La senda del chaman

La senda del chaman

Algunos han recordado el olvido y otros temen lo desconocido. Me gusta viajar con el poder de mi imaginación a través del universo de mi mente en una alfombra voladora –todos somos viajeros en el tiempo a través de los mares eternos aunque no lo sabemos–.

Vista desde el universo, la Tierra es un grano de polvo en el inmenso cosmos, y ha sido creada a través del amor con una belleza que conmueve el corazón, donde habitan diferentes seres vivos en armonía y respeto, excepto, los seres humanos que crean conflictos sin sentido, incluso, hay algunos cuyo objetivo es dar jaque mate a la vida en el planeta.

“La sabiduría es esencia de luz que, como el aire, se filtra por todas partes y todo lo contiene.

Todo tiene una memoria celular aunque muchas veces la de los seres humanos esté en hibernación. Por ejemplo, los árboles frutales tienen por misión crear frutos para que los seres vivos los  disfruten y, así una y otra vez, durante su ciclo en la tierra.  Los seres humanos, además de vivir, tenemos la oportunidad de ser y existir con conciencia, lo que nos otorga mucho poder y responsabilidad pues somos creadores de nuestra realidad si podemos exiliar el olvido para activar nuestras memorias celulares”.  Enseñanzas que me impartía mi maestro durante nuestros viajes a través del camino de las estrellas.

¿Fantasía o realidad? Depende de con qué ojos lo veamos.

Itumi, era el nombre de mi maestro y me transfirió sus enseñanzas antes volar hacia el horizonte de luz y fuego. En mi décimo cumpleaños me contó que mis padres prefirieron darme al templo antes que abandonarme y dejarme morir de hambre. Itumi, me acogió, era sacerdote de Atón, hombre mayor, de luengas barbas blancas y ojos serenos, su presencia era paz. Durante el tiempo que permanecí a su lado me enseñó a desarrollar valor para vivir y a bailar con la luz y la sombra, ambas necesarias, para enfrentarme a los miedos irresueltos.  También me enseñó a penetrar en la esencia de las raíces de este maravilloso planeta y me recalcó que cada ser humano es un actor dentro de la conciencia universal y, para descubrir quiénes somos y poder cumplir con  nuestro verdadero destino y no el que nos imponga nuestro ego, nos ofreció un don a cada uno de nosotros siendo nuestra responsabilidad descubrirlo, desarrollarlo y emplearlo bien para el mayor beneficio de la humanidad y del planeta.

Esa tarde de mi décimo cumpleaños me regaló un tapiz que cubría el suelo de mi pequeña habitación, el fondo era azul oscuro y dorado como el cielo de la noche en el desierto, tenía dibujados triángulos, puntos, constelaciones, esferas, elipses todo unido por lazos dorados y en el centro un sol con la llave de la vida, ank, “nunca olvides que esta llave es la llave que abre el amor de tu corazón”, me dijo. Poco a poco, a través de los años, me fue desvelando el poder que tenemos los seres humanos y los secretos que guardamos.  “La meditación es una herramienta mágica que nos permite conectar con la sabiduría ancestral y nos proporciona serenidad, también nos ayuda a sentir los beneficios  del conocimiento por eso los antiguos egipcios llamaban a las bibliotecas el tesoro de los remedios del alma pues curaban la ignorancia. El mayor daño  que puede sufrir el ser humano es la pérdida de la sabiduría. Busca siempre las raíces y no te pares en las apariencias. Las raíces son el conducto por el que sube el néctar de la energía creando plantas, árboles, es decir, la vida en el planeta. Así, la esencia de nuestro ser nace en la raíz del corazón por la que pasa el néctar de la luz que nos da la fuerza de vida”.

