círculo dorado, me llevó a un lugar donde algunos árboles sabios y milenarios habían creado un círculo natural. Nos sentamos frente a frente, cogió mis manos y sentí una descarga en todo mi cuerpo, su magnetismo era arrollador. “Desconecta tu mente y deja libre tu corazón, la esencia de la vida debe ser sentida no analizada” palabras que oía como un eco lejano. Me miró con sus ojos abismales y empezó una canción. Cerré los ojos y dos arco iris se unieron para formar un círculo eterno de principio y fin. Al cabo de un rato, sentí que se levantaba, me dijo algo al oído y se fue. Me quedé en ese mundo mientras las dudas y miedos fueron derrumbados y barridos por los relucientes colores.  No sé cuánto tiempo estuve así, mi cuerpo imploró el movimiento y después de mover los pies y las piernas, me levanté.  Regresé al poblado con las primeras luces, Javier y Ailin me recibieron con un abrazo y ojos radiantes de  alegría. Desayunamos y vi que las estrellas iban desapareciendo una a una arrojando lazos invisibles, dando paso al nuevo amanecer. Supe que era el momento de volver. Ese día por la tarde abandoné el poblado con gran tristeza en mi alma –me dolía la separación física con esas personas tan extraordinarias que habían sabido unir naturaleza y humanidad– sé que no hay separación pues todo está entrelazado por lazos dorados, la vida es encuentros y desencuentros.

Regresé a  casa, pero todo había cambiado porque yo no era la misma, y volví a oír ese eco lejano “cuando una puerta se abre nunca nada será como antes”. Unos días después amanecí con unas palabras del duende de los viejos árboles: “Cuando se une el cuerpo y el espíritu se abre esa puerta que nos permite entrar en otra dimensión que la razón no puede comprender.   El tiempo es el momento entre la causa y el efecto. El momento del ahora es el instante. Es siempre. Recuerda que somos creadores de nuestra propia realidad y depende de nosotros crear un paraíso o infierno terrenal. Tu corazón es libre encuentra el coraje de seguirle. Los nudos del azar nos juntan o nos separan, el mundo invisible sólo se ve con los ojos del alma y es cuando todo cobra sentido”. Comprendí esas verdades eternas que se reflejaban en el espejo de mi alma.

Abrí mis alas para dirigir mi vuelo hacia esa puerta abierta que une la esencia de la naturaleza y de la humanidad donde se une el amor celeste y terrenal.

(foto privada)

Retales de la vida

Retales de la vida

El destino une y el destino separa.

Cuando el rayo partió mi mundo en dos mitades me perdí en la negrura de mi alma y de mis sentimientos. El fogonazo fue tan fuerte que me cegó, sentí como se clavaban espinas en mis ojos y el polvo ahogaba mi vida. En ese momento eterno y efímero, cegado por la incertidumbre y la negrura, vi desfilar mi vida -sentí las manos de mi querida madre cuando nos cogió con suma delicadeza en sus brazos a mi hermana y a mí para darnos la bienvenida a este mundo. Vi pasar mi infancia y juventud como un rayo en el horizonte –risas, reprimendas, amigos, besos, ilusiones y desilusiones–, situaciones livianas de la vida. Emergió el recuerdo de una tarde cuando el sol derramaba un suave color cobrizo sobre la terraza mientras disfrutábamos del atardecer, mi madre dijo señalando a la mesa: “La vida es deliciosa como un banquete en el que hay que saborear cada plato”; también acudió ese retazo de conversación de ayer noche con mi padre, cuyas palabras resuenan ahora en mi corazón: “el saber no ocupa lugar y desgarra  los velos de la ignorancia para hacernos libres.  Cada alma es diferente dentro de un universo complejo al que hay que abordar respetuosamente para poder expresar el sentimiento de paz y belleza que reside en cada corazón. Cada persona tiene alma propia, voluntad propia, sueños propios y le corresponde desarrollarlos”. Cómo una hoja en otoño bailando su último vals, quedó suspendida en el aire la sonrisa de mi amada y de mi hermana.

Siempre me había gustado subir temprano a la colina para sentir el perfume de la mañana y ver ese baile apasionado de colores en el horizonte. Recuerdo que los colores auguraban un día luminoso y el perfume de pinos y naranjos se esparcía por el aire haciéndome sentir que la vida es un regalo; sonreía al oír esa música mágica que solo el amor puede tocar, en dos días me uniría a mi otra mitad, era un momento de tranquilidad cargado de promesas y pasiones por desvelar. Su sonrisa me embelesaba porque dibujaba alegría en su cara, sus ojos hablaban de caricias que solo la brisa del viento puede ofrecer cuando recordamos a ese ser amado. Una atmósfera de paz y dulzura emanaba del lugar y sentí recogimiento y di gracias al universo. De pronto, un rayo dividió el cielo azul en dos.

