La mujer de fuego

La mujer de fuego

He vuelto a tener una noche agitada de esas que parece que estoy  en un tiovivo dando vueltas y vueltas, hasta que el frío me despierta. Tengo esa sensación de alegría y tristeza en mi cuerpo, huella imperecedera de ese sueño repetitivo donde las llamas de una hoguera se transforman en una hermosa mujer que danza al ritmo del crepitar del fuego y de los sonidos del bosque. Antes de levantarme, revivo durante unos minutos las sensaciones que convergen en mi corazón; percibo ecos lejanos que no comprendo aunque tengo un vago cosquilleo. Me levanto y voy directa a la ducha, necesito sentir el agua fría en mi cuerpo, estoy sudando, un calor abrasador quema mis entrañas.

Con ese sabor agridulce voy a trabajar. Hoy  tengo una reunión importante con mi principal cliente para debatir sus inversiones y conseguir pingües beneficios para ambos. Me apasiona el reto, la competencia, ganar.

Al finalizar el trabajo y de regreso a casa, mi cuerpo acusa un cansancio extenuante, algo infrecuente en mí. Necesito sumergirme en un baño caliente para relajar mi cuerpo y mente, pensaba. Después del baño y con mi mano aún mojada retiro el vaho para verme en el espejo; me golpean las palabras que pronuncié en la reunión: “machacar hasta conseguir el resultado”, inmediatamente, sentí como  mi estómago se estrujaba. No comprendo lo que me pasa. Veo mi reflejo y no me reconozco; esos ecos del sueño hacen vibrar algo en mi interior, surgen peguntas: ¿quién eres ahora?, ¿dónde están tus sueños y deseos?, ¿qué sentido tiene tu vida? Dos lágrimas amargas corren por mis mejillas mojadas. Algo en mi interior me hace sentir que me he extraviado y mi reflejo lo manifiesta. Duele profundamente ver mi realidad, ahora no son lágrimas que bañan mi cara son torrentes de dolor que ahogan mi corazón. Salgo y cierro la puerta de un golpe. Me preparo una copa de vino blanco, me tumbo en el sofá y escucho jazz para evitar oír la voz de mis diablillos que no paran de hacer ruido dentro de mi cabeza: “la vanidad es la causa de todos los extravíos de los sentidos”. Observo mi vida, sin juicios ni emociones. Recuerdos que distan una eternidad entre mi verdadero yo y mi actual caricatura comienzan a resurgir con una fuerza sobrenatural. Siento cansancio, sopor y cierro los ojos.

Los rayos del sol me despiertan, sigo en el sofá. Como una autómata me visto  y salgo de casa. Necesito tomar aire fresco. Subo al coche y conduzco sin dirección y para no seguir oyendo a mis diablillos, pongo el volumen de la  radio a tope; el coche como si tuviera vida propia se dirige a la carretera que lleva a las montañas,  a mi pequeña cabaña. Estoy como en trance, solo puedo seguir adelante. Al cabo de varias horas llego al pequeño pueblo de casas de piedras y calles empedradas, tiene tanto encanto que me hace sentir bien tan solo con verlo; siento calma, sensación que no sentía desde hacía mucho, mucho tiempo.

A la mañana siguiente después de la ducha,  vuelvo a limpiar el espejo de vaho y vuelvo a ver mi reflejo, no me gusta lo que veo; el cansancio es agotador y esas preguntas vuelven galopando como un elefante en su huida. Salgo de la cabaña y me dirijo hacia el lago cercano. ¡Cuánto tiempo hacía que no venía! No recordaba su  belleza. “Me vi cuando era niña y venía con mis padres de acampada, por la noche hacíamos una fogata; sus llamas de colores vivos me hipnotizaban y recordé de pronto a la señora de fuego que danzaba con las llamas, su largo pelo rojo, labios carmín, tez dorada y una gran sonrisa daba una belleza singular a su cara. Bailaba entre las llamas con soltura y elegancia”. Como una explosión volvió ese recuerdo de mi sueño y comprendí que no era un  sueño sino un recuerdo olvidado.