Una mañana mientras el alba arropaba a las estrellas y los colores magenta y dorado nos envolvían calentando nuestro corazón, me recordó: no olvides las palabras de nuestro querido faraón el sol:  “La verdad hay que descubrirla pues nos impulsa a cambiar de actitud y de forma de pensar y sobre todo a comprender  que ningún esfuerzo pasa desapercibido y que aunque haya nubes de desasosiego y agitación no debemos perder la calma; la sabiduría nos mantiene conectados con nuestro centro y  la verdad humilde y sincera es amor que nos conduce a la grandeza del ser cuyo objetivo es lograr cambiarnos a nosotros mismos. El principio y el final es el instante”. Esas palabras se quedaron grabadas en mi alma como una huella de fuego que danza en el aire y se refleja en los mares. Días después, estábamos en una terraza cuyas escaleras llegaban a la orilla del río Nilo; en ese punto de la tarde donde el calor empieza a alejarse para dejar entrar el viento fresco que por la noche acaricia al desierto, era uno de los momentos que más disfrutaba al ver el juego de luces y esa calma propiciaba la clase de preguntas y respuestas que teníamos una vez a la semana. Esa noche, había tenido un sueño “estaba en una aldea pequeña donde vivía gente sencilla y amable en armonía con la naturaleza, todos llevaban  grabados el sol en su corazón”. Le pedí que me hablara de esa civilización que estaba al otro lado del mar. Me cogió de la mano, sentí ese escalofrío previo a un viaje en la alfombra voladora y de pronto  estábamos volando a través de los mares y de paisajes de una belleza sobrecogedora. Llegamos a una tranquila aldea, se oía el alegre canturreo de un riachuelo y se olía la fragancia de las flores de primavera, a lo lejos se dibujaban perfiles de altos picos blancos. El chamán, “Luz del alba”, salió de su tipi para saludarnos. Era un hombre alto y musculoso, vestido con un manto ambarino, pelo largo recogido en una cola. No hacía falta hablar, todo se decía a través de las miradas. Sin más, empezamos a subir por un sendero empinado, su semblante se puso triste cuando nos dijo: “algún día este camino será conocido como el “camino de las lágrimas” por el éxodo de un pueblo cuyo  dolor y tristeza por abandonar su tierra y a sus seres queridos, abonarán estos campos que ahora son floridos. El hombre blanco nos echará pues solo quiere poner precio a la tierra que no le pertenece, sin importar el dolor infligido a mi pueblo y a la madre naturaleza”. Los tres vimos con claridad el terrible espectáculo y una profunda huella de dolor se imprimió en mi alma. “Luz del alba”, me miró a lo más profundo de mi alma con sus abismales ojos que brillaban como una noche vestida de diamantes y me dijo: “Algún día volverás a este lugar para continuar la senda del chaman”. Abrí los ojos y ahí estaba mi maestro mirándome sonriente pero sus ojos estaban llenos de tristeza; aprovechó para decirme que tenía que huir pues  un traidor iba a entregar el país del sol al reino de la  sombra. Unos ruidos sonaron en el interior del templo y antes de que la ignorancia y la violencia salieran a la terraza,  me urgió a que huyera a través de las aguas del Nilo.

“Hay que destruir la ignorancia para construir la lucidez. La violencia, la codicia, y el egoísmo son realidades que traerán tiempos de sombras; no podemos escondernos pues la vida se ocupará de devolvernos al mismo lugar, hay que tomar la dirección adecuada y seguir luchando para que las personas buenas  sigan creciendo como las raíces en la tierra para que cubran de vida al planeta”. Me desperté con esa voz tan querida y conocida en mi ser y una gran emoción de amor comprimió mi corazón;  salí del tipi para refrescarme en las frías aguas del riachuelo. Mi compañero estaba preparando el desayuno, su mirada se posó en la mía  y en silencio saludamos al sol para dar gracias por el nuevo día. Esta noche ha vuelto desde las estrellas mi maestro le dije a mi compañero, sé que no es un sueño pues su impacto está grabado a fuego en mi ser, lágrimas de amor regaron la tierra y recordé aquel viaje cuando el chamán “Luz del alba” nos enseñó el camino de lágrimas y, volvieron, en ese momento, a vibrar sus palabras en mi corazón -“algún día volverás”-; hoy es ese día pues he recobrado la memoria y he sentido y absorbido la fuerza para sanar y transformar ese dolor que las lágrimas y lamentos dejaron hace tanto tiempo en el camino. Mi nuevo ciclo de vida me ha llevado a nacer en este precioso lugar donde la naturaleza nos regala vida y armonía para continuar la senda del chamán.

“Algunos recuerdan el olvido y otros temen lo desconocido. No hay espacio ni tiempo, solo ciclos de vida –principio y fin-; hay que recuperar la memoria escondida en el alma para exiliar el olvido y poder llegar a nuestro destino. La ignorancia nos impide volar pues aprisiona el don de la sabiduría y de la libertad. El don de la imaginación es poderoso, así como todos los dones que nos regalan los dioses cuando somos merecedores; el don nos permite ser visionarios y volar en una alfombra mágica hacia otros universos donde el perfume de las estrellas se esparce como flores silvestres en nuestra alma”, palabras que “Luz del Alba” lanzó al aire, hace muchos, muchos años, para que todo aquel que quiera escuchar, las pueda sentir en su alma.

Algunos han recordado el olvido y otros temen lo desconocido. La senda del chaman nos dice que una mente sana y clara es necesaria para  el conocimiento y para dejar penetrar la luz de la sabiduría, también nos dice que el sendero del sol es ayudar a los demás y a dar una parte de nosotros a la humanidad.

(foto privada)

 

 

¿Por qué no yo?

¿Por qué no yo?