Después de mi flash back, todo era vacío como si la fuerza de mi alma se hubiese ido. Bajé y cuando llegué a casa de mis padres sólo encontré escombros y polvo en el aire. Unos minutos antes tenía toda una vida y de pronto todo voló al compás de un atronador golpe de tambor. Vivíamos en un país cuya historia había dejado huellas en  las piedras de los edificios, puentes, palacios, jardines…; entre tanta historia, complejidad y mezcla de culturas la vida, en apariencias, florecía como las flores en primavera y el baile de girasoles en verano;  mi lucha sin tregua para mantener la paz y el progreso lejos de la tiranía consistía en crear puentes hacia  la libertad y derrumbar piedras de poder sin sentido que algunos individuos levantaban para construir prisiones de confusión y destrucción. Comprendí que esos esfuerzos por mantener la unión se habían fragmentado; algunos individuos habían roto el motor de la vida mediante la devastación, quebrando esa magia de primavera y empezando una guerra. Los que destruyen la vida a fuego ganan batallas con millones de muertos, pero jamás su guerra ganará a la vida.

Pasaron varios días y necesité de toda mi fuerza interior para que los pensamientos pudieran fluir y ordenarse, oí, como un eco, a mi madre decir: “aquí ya no hay vida, saca fuerza de tu corazón y ponte en marcha, deja enterrado el odio y el rencor bajo el polvo de tus pies, pues son demonios durmientes que cuando se despiertan destruyen todo, incluso la vida”. Me levanté y me puse a caminar sin dirección por esas callejuelas llenas de muerte. Miré a mi alrededor y por primera vez vi muchas miradas perdidas como la mía, empecé a oír  nombres lanzados al aire esperando una respuesta, sentí el dolor de esas miradas y  vi que todos llorábamos y arrojábamos gritos desgarradores que quedaron ahogados por los  truenos y rayos. Al cabo de unos días los que pudimos sacar fuerza de nuestros pies, iniciamos una marcha hacia ningún lugar; se oía el silencio del llanto y la tierra a nuestro paso se hizo fértil por tantas lágrimas vertidas.  Éramos una isla de penas y tristezas. Después de muchos, muchos días, dejé de ser un zombi, la vida volvió a correr como un pequeño riachuelo por mis venas, empecé a ver, a oír, a sentir. Comprendí que somos seres en transición, que la vida se va en un instante y que los sentimientos fracturados se quedan enterrados bajo los escombros de trozos de corazones rotos,  gruesas lágrimas cayeron por el vacío de la pérdida de la magia de la vida.

Un día soleado mi corazón rompió a llorar cuando volvió a sentir el aroma de pinos y naranjos, experimenté que, incluso, en medio de la oscuridad y aunque haya penalidades y miserias siempre hay que dejar un hueco para la esperanza… Éramos pocos los que llegamos a esa ciudad donde había belleza y serenidad en sus calles, muchos cayeron en el camino por desesperación, hambre y tristeza. Fuimos recibidos en silencio y con algunas miradas de desconfianza y lástima. Nos metieron en un campo de tierra sembrado de casetas. Dormía en un barracón con otros hombres, por la noche se oían lamentos y suspiros y en medio de la oscuridad se veían ojos abiertos que no podían cerrarse porque aún tenían espinas clavadas de cuando el rayo partió el cielo azul en dos.

Mientras una media luna se elevaba entre las tiendas del campamento y creaba  una tenue luz  de esperanza salí a respirar pues me ahogaba tanto dolor e impotencia. Estaba absorto en mis emociones cuando vi a una niña muy pequeña que intentaba coger una caja mayor que ella; me acerqué para ayudarla, me cogió de la mano y me llevó a su tienda. Al llegar vi a  una mujer joven muy demacrada, le di de beber agua y la niña me indicó que esa caja contenía algunas medicinas… Empecé a visitarlas cada día y me hice cargo de la pequeña, poco a poco empecé a sentir como la atracción se amparaba de mi cuerpo y, así, del dolor nació el amor. Volví a oír y a sentir la música mágica en mis nervios, vi la sonrisa de mi otra alma y supe que mis heridas habían sanado y podía volver a amar la vida, “nuestra parte mágica reside en el corazón y jamás se va, solo tienes que buscarla” me repetía mi madre cuando era un niño. Día a día fuimos tejiendo lazos invisibles de amor que nos invitaban a saborear la vida y así oír la música para ver los girasoles bailar. La vida es un asombroso regalo de amor y compasión que debe ser compartido con los demás aunque a veces no comprendamos los escenarios. La felicidad es soltar el dolor y atreverse a coger la luna con las manos. Recompusimos nuestros retales y formamos un gran paño donde todos pudimos cobijarnos.