Al atardecer regresé. Sentí la serenidad que emana de la madre tierra cuando se prepara para descansar. La policromía del bosque y del atardecer me hizo sentir ese escalofrío de unión con la madre tierra que había olvidado. Me senté con gran respeto para no perturbar su reposo, pero de pronto la sinfonía de la noche empezó con el coro de las aguas cristalinas para dejar paso al ritmo de la brisa que hacía danzar las ramas que producían sonidos de maracas y el canto de las  aves nocturnas mientras las luciérnagas danzaban en honor a la luna. Poco a poco, los colores se transformaron en profundos abismos para magnificar el espectáculo del universo. Ante tal grandeza me sentí muy pequeña; con profundo respeto hice un círculo con piedras y encendí una hoguera, de repente las llaman se reavivaron y apareció la señora de pelo rojo, tez dorada cuya sonrisa iluminó el abismo del universo.

Estaba hipnotizada, las preguntas sin respuestas volvieron a danzar en mi mente: ¿Quién eres ahora? ¿Dónde están tus sueños y deseos? ¿Qué sentido tiene tu vida? Me quedé callada y en esa milésima de segundo donde el  tiempo y el espacio no existen, volví a mi infancia. “Me vi con mis padres un sábado de luna nueva, yo tenía siete años; hicimos una hoguera mientras en el cielo caían estrellas fugaces y otras brillaban como diamantes. Mientras cenábamos mi padre contaba historias, pero yo no escuchaba,  estaba hipnotizada por las llamas. Veía a la señora del fuego bailar, me levanté y me puse a danzar con ella al compás de la sinfonía del bosque; mis padres me miraban sin comprender lo que hacía, aunque sonreían.  Mientras bailaba supe que quería plasmar en lienzos la esencia del fuego en toda su expresión –letras de fuego que bailan en el cielo, amaneceres mágicos y atardeceres serenos;  llamas que dan luz a la vida cuando emergen del corazón del ser que lo siente y ascienden a través de una espiral de transformación para crear nuevos universos; seres de fuego que bailan al compás de los latidos de los seres vivos; fuego creador que como esencia divina crea la vida–, veía esos flashes aunque no los comprendía. También, me vino el recuerdo de  esa tarde de primavera  cuando era estudiante de arte y mis compañeros se burlaban de mi obsesión por el fuego, incluso mis padres no me comprendían y aunque no dijeran nada sus miradas lo decían. Mi baja estima y vulnerabilidad hicieron  que dejase atrás mi pasión para hacer lo que otros querían. Mis padres me educaron según su camino y no el mío, así fue como me olvidé de mí y nació mi caricatura”. Como un rayo en la oscura noche, comprendí y volví a mirar a la señora, vi su sonrisa de comprensión y empatía: “nunca es tarde para empezar si ese es aún tu deseo. Siempre hay que vivir según los dictados del corazón para encontrar el sentido de la vida, pues él sabe lo que tú ignoras; recuerda que el sonido de tus latidos es el sonido de la creación”, dijo.

Sentí una fuerza poderosa que impregnaba todas mis células, la fuerza de querer ser yo misma, de aprender a mirar para ver mi vida, a tener confianza y compromiso conmigo misma –el valor de lo que aprendemos radica en lo que queremos que sea nuestra vida–; tuve la certeza de que tenía que dejar de pelear para volver a ser guerrera en mi vida. Me levanté y bailé junto a la señora del fuego esa danza de las llamas de los corazones vivos; cerré los ojos y sentí como las llamas me envolvían, me había convertido en la mujer de fuego. “Hay que ser valientes pero no temerarios, dejar que muera lo que tiene que morir y que viva lo que tiene que vivir, una cosa es aprender para no repetir el pasado y otra renegar de tus raíces”, me dijo con su sempiterna sonrisa antes de desaparecer entre los colores rubí y magenta.

Cuando regresé a la cabaña, lo primero que hice fue mirarme en el espejo. Vi a una mujer bella, llena de fuerza y deseos que reía y bailaba al son de su corazón de fuego, donde las llamas son esencia de vida y amor.

Mi vida cambió para siempre pues dejé a un lado las apariencias y me centré en mi alma; plasmé en lienzos letras de fuego para que su chispa iluminara el universo y mantuviera con vida la esencia del fuego en el corazón de todo aquel cuya añoranza la sintiera en su piel.

(Foto docemasuna.com)

El camino de la libertad

El camino de la libertad

Un punto de inflexión es la forma natural que tiene la vida de marcar el antes y el después de una experiencia y nos lleva a la línea de salida para otra nueva vivencia, dándonos la oportunidad de dejar atrás al antiguo yo y renacer al nuevo yo.

