En lo más profundo de mi alma hay un recuerdo que trata de abrir el cerrojo de mi memoria, desea ser revivido y transmitido; por esto lo voy a contar.
Unos ojos vivos de color esmeralda me miraban con infinita ternura. Un rostro arrugado por el tiempo profano se iluminó con la belleza de una sonrisa atemporal, símbolo del Amor. Mi estancia en el Egipto de Akenatón, donde Maat y Atón se unían en un abrazo universal, resurgió.
Itumi, así se llamaba el sacerdote de ojos turquesa, color de la armonía. Él me enseñó a abrir la primera puerta de mi conciencia para que mis observaciones, pensamientos, palabras y acciones fueran reflexivas, independientes, armonizadas para evitar intolerancia y conflictos. Me mostró que hay miles de puertas por abrir para acceder a otras dimensiones. Me repetía, una y otra vez, que el conocimiento de uno mismo es necesario para acceder a ese lugar sagrado; hay que distinguir entre lo que necesita el cuerpo y lo que necesita el alma, que, aunque sean dos universos diferentes, son iguales en esencia y ambos se rigen por las mismas leyes universales. Este proceso de aprendizaje silencioso de conocimiento y descubrimiento se inicia con un anhelo profundo y sincero para que la fuerza de la tierra te proporcione coraje y vitalidad para emprender el camino de tu destino.
Recordaba estas palabras mientras estaba observando el atardecer en el patio del estanque de aguas primigenias que se alimenta del prana, energía vital, de Atón. Sus aguas son ondas de un azul acero. Unas columnas repletas de jeroglíficos separaban el patio del río Nilo. La luna llena en todo su esplendor apareció en el cielo sin hacer ruido y se reflejó en las aguas primigenias; las estrellas iluminaron el patio creando un ambiente mágico. Se oía la amable risa del río Nilo y la brisa del desierto contenía su aliento para no perturbar el movimiento. Mi corazón latía veloz y alegre.
Durante unos años, Itumi prosiguió su enseñanza. Una mañana, mientras estaba practicando mi respiración en el patio y recibiendo el prana de Atón, apareció y me indicó que lo siguiera.
Me llevó a un espacio circular donde había muchas puertas. Recordé unos versos de un canto que había compuesto a Atón hacía algún tiempo: “Luz dorada que calienta mi corazón de materia a través de los rayos diamantinos y lo sana con dulzura y delicadeza. Luz que a través de mi piel abraza a la humanidad como hermandad de la paz”. Su rostro arrugado me miró y la belleza de su sonrisa universal todo iluminó.
Me pidió que eligiera una puerta. Elegí la puerta dorada porque tenía grabadas en su centro las alas de Maat y la cruz de Vida, Ankh; ambas irradiaban su luz mientras las miraba. Soles y águilas, papiros y palabras iluminaban el camino y me acompañaban a otras moradas.
Palabras silenciosas que se transmiten en sueños, visiones para que puedan ser oídas sin interferencias. Dentro de ese espacio dorado, había otras puertas más pequeñas de colores cristalinos como el arcoíris, y supe de inmediato que ese puente de unión entre lo celeste y lo terrestre sería el símbolo del Amor atemporal.
Más tarde, Itumi me recordó, mientras caminábamos por un pequeño sendero cerca del Nilo, que la simbología es traer la ausencia de algo profundo a nuestra actual realidad: —Usa tu imaginación para recordar y así conectarte a través de los tiempos.
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La imaginación nos permite el cambio que deseamos hacer en nuestra vida, a volar hacia universos que creemos lejanos, a crear nuevas realidades. No olvidemos que la imaginación es una poderosa herramienta del ser humano para cambiar su universo. La simbología también es otro instrumento capital en nuestra vida porque nos ayuda a comprender y a profundizar en la visión del recuerdo.
El cuerpo y el alma están en continuo diálogo para reconstruir nuestra vida. Diálogo que debe ser franco, honesto y abierto a la diversidad de nuestra hermandad. Así podremos comprender y actuar a través del alma que nos permite tener conciencia de amar y de ser amados.
El alma, nuestro ser espiritual, está compuesto de átomos de amor, generando el Amor universal que embellece todo a su alrededor porque pertenece a una dimensión atemporal, sagrada e inviolable.
Nos preguntamos: ¿qué es lo real?, ¿es lo que existe objetivamente —lo que vemos, tocamos, sentimos—, o bien es lo que existe en esa otra dimensión que resuena en nuestro interior profundo y nos hace preguntarnos y buscar respuestas a quiénes somos y por qué estamos aquí?
La unión de ambas realidades debe entrelazarse para que nuestra vida terrestre tenga un sentido y pueda desarrollarse plenamente, creando, creciendo, vibrando. Somos materia condensada y al mismo tiempo vacío. Todo lo que nos pasa en la vida lo guardamos en nuestro interior: sensaciones, sentimientos, recuerdos, experiencias, porque todo está registrado en nuestras memorias.
La luz-energía crea todo el tejido de lo Vivo, tanto en el universo como en nuestro planeta Gaia. Todo está en continuo cambio para que la vida surja y vibre. Así pues, hay dos direcciones en nuestra existencia, la vida externa y la vida interna, ambas necesarias para que nuestra existencia sea completa. No podemos erradicar a ninguna.
Todo en el universo, incluyendo nuestro mundo, está unido por cuerdas que se rigen por la regla de la Armonía.
¿Qué es la Armonía? La Armonía es la energía que se crea en el espacio vacío entre la luz, la sabiduría, la verdad, el amor y la paz, que forman un pentágono áurico, y nos une a la energía de la Belleza universal. Ser conscientes de este misterio ha sido y sigue siendo el gran enigma de la humanidad.
Cuando vivimos en armonía entre nuestra vida externa e interna, es cuando surge el compromiso con nosotros mismos y con los demás, haciéndonos ser mejores personas al estar tejido ese acto con filamentos dorados de altruismo y amabilidad. Ese flujo de energía amante nos hace tomar conciencia de todo lo que nos rodea y ser responsables de nuestros actos, que son los que crean nuestra realidad externa; de ahí la importancia de conocernos para saber el origen de nuestros pensamientos y la motivación de nuestros actos. No hay nadie que nos castigue o recompense; todo depende de nosotros, es decir, somos responsables de nuestra vida. Si vivimos en conflictos de egos, generaremos violencia; si vivimos en armonía, generaremos alegría. Si somos capaces de ver la magia de la Vida, caeremos de rodillas ante la Belleza que nos invita a despertar nuestros sentidos.
Las huellas de nuestros pasos hacia nuestro destino generan una vibración que resuena en el universo, creando la sinfonía cósmica que oímos en el silencio interior cuando nos conectamos al pentágono áurico de la luz, de la sabiduría, de la verdad, de la paz y del amor al observar la Belleza de la Armonía de este gran enigma de la Vida.
Para volar al lugar de origen, sede de la Armonía, hay que navegar antes por el océano de la vida para atravesar las nieblas del olvido.