La vida son momentos que nos impactan para formar los recuerdos. Cada uno de nosotros somos retales de nuestra existencia y somos corazones rotos y pegados con hilos dorados que hacen que sean más hermosos si los vemos con otros ojos.

Somos retales de la vida  que el telar del tiempo enhebra hilo a hilo para escribir el destino.

(Foto de la red)

La senda del chaman

La senda del chaman

Algunos han recordado el olvido y otros temen lo desconocido. Me gusta viajar con el poder de mi imaginación a través del universo de mi mente en una alfombra voladora –todos somos viajeros en el tiempo a través de los mares eternos aunque no lo sabemos–.

Vista desde el universo, la Tierra es un grano de polvo en el inmenso cosmos, y ha sido creada a través del amor con una belleza que conmueve el corazón, donde habitan diferentes seres vivos en armonía y respeto, excepto, los seres humanos que crean conflictos sin sentido, incluso, hay algunos cuyo objetivo es dar jaque mate a la vida en el planeta.

“La sabiduría es esencia de luz que, como el aire, se filtra por todas partes y todo lo contiene.

Todo tiene una memoria celular aunque muchas veces la de los seres humanos esté en hibernación. Por ejemplo, los árboles frutales tienen por misión crear frutos para que los seres vivos los  disfruten y, así una y otra vez, durante su ciclo en la tierra.  Los seres humanos, además de vivir, tenemos la oportunidad de ser y existir con conciencia, lo que nos otorga mucho poder y responsabilidad pues somos creadores de nuestra realidad si podemos exiliar el olvido para activar nuestras memorias celulares”.  Enseñanzas que me impartía mi maestro durante nuestros viajes a través del camino de las estrellas.

¿Fantasía o realidad? Depende de con qué ojos lo veamos.

Itumi, era el nombre de mi maestro y me transfirió sus enseñanzas antes volar hacia el horizonte de luz y fuego. En mi décimo cumpleaños me contó que mis padres prefirieron darme al templo antes que abandonarme y dejarme morir de hambre. Itumi, me acogió, era sacerdote de Atón, hombre mayor, de luengas barbas blancas y ojos serenos, su presencia era paz. Durante el tiempo que permanecí a su lado me enseñó a desarrollar valor para vivir y a bailar con la luz y la sombra, ambas necesarias, para enfrentarme a los miedos irresueltos.  También me enseñó a penetrar en la esencia de las raíces de este maravilloso planeta y me recalcó que cada ser humano es un actor dentro de la conciencia universal y, para descubrir quiénes somos y poder cumplir con  nuestro verdadero destino y no el que nos imponga nuestro ego, nos ofreció un don a cada uno de nosotros siendo nuestra responsabilidad descubrirlo, desarrollarlo y emplearlo bien para el mayor beneficio de la humanidad y del planeta.

Esa tarde de mi décimo cumpleaños me regaló un tapiz que cubría el suelo de mi pequeña habitación, el fondo era azul oscuro y dorado como el cielo de la noche en el desierto, tenía dibujados triángulos, puntos, constelaciones, esferas, elipses todo unido por lazos dorados y en el centro un sol con la llave de la vida, ank, “nunca olvides que esta llave es la llave que abre el amor de tu corazón”, me dijo. Poco a poco, a través de los años, me fue desvelando el poder que tenemos los seres humanos y los secretos que guardamos.  “La meditación es una herramienta mágica que nos permite conectar con la sabiduría ancestral y nos proporciona serenidad, también nos ayuda a sentir los beneficios  del conocimiento por eso los antiguos egipcios llamaban a las bibliotecas el tesoro de los remedios del alma pues curaban la ignorancia. El mayor daño  que puede sufrir el ser humano es la pérdida de la sabiduría. Busca siempre las raíces y no te pares en las apariencias. Las raíces son el conducto por el que sube el néctar de la energía creando plantas, árboles, es decir, la vida en el planeta. Así, la esencia de nuestro ser nace en la raíz del corazón por la que pasa el néctar de la luz que nos da la fuerza de vida”.