La vida me llevó por muchos vericuetos, unos sublimes y agradables, otros dolorosos y opresivos. En una de esas experiencias opresivas terminé en un hospital donde me indujeron el coma -recibí tantas patadas en la cabeza que mi vida quedó pendiente de un hilo, produciéndome daños internos  y externos y como no hay mejor remedio que el descanso para sanar el cuerpo y el alma, mi cuerpo se durmió durante varios días. Gracias a ese “descanso” muchos de mis sentidos se desarrollaron; mi conciencia profunda me hizo ver y percibir energías sublimes de universos paralelos. Comprendí que no solo somos carne y huesos, somos parte de un alma global fragmentada y cada uno llevamos en el corazón un trocito de esa alma.

Mi conciencia me enseñó a observar sin juicios mi vida, desde mi nacimiento hasta ese momento en el hospital. Éramos energías que jugábamos en el éter donde somos cocreadores de las manifestaciones; me manifesté  en un águila que jugaba con el viento, planeando y observando desde lo alto la belleza del planeta – montañas, ríos, océanos de arena y sus altas olas y océanos de agua con olas que al unirse unas con otras forman esculturas de bailes con pasión para acariciar la orilla y dejarlas descansar; volcanes, flores, colores, seres vivos…–.

De pronto estaba en mi casa, era una presencia invisible que todo veía y sentía, sentí un amor profundo por mi madre que estaba a punto de darme la bienvenida al mundo, ¡cuánta alegría en las miradas de mis padres!

Mientras miraba el milagro de la vida bajo esa apariencia de luz donde no existe la oscuridad ni la sombra, vi mi vida física pasar. Reviví muchas escenas pero me detuve en unas cuantas que fueron las que forjaron mi presente. “Mi madre era un corazón andante que amaba a los demás sin límites, pero su vida cambió por avatares de la vida y con el tiempo se había olvidado de amarse a sí misma,  de tanto huir se olvidó que existía; creó una prisión donde era su propia prisionera al aceptar un ambiente de imprecaciones y violencias que herían su alma; había dejado su valía en el desván entre viejos e insignificantes muebles tal y como ella misma se sentía ante esa batalla de violencia, desprecio y miradas vacías. Lloraba en silencio su debilidad cuando pensaba que yo no la veía ni escuchaba. En ese ambiente de violencia, miedo y sumisión crecí y por ello, entre otras cosas, me convencí de que yo no merecía ser feliz. Desde esa perspectiva del Ser vi cómo se reproducía el mismo escenario de mis padres y supe con certeza  que hasta que no se rompiera el círculo de esas vivencias y aprendiera las lecciones, una y otra vez se reproduciría el mismo escenario.

Observé otra escena que puso su huella en mi alma, mi comportamiento en el colegio cuando era niña. La violencia que sufría en casa la pagué con una niña que tenía unos preciosos ojos  color violeta aunque apagados por su tristeza; nadie quería jugar con ella, no podía caminar bien y menos correr. Las niñas, incluida yo, fuimos muy crueles con nuestras burlas y desprecio. Al observar y sentir ese dolor causado gratuitamente y sin razón me llené de tristeza, mi corazón sintió una profunda pena y pidió perdón a mí misma, a la niña y a la bóveda celeste. Supe que todos los comportamientos tienen sus consecuencias.

Mi conciencia me llevó al día previo de recibir esa paliza monumental a veces creamos caos para poder salir del mismo; reviví la escena que me rompió el corazón cuando sentí que había perdido el respeto de mis hijos; prefirieron marcharse a vivir en ese infierno que había creado. Sus miradas de reproche me recriminaban por qué no quería actuar y librarme de esa violencia gratuita…, mi silencio y lágrimas de miedo fueron los que cerraron la puerta detrás de ellos. Grité en silencio, llenándome de dolor y rabia hacia mí misma por mi debilidad, oía sus reproches, sus miradas de incomprensión y dolor, pero también miradas de no aceptación. En ese momento comprendí que al igual que yo hacía con mi madre, ellos lloraban por mí pero hasta ese momento fui ciega, era yo la que debía tomar la decisión. Vi con claridad que es crueldad hacer daño a los demás.

Al observar mi vida sin juicios, solo como hechos y ver que el velo del  miedo se había apoderado de mi cuerpo olvidando al amor, sentí una oleada de ternura y perdón comprendiendo que el amor es la fuerza de luz de la vida que siempre vence a la oscuridad. Sentí una fuerza que atravesaba mi cuerpo físico y tenía ganas de gritar que la vida es para ser vivida, no para ser violentada; comprendí que soy la única responsable de mi cielo o infierno y lo único que debo hacer es decidir lo que quiero vivir.  Esa fuerza que sentí hizo que despertara y lo primero que pensé fue: “tengo derecho a vivir, a ser feliz, a la abundancia, al respeto y al amor”, comprendí lo que mi conciencia me enseñó: “el amor todo puede realizar siempre y cuando seas capaz de hacerlo con el corazón”.  Esta fue la gran enseñanza que recibí en ese universo donde todo es posible menos el miedo y la violencia”.