Toda nuestra vida es un sendero por el que debemos recorrer paso a paso; la libertad es el derecho que tenemos para transitar conforme a nuestras elecciones las cuales siembran nuestro camino. Nuestra actitud optimista o pesimista nos pone en un camino u otro, llevando en nuestra memoria celular la huella que nos ha dejado  nuestra experiencia anterior a nivel físico y psíquico –cada emoción tiene una carga emotiva lo que provoca reacciones en el cuerpo biológico–; no podemos olvidar que la perseverancia y el esfuerzo son recompensados.

El camino de la libertad exige consciencia y responsabilidad. La libertad interior refleja nuestro mundo exterior del cual somos autor y actor.  Antes de sentir la magnificencia de la libertad hay que comprenderla; mientras vivimos en el mundo del ego damos vueltas y vueltas en nuestro laberinto de pensamientos intransigentes, dogmáticos, etiquetando erróneamente cualquier creencia o diferencia que no comprendemos por ser diferente a la nuestra; con la incomprensión nace el juicio que nos encadena a ese dolor que proviene de nuestra elección. Hay que aprender a desaprender los conceptos  impuestos, las medias verdades e ideas erróneas  que nos han inculcado desde pequeños y mucho antes; solo así podemos empezar a ver para aprender a observar nuestro cuerpo biológico y nuestra psique que nos mandan señales de que algo no va bien, ayudándonos a comprender lo que nos pasa para corregir nuestros errores en lugar de iniciar una lucha interna y externa que solo hiere a todos.

El deseo es uno de los carburantes más poderosos que poseemos los seres humanos. La libertad implica un cambio en nuestra vida y cuando estamos en la línea de salida estamos preparados para  trascender los velos que nos envuelven y ver lo que hay detrás de ellos, la Vida. Muchos anhelan dicho cambio, pero se sienten incapaces de hacerlo debido al miedo y prefieren seguir viviendo en su vulnerable protección, han olvidado que el antídoto al miedo es el coraje que existe dentro de ellos. Una vida sin entusiasmo es vivir en la indiferencia, en la monotonía del aburrimiento de nosotros mismos.

La vida de los seres humanos está definida por la polaridad, pero cuando unimos esas dos fuerzas opuestas encontramos el equilibrio que nos lleva a la unidad y no a la división, es decir, a vivir la vida con una mente abierta y no egocéntrica.  Vivir es estar en la polaridad, crear o destruir; la libertad nos permite elegir, sabiendo que todo tiene su efecto y causa.

El camino de la libertad es el camino de la sabiduría cuyos puntos de inflexión, a través de nuestra experiencia, nos hacen sentir que somos capaces de elevar nuestra consciencia para engendrar el embrión de trascendencia que nos lleva a una vida mejor. La libertad nos proporciona coraje y nos muestra el objetivo que deseamos alcanzar cuando luchamos por un mayor bienestar tanto individual como social. Todos tocamos en positivo o en negativo la creación de nuestro mundo y nos acerca a las diferencias de los demás. Hay que abandonar el rechazo de reconocer al otro el derecho de pensar diferente, de respirar a su ritmo, de amar cuando su corazón vibra.

El camino de la libertad es nuestro sendero de vida y se alimenta con nuestras decisiones, si son optimistas construiremos pueblos de soñadores –restituyendo la memoria de los valores perdidos en la humanidad–, donde la utopía triunfa sobre la distopía; si son pesimistas seguiremos en nuestro mundo conflictivo, creando guerras y caos que solo nos trae sufrimiento y dolor porque los valores de la humanidad siguen perdidos.

Todo depende de nuestra elección porque somos libres de elegir, así es  el ciclo natural de la vida.

(foto privada)

Los latidos de Julián

Los latidos de Julián

Subí las escaleras deseando que esta vez me gustara el apartamento y, sobre todo, los compañeros. “¡Necesito alquilar una habitación ya!, pensaba, las clases empiezan en tres días”. Había visitado muchos pisos, pero siempre había alguna sombra revoloteando que me hacía huir del lugar. Nervioso y esperanzado, toqué el timbre, abrió la puerta un chico con ojos sonrientes. Entré en el salón y en el sofá estaban sentados los otros dos compañeros. Y mientras hablábamos mis ojos buscaban alguna sombra, pero no vi nada. La corriente fluyó enseguida entre nosotros; me comentaron sus reglas y por la tarde me había trasladado.  El piso era espacioso y luminoso, una gran terraza, –perfecta para fiestas, pensé–,  daba a un parque con un pequeño lago; a lo lejos se divisaba  la cúpula de alguna iglesia.