Una mañana mientras el alba arropaba a las estrellas y los colores magenta y dorado nos envolvían calentando nuestro corazón, me recordó: no olvides las palabras de nuestro querido faraón el sol:  “La verdad hay que descubrirla pues nos impulsa a cambiar de actitud y de forma de pensar y sobre todo a comprender  que ningún esfuerzo pasa desapercibido y que aunque haya nubes de desasosiego y agitación no debemos perder la calma; la sabiduría nos mantiene conectados con nuestro centro y  la verdad humilde y sincera es amor que nos conduce a la grandeza del ser cuyo objetivo es lograr cambiarnos a nosotros mismos. El principio y el final es el instante”. Esas palabras se quedaron grabadas en mi alma como una huella de fuego que danza en el aire y se refleja en los mares. Días después, estábamos en una terraza cuyas escaleras llegaban a la orilla del río Nilo; en ese punto de la tarde donde el calor empieza a alejarse para dejar entrar el viento fresco que por la noche acaricia al desierto, era uno de los momentos que más disfrutaba al ver el juego de luces y esa calma propiciaba la clase de preguntas y respuestas que teníamos una vez a la semana. Esa noche, había tenido un sueño “estaba en una aldea pequeña donde vivía gente sencilla y amable en armonía con la naturaleza, todos llevaban  grabados el sol en su corazón”. Le pedí que me hablara de esa civilización que estaba al otro lado del mar. Me cogió de la mano, sentí ese escalofrío previo a un viaje en la alfombra voladora y de pronto  estábamos volando a través de los mares y de paisajes de una belleza sobrecogedora. Llegamos a una tranquila aldea, se oía el alegre canturreo de un riachuelo y se olía la fragancia de las flores de primavera, a lo lejos se dibujaban perfiles de altos picos blancos. El chamán, “Luz del alba”, salió de su tipi para saludarnos. Era un hombre alto y musculoso, vestido con un manto ambarino, pelo largo recogido en una cola. No hacía falta hablar, todo se decía a través de las miradas. Sin más, empezamos a subir por un sendero empinado, su semblante se puso triste cuando nos dijo: “algún día este camino será conocido como el “camino de las lágrimas” por el éxodo de un pueblo cuyo  dolor y tristeza por abandonar su tierra y a sus seres queridos, abonarán estos campos que ahora son floridos. El hombre blanco nos echará pues solo quiere poner precio a la tierra que no le pertenece, sin importar el dolor infligido a mi pueblo y a la madre naturaleza”. Los tres vimos con claridad el terrible espectáculo y una profunda huella de dolor se imprimió en mi alma. “Luz del alba”, me miró a lo más profundo de mi alma con sus abismales ojos que brillaban como una noche vestida de diamantes y me dijo: “Algún día volverás a este lugar para continuar la senda del chaman”. Abrí los ojos y ahí estaba mi maestro mirándome sonriente pero sus ojos estaban llenos de tristeza; aprovechó para decirme que tenía que huir pues  un traidor iba a entregar el país del sol al reino de la  sombra. Unos ruidos sonaron en el interior del templo y antes de que la ignorancia y la violencia salieran a la terraza,  me urgió a que huyera a través de las aguas del Nilo.

“Hay que destruir la ignorancia para construir la lucidez. La violencia, la codicia, y el egoísmo son realidades que traerán tiempos de sombras; no podemos escondernos pues la vida se ocupará de devolvernos al mismo lugar, hay que tomar la dirección adecuada y seguir luchando para que las personas buenas  sigan creciendo como las raíces en la tierra para que cubran de vida al planeta”. Me desperté con esa voz tan querida y conocida en mi ser y una gran emoción de amor comprimió mi corazón;  salí del tipi para refrescarme en las frías aguas del riachuelo. Mi compañero estaba preparando el desayuno, su mirada se posó en la mía  y en silencio saludamos al sol para dar gracias por el nuevo día. Esta noche ha vuelto desde las estrellas mi maestro le dije a mi compañero, sé que no es un sueño pues su impacto está grabado a fuego en mi ser, lágrimas de amor regaron la tierra y recordé aquel viaje cuando el chamán “Luz del alba” nos enseñó el camino de lágrimas y, volvieron, en ese momento, a vibrar sus palabras en mi corazón -“algún día volverás”-; hoy es ese día pues he recobrado la memoria y he sentido y absorbido la fuerza para sanar y transformar ese dolor que las lágrimas y lamentos dejaron hace tanto tiempo en el camino. Mi nuevo ciclo de vida me ha llevado a nacer en este precioso lugar donde la naturaleza nos regala vida y armonía para continuar la senda del chamán.

“Algunos recuerdan el olvido y otros temen lo desconocido. No hay espacio ni tiempo, solo ciclos de vida –principio y fin-; hay que recuperar la memoria escondida en el alma para exiliar el olvido y poder llegar a nuestro destino. La ignorancia nos impide volar pues aprisiona el don de la sabiduría y de la libertad. El don de la imaginación es poderoso, así como todos los dones que nos regalan los dioses cuando somos merecedores; el don nos permite ser visionarios y volar en una alfombra mágica hacia otros universos donde el perfume de las estrellas se esparce como flores silvestres en nuestra alma”, palabras que “Luz del Alba” lanzó al aire, hace muchos, muchos años, para que todo aquel que quiera escuchar, las pueda sentir en su alma.

Algunos han recordado el olvido y otros temen lo desconocido. La senda del chaman nos dice que una mente sana y clara es necesaria para  el conocimiento y para dejar penetrar la luz de la sabiduría, también nos dice que el sendero del sol es ayudar a los demás y a dar una parte de nosotros a la humanidad.

(foto privada)