Cuando salí del hospital me llevó un tiempo tomar la decisión de separarme y empezar una nueva vida. Subí al desván y tiré todos esos viejos muebles que simbolizaban mi antiguo yo. Había llegado el momento de ser una adulta responsable y ser consciente de mis decisiones. Después de un periodo de aprendizaje y saborear la valentía volvió esa fuerza que sentí en el hospital “la vida es para ser vivida no para ser olvidada”. Una tarde fui a una charla que trataba sobre el maltrato y como abandonarlo. Cuando terminó me acerqué a la ponente y ¡sorpresa!, me encontré con dos hermosos ojos color violeta que brillaban como soles al amanecer.  Me presenté y me reconoció, le pedí perdón por haber sido tan cruel con ella. Con gran sabiduría y compasión me dijo: “que esos momentos tristes y dolorosos habían dado lugar a una fuerza inconmensurable  y a preguntarse ¿por qué no yo?”.  Su respuesta valiente fue la que hizo que hoy fuera una mujer espectacular llena confianza y amor, cuya vida está dedicada a la más hermosa misión,  ayudar a la familia humanidad.

Comprendí muchas cosas y a partir de ese día me preguntaba continuamente ¿Por qué no yo?

En mi aprendizaje seguí viviendo algunas tormentas, unas más fuertes que otras y ambas me enseñaron que el miedo y la ira nos desprotegen del valor y coraje porque eliminan la fuerza de la vida que todos llevamos dentro. Sin motivación en nuestra vida viviremos en una isla dentro de un inhóspito desierto; solo la energía que nos lleva a la motivación de luchar por la vida es la que nos da la confianza y la seguridad que necesitamos para hacer lo que realmente deseamos hacer aunque haya gente que  nos ponga la zancadilla. No podemos olvidar que el problema no es el problema si no cómo reaccionamos ante el problema esa es la gran diferencia, si no, nuestro presente se alimentará del pasado continuamente.

Muchas personas se cierran en su prisión del miedo, de la violencia, de sus complejos pues se sienten insignificantes a causa del daño recibido en su alma. Es hora de preguntarse: ¿por qué no yo? La respuesta firme y valiente es la que nos hará sentir esa fuerza llamada motivación para luchar por nuestro derecho a vivir, a decidir y a ser feliz y nunca olvidar que somos los escultores de nuestro día a día.

He pasado por muchas vicisitudes, he vivido ahogada en un océano de arena pero ahora vivo en un lugar donde el mar crea figuras de amor y pasión y las deposita en la arena para que yo las vea y aprenda a subirme en las olas para viajar hacia donde yo quiera.

(Foto privada)

La Voz es nuestra voz

La Voz es nuestra voz

Una orquesta sin músicos ni instrumentos tocaba una sinfonía de acordes armoniosos que procedía de la Voz de la brisa mientras acariciaba mi piel y  la superficie del mar. Los acordes me trajeron bonitas historias de personas que habían transitado y transitan por diferentes y mágicos caminos iluminados por las estrellas. La Voz me dijo: “Sé cómo el pájaro que bebe en la escarcha sin preguntarse por qué el rocío se ha congelado. Sigue adelante, camina recto y da pasos cortos y firmes. No formes parte de esa gente perdida que gira y gira en el laberinto de nubarrones de dudas e incertidumbres porque viven proyectados en un futuro irreal que lleva a ninguna parte; no olvides que la salida del laberinto es el presente y se forma con las decisiones que  ayer se tomaron”.

Caminaba por la arena y reflexionaba sobre esas palabras tan certeras mientras oía una bonita canción que la brisa cantaba: “Dios es éxtasis y alegría, qué hermosa es la obra divina en su belleza y armonía, regalando vida a cada instante, haciéndonos sentir cálidos  momentos de serenidad mientras sentimos cosquilleos de felicidad”, al mismo tiempo veía como las olas creaban imágenes que se entrelazaban y danzaban,  lanzando al viento sus historias y oía la risa de esas siluetas que me miraban sonrientes. Mientras oía esa melodía tan pegadiza, pensaba: “Las palabras crean y construyen nuestros deseos o sabotean nuestros esfuerzos debilitándonos y confundiéndonos, para perdemos esos pequeños e inolvidables momentos”.

Muchos de nosotros nos preguntamos a lo largo de los días: ¿hacia dónde voy?, ¿cuál es mi destino?, ¿cómo debo actuar ante esta situación?, y un sinfín de otras preguntas cuyas respuestas no encontramos porque no sabemos escuchar ni ver las señales que nos envía nuestra alma.

Cuando las respuestas llegan sentimos esa suave alegría y oímos el canto de la brisa y las risas de alegría de esas memorias que nos envían señales para decirnos que no estamos solos, que las apariencias engañan.

Estamos tan cómodos en nuestro pequeño mundo del sofá que no nos damos cuenta de que a veces  caminamos sobre un arco iris que nos lleva hacia el mundo de la alegría y de la serenidad, pero enseguida regresamos a nuestra rutina y confort pues pensamos que no somos dignos de esa alegría pues algo va a pasar, lo que nos hace regresar a ese ritmo plano porque el corazón ha dejado de golpear.

No podemos subestimar la fuerza de nuestros pensamientos, palabras o acciones; todo tiene repercusión en positivo o en negativo, haciéndonos vivir una realidad u otra dependiendo de nuestras decisiones, pero tenemos un regalo divino que es el libre albedrío y podemos elegir, cambiar o anular lo que hemos creado en bien o en mal, de ahí nuestra responsabilidad sobre nuestra vida –caminar por el arco iris de colores o bien caminar por el oscuro sendero donde la gente se pierde porque no hay vida-.

Cuando caminamos por el arco iris vemos la vida en colores, sentimos alegría y serenidad y, al mismo tiempo, coraje y valentía para enfrentarnos a los miedos de los oscuros senderos. El arco iris nos muestra la luz que hay dentro de esa oscuridad y nos guía hacia nuestro destino si se lo permitimos. Esa luz es realidad  y vida y es más real que la vida misma.

No podemos olvidar que las estrellas alumbran a los que viajan con pasos lentos y firmes por los diversos caminos de la vida. Ellos han cambiado su actitud tomando decisiones –certeras o equivocadas- y ahora cabalgan con la brisa por un camino donde los ecos de las lamentaciones han sido reemplazados por una sinfonía de mil acordes y colores.

Las palabras elegidas construyen nuestra vida con sueños y amores o bien sabotean nuestra vida con apatía y dolores, la decisión nos pertenece.

Hay que aprender a interpretar las señales que la Voz nos envía para reaccionar, vapulear y mejorar la vida.

(foto privada)

La filósofa soñadora

La filósofa soñadora

Por la noche me acosté sin pensar en el mañana, di por hecho que todo sería igual, pero mi vida cambió esa mañana de primavera, cuando el sol encendía sus luces y sus colores de fresa y mandarina nos anunciaban un nuevo día; unos golpes en la puerta y mi amigo me vino a decir que tenía que marcharme a toda prisa porque mis ideas de cambio, tolerancia y apertura molestaban a los que ostentaban el poder; su tic nervioso me hizo comprender la convulsión de su alma y la urgencia en mi huida.

Salí de mi casa con el mínimo equipaje y empecé a caminar sin rumbo ni dirección, solo deseaba salir de esas murallas -que no solo nos defienden del exterior sino que también nos limitan nuestros pensamientos y libertad porque no quieren que las miradas se pierdan camino del horizonte-. Caminaba, caminaba…, estaba tan cansada no solo por mis pies con llagas sino de tanta ignorancia, injusticia y represión.  Mis pasos acompañaban a mi rosto marcado por el tiempo que huyó del país de la sombra; -en momentos sombríos recuerda que “la verdad duele porque nos hace crecer, pero nos proporciona serenidad que es la flor del despertar”,  me repetía, una y otra vez, la sabiduría del alma vieja de mi padre-. Con estos ecos llegué al desierto cuando el sol se teñía de púrpura –unos recuerdos sangrantes volvieron como un azote a mi corazón que añoraba lo que tejió con otros corazones amantes y sabios, parece que sucedió hace tanto tiempo que no queda huella porque mi tristeza todo lo envuelve de angustia y nostalgia. Apareció la primera estrella y me ofreció su luz y alegría, mi alma se lo agradeció recuperando sus colores dorados con suaves melodías y, en ese momento, prometí que la voz de las ideas de libertad sería una voz viva y viajaría a través del aire y de los corazones vivos a todos los rincones del mundo y no sería apagada ni encerrada por la opresión porque esa voz es la llama del alma.

Empujada por el viento he navegado entre olas amargas, lluvias torrenciales y brisas cálidas hasta que llegué a la orilla del desierto de dunas doradas. Mi soledad me ha devuelto el silencio, y, oigo la risa de mis reflexiones que me dicen: “siente la presencia de tu alma y no dejes que los vientos de esa enfermedad de violencia y opresión que viaja en el alma de esos déspotas que corroen la esperanza, sequen tu fuente de agua del conocimiento porque ellos han olvidado lo que significa tener sed.  Los que dudan de sí mismos se pierden en el laberinto de la vida, no es bueno devolver los golpes sino evitarlos. Lo más hermoso del mundo es el conocimiento, la sabiduría, la sed de la verdad y nada lo podrá destruir porque habitan en el corazón de cada hombre y mujer que saben que la esperanza siempre ha de volver”.

Desde que me fui he hecho muchos amigos en el camino, conversando con todo aquel que quería compartir su ciencia, secretos y sabiduría; por las noches dialogaba con mi sabio consejero, el silencio; contemplaba los diamantes en el cosmos negro y profundo como un abismo donde solo el amor reside y es guardián de  grandes secretos a través de milenios  -mixtura de lo sagrado  y profano-, creando un puente entre lo divino y humano, ambos, engranajes de mi alma que siempre me han ayudado. Los recuerdos y saberes se agolpan para salir en estampida, la puerta se ha abierto y entra aire fresco, las ideas, pensamientos y palabras bailan con el viento sembrando nuevos amaneceres que emergen desde las profundidades del océano.

Un atardecer, sentada sobre una duna, sintiendo la arena en mis pies y manos, mirando al mar que jugaba con las olas borrando huellas en la arena, me vino ese recuerdo tan querido a mi alma, el encuentro de aquel hombre silencioso y delicado, alto, enjuto, amable, sonriente, yo tenía 7 años, me llevó a su casa y me acogió en su familia para siempre; me enseñó muchas disciplinas pero la más importante fue la de unir lo sagrado y profano. Tenía un medallón que siempre me gustó. Al cumplir trece años me lo regaló -una estrella de cinco puntas, en el centro un sol y dentro un corazón; en la cara opuesta, había grabada una flor-.

El medallón tenía el secreto de la noche de los tiempos y me enseñó a soñar y a volar hacia ese puente entre lo divino y humano, me imaginaba caminos mágicos de flores y viejos árboles donde las ninfas bailaban y me hacían compañía.  Soñaba con conversaciones donde todos aprendemos de todos y compartimos saberes. Soñaba con gobiernos limpios y leales al pueblo, donde la opresión daba paso a la libertad. Soñaba con sentir la fragancia del Amor para poder romper cadenas y conocernos mejor. Comprendí que el océano no pertenece a las olas, que las olas crean caminos sobre la arena que el agua borra y que el amor revitaliza todo aquello que no florece tanto en el alma como en la tierra porque penetra a través de la piel y de la piedra.

Durante un tiempo, mis sueños de libertad y aromas se volvieron sombríos porque me aprisionaban  murallas de personas cuyas ideas estaban llenas de odio y rabia por tabúes, prejuicios, temores…; pesadillas que vuelven con la niebla de la noche como fantasmas en un cementerio de tumbas vivas. Suspiros y lágrimas me tragaba, pero me devolvieron las fuerzas para emprender un nuevo vuelo hacia las cumbres nevadas donde viven personas que tienden puentes entre lo divino y humano; donde el corazón es el rey y maestro de la sabiduría ancestral;  donde el perfume del amor es infinito y flota en el aire alimentando el alma con las más audaces ideas y palabras-.  Energía que volvía a vibrar en ese rincón de mi alma donde reinaba la humilde dulzura del saber que mi padre me enseñaba con amor, pasión y grandeza.

Me gusta ver bailar las palabras con las ideas; me gusta subir y pasear sobre el puente profano para llegar a lo sagrado. Me gusta hablar con las estrellas para que me cuenten sus secretos y sueños  y ver bailar a la luna con pasión junto al sol. Antes de iniciar el vuelo, aprieto con amor el medallón que me abrió las puertas a los secretos del profundo universo. “Una gran raza de pensadores con una fuerza hercúlea hará cambiar las ideas y pensamientos de los hombres y mujeres. El león de la espiritualidad se ha despertado porque el amor genera por sí solo todo lo que necesitamos”, palabras que mi padre me dijo el día de mi decimotercero cumpleaños y quedaron grabadas a fuego en mi piel, enseñándome a luchar, soñar y volar.

La paradoja del hombre

La paradoja del hombre

Mi aldea ha desaparecido pero su nombre quedará para siempre grabado en mi corazón. Llevo varios meses errando por caminos de tierra, escondido con mis compañeros el miedo y el terror que me hacen temblar al oír cualquier ruido. Estoy tan cansado de ver como la tierra se tiñe de rojo,  de ver los árboles llorar, de ver tantos cuerpos tirados que ya casi no siento nada, es como si un candado cerrara mi corazón para que pueda seguir avanzando en este terrible escenario.

Me ahogo en este desierto de muerte,  no me quedan lágrimas y mi voz se ha roto de tanto gritar y de lanzar preguntas al aire. Escondido en una pequeña cueva me encontró un nómada que comprendía mi dolor y entendía mi miedo; sus serenos ojos me hicieron sentir confianza y empecé a hablar y como un torrente no pude parar. Compartí momentos íntimos de mi familia, el amor de mis padres y el cariño de mis hermanos; hablé de la vida en mi apacible aldea  -sentí su cálido aire y recordé sus caminos de polvo, la lucha de palos a pies descalzos, la risa de mis vecinos, las historias de los mayores y sobretodo el beso robado de mi amor escondido-. Mis ojos bañaron la tierra, el dolor de mi alma lanzó un grito desgarrador cuyo eco hizo mover las entrañas de la tierra.

Este hombre de paz me ayudó mucho con sus consejos y sabiduría. Mis heridas físicas sanaron así como algunas del alma. Después de un tiempo volví a ponerme en camino. Vagué sin rumbo hasta que un atardecer llegué a una aldea perdida en las montañas. Su gente amable y sonriente, me ofrecieron un plato de comida y una cama en una humilde cabaña; pero su cielo era tan hermoso, de un azul profundo tachonado de luces, que decidí dormir al raso. A la mañana siguiente dije adiós a mis amigos y volví a mi camino. Elegí una vereda y la seguí hasta que encontré una pequeña choza donde había señales de otro caminante. Al tercer amanecer oí la melodía de la piedra y del agua mezclada con el color del infinito dorado y eso me hizo sentir una alegría que creía perdida. Comprendí que la destrucción es devastación y muerte. Todos deseamos vivir pero nos destruimos hasta morir, curiosa paradoja del hombre.

Ahora observo este maravilloso lugar de silencio y paz y veo mi vida desfilar, -la alegría de mi aldea junto a mi familia y amigos, horror y miedo cuando vinieron y arrasaron la vida de todos-.  La soledad y el silencio me ayudaron a sanar las heridas de mi alma. No se puede borrar el pasado, lo que es, es; pero sí podemos mejorar el presente. He recordado una frase que mi madre me decía cuando estaba triste: “no desperdicies la vida, llénala de risas y espolvoréala con alguna lágrima dulce así podrás vivir y sonreír”. Vuelven deseos de amar, mi voz canta con el aire, me pongo en camino para ir en busca de mi destino.

Soy un nómada que transita por los caminos de la vida donde se oye el canto de la piedra y del agua, donde los colores del amanecer y del ocaso se unen en la luz del horizonte para darnos nuevas oportunidades. Sentado frente al mar disfruto de un atardecer dorado; vuelvo a ver esos ojos serenos que tanto me ayudaron  y escucho su voz fuerte y melodiosa repitiendo: “la paradoja del hombre no tiene fin -mata en lugar de vivir, destruye en vez de construir, odia por no amar-. Vive intensamente. Las dificultades traen nuevas oportunidades. El miedo nos hace prisionero y perdemos el control de nuestros pensamientos. Mantén la serenidad dentro de la tormenta. La vida no es un terreno árido de sufrimiento es un campo verde de amor donde las cosas simples nacen, crecen y mueren en su ciclo natural. El amor aporta a los hombres el presagio de la felicidad, don de la vida. Transita por los caminos de la vida dejando tu huella en la piedra, pero sobre todo sé un guerrero de generosidad, humildad y libertad. Sé paciente y no te alteres por lo que otros digan o hagan, no se puede luchar contra el ego de dos leones en guerra”.

(Foto de la red)

Somos fragmentos de nuestro pasado

Somos fragmentos de nuestro pasado

Noches enteras de fiesta hasta altas horas de la mañana, donde el alcohol bañaba mi cuerpo tanto por fuera como por dentro, muchas veces acompañado de alguna que otra sustancia como aperitivo, perdiendo la consciencia más de una vez así como a mi única hermana, quien estaba harta de mis borracheras y sus consecuencias.

Un día después de una noche loca de tanto alcohol y polvos blancos conduje dando bandazos hasta que mi coche chocó contra una escultura en medio de una rotonda quedándome inconsciente. Un policía me llevó al hospital y cuando me desperté me condujo a la comisaría y después ante el juez quien me envió a un centro de desintoxicación en lugar de a la cárcel.

Mi ingreso en ese tranquilo lugar fue de todo menos apacible. Mi chulería y falta de respeto hacia los demás, tanto cuidadores como personas que estaban recibiendo ayuda, fue de lo más grosero e insolente. Busqué con desesperación  lo que me faltaba ya que el síndrome de abstinencia me volvía loca, incluso me escapé  para ir en busca de cualquier cosa. Después de pasar unos días sin salir de mi habitación, mi cuidador me dio a elegir: “vas  a las charlas o vas a la cárcel”. Mi decisión me llevó a la sala de reuniones donde cada uno contaba su drama.

Entre varias historias una me tocó muy cerca, un compañero de fatigas empezó a hablar de su madre, del hambre que pasó, de cigarros a punto de encender una hoguera,  de decenas de botellas vacías pero nunca comida. Mi memoria empezó a abrirse como una flor en primavera, pero no en belleza sino en dolor  y angustia. Mis recuerdos se agolparon con violencia. Reviví una escena que aún la tengo grabada a fuego: “una noche fría de invierno  con mucha nieve en la calle, mi madre quiso hacer un trineo con el felpudo para bajar la empinada calle, me cogió entre sus brazos  y nos lanzamos calle abajo, yo tenía 4 años, al final de la calle nos chocamos contra un coche que en ese momento estaba parado por un semáforo en rojo; ella se cayó al suelo y yo me hice daño en los brazos”. Emergieron imágenes que tenía enterradas en la profundidad de mi alma, recordé las veces que mi hermana y yo pasamos hambre; las veces que veíamos a nuestra madre tendida en el suelo al volver del colegio, hasta  que un día no se levantó. Los servicios sociales nos acogieron, nos separaron porque mi hermana era mayor.  Las nuevas casas de acogida cambiaron el  alcohol por malos tratos y violación. Cuando tuve edad suficiente me escapé para no volver y me dediqué a hacer lo que más me había dolido ver, “beber hasta desmayarme”.

Esos recuerdos abrieron una herida sangrante aún sin cicatrizar, volviéndome huraña e irascible, me refugié en mi habitación; no quería hablar con nadie porque me avergonzaba de mi misma, -volví a oír las mofas de los niños en la escuela, oí el rugido del hambre, veía a mi madre tirada en el suelo…, las casas de acogida y a ese hombre mayor al que llamaban abuelo-. Lloré sin parar pero no por mi madre o por el abuelo, lloré  por mi autodestrucción, ¡cuántas veces quise volar!

El cuidador nunca se daba por vencido y volvió con su ayuda y consejos y volví a las charlas, a los dramas de otras vidas, hasta que comprendí que todos llevamos un gran dolor encerrado en nuestro corazón porque somos fragmentos de nuestro pasado. Reconocí que la autocompasión no lleva a la solución, a cada uno nos toca decidir si queremos entrar por la puerta y vaciar nuestro corazón o entrar por la ventana a trompicones haciéndonos daño y dejando moratones. Tardé unos meses en darme cuenta de que hay otra vida fuera de la droga y del alcohol. Cuando se acercaba el día de mi salida, tuve un ataque de angustia, no quería irme, me sentía segura dentro de ese lugar y sentía que allí era fuerte y podía hacer frente a mis demonios de ruidos, bares, fiestas, recuerdos y dolor.

Mi cuidador al sentir mi angustia vino a hablar conmigo, me hizo comprender que lo más importante en mi vida en ese momento fue descubrir quién era yo. Acepté que mi vida ha sido la que fue y no podía cambiarla pero sí aprovechar esta oportunidad  para volver a empezar.

Al tercer día de estar en mi casa, entre el ruido de la calle, mis amigos invitándome a una copa, la música, el tabaco estuve a punto de recaer pero los recuerdos me golpearon con violencia y recordé lo que mi cuidador me dijo cuándo lloraba de desesperación: “tu vida es la que y es la que fue. No puedes cambiar el pasado pero las dificultades te dan nuevas oportunidades. El diálogo contigo misma es el más importante porque de él dependen tus decisiones y acciones. Nada ha sido inútil en tu vida, tus esfuerzos y combates te han llevado a ser la persona que en la actualidad eres. Todos gritamos y lloramos, nos enfadamos  con todas las personas que nos rodean, sentimos un dolor desgarrador en nuestra alma causado por la autodestrucción; pero hemos aprendido que cuando nos caemos y nos hacemos daño, con voluntad y esfuerzo nos levantamos. La vida tiene piernas y se mueve, el único gran problema consiste en dormir despierto, en la inacción o autocompasión”.

He vuelto a tener contacto con mi hermana y juntas hemos llorado el dolor y el tiempo perdido. Decidimos ir juntas al Centro cada semana para ayudar y dar apoyo  a otras personas. Muchas veces repito una y otra vez lo que a mí me dijeron el primer día: “Sé valiente y mírate al espejo, descubre quien eres, atrévete a dialogar contigo, aprende a reflexionar  y a inspirarte de la vida”.

Todos somos fragmentos del pasado, el dolor incluso nos puede llevar a la autodestrucción pero siempre hay alguien a nuestro lado que nos tiende un lazo o nos da un abrazo para ayudarnos a salir de ese pozo oscuro. Como decía Winston Churchill: “nunca rendirse, nunca, nunca, nunca, nunca en nada grande o pequeño, importante o insignificante, nunca te rindas”.

Foto de Scott Hefti