Soy Julián y junto a Pablo éramos los estudiantes de arquitectura; Gonzalo, el de música y Alejandro, el de filosofía; todos con  sueños y proyectos. Reinaba un buen ambiente en el piso, a todos nos gustaba la fiesta y estudiar; éramos conscientes de que si queríamos llegar a alguna parte, los esfuerzos eran el transporte hacia la meta. Muchas tardes nos dedicábamos a parodiar nuestros proyectos, era muy divertido ver y oír los diferentes puntos de vista, incluso las ideas más descabelladas cobraban vida; nuestra convivencia era viva.

Pablo y yo soñábamos con montar una empresa de arquitectura, cuyo objetivo era ayudar a la naturaleza y a los países más desfavorecidos creando viviendas con materiales biodegradables que aportaran bienestar, luminosidad y seguridad. Nos encantaba diseñar casas de bambú y barro cocido que se perdieran entre el paisaje natural. Gonzalo hablaba de su sueño, ser compositor y director de orquesta; tenía un don para la música, componía una sinfonía con solo oír el canto de un pájaro. Alejandro disertaba sobre la necesidad de crear y no imitar; “leer y comprender a los antiguos filósofos nos ayuda a entender un poco mejor a nuestro mundo”, nos repetía.

Para celebrar el día de la música decidimos preparar una gran fiesta; vinieron muchos de nuestros amigos,  bailamos, cantamos, charlamos, jugamos a vídeo juegos… y nos dieron las campanadas de las seis de la mañana. Nos despedimos de nuestros amigos y nos acostamos, en particular yo me sentía muy contento, pero algo cansado. El domingo todos estábamos resacosos y nos  quedamos en casa, recogiendo la terraza.

Al anochecer seguía muy cansado, me fui a dormir más temprano. Unos días después volé hacia la bóveda de la diosa Nut. Mis compañeros estaban en shock. Yo los miraba desde las brumas celestes  y pude sentir su tristeza, en cambio yo me sentía alegre, libre y mi corazón seguía latiendo al compás de la poesía de la vida. Una tarde, mis padres vinieron a recoger mis cosas. Flotaba en el aire una tristeza profunda al haberse roto un lado de ese sólido cuadrado que éramos nosotros. Mi madre abrazó a cada uno de ellos y, antes de cerrar la puerta, dijo: “Julián era muy especial, sabía que tenía una enfermedad incurable, pero sus deseos de vivir eran más fuertes que su vulnerabilidad”. Mis amigos al saber el secreto de mi enfermedad se quedaron como estatuas sal.

Dejé escrito que todos mis órganos fueran  entregados a aquellos que los necesitaran. Mi corazón que latía con amor por la vida fue entregado a un niño soñador. Cuando salió de la operación su madre lo miró con ojos llenos de amor, esperanza y agradecimiento por seguir a su lado. Él le dijo que sentía los latidos de Julián. Su madre extrañada le preguntó: ¿Cómo sabes el nombre del donante?, a lo que el  niño contestó: durante la operación Julián me contó su historia, sus sueños y deseos.

“Cuando tenía cinco años me diagnosticaron un aneurisma cerebral, sabía que en cualquier momento mi vida podía pararse, pero en lugar de rendirme, una fuerza sobrenatural me envolvió y me ayudó a vivir y a amar con más ganas la vida. Mi sueño desde pequeño era construir viviendas para ayudar al planeta y a la humanidad. Mis padres conociendo mis deseos me llevaron a visitar algunos países africanos y me quedé enamorado de su gente. Ya con quince años había hecho un boceto de casas de bambú y barro cocido y mi gran sueño era realizarlo. Cuando empecé a estudiar arquitectura quise independizarme y  mis padres lo aceptaron con pena y alegría. Cuando me trasladé al piso, mis ganas de vivir aumentaron al conocer a mis amigos y durante un corto periodo de tiempo compartimos nuestras vidas entre alegrías y penas, secretos y sueños; nuestra amistad quedó sellada para siempre.

Somos autor y actor de nuestra vida, hay que construir los sueños con piedras sólidas para que la base nunca se derrumbe. El futuro siempre está presente y los sueños se realizan cuando crees, no lo olvides”.

Hoy mirando este hermoso atardecer y viendo el juego de la danza de las golondrinas, me vienen unas palabras: ”el tiempo de la vida es efímero, aprovéchalo para vivir y dejar tu huella”, me dijo Julián antes de desaparecer en la bruma celeste que lo envolvió y llenó de paz mi vida. Sé que somos lazos del universo que vamos y venimos por un corto espacio de tiempo para enseñar y aprender que el viento mezcla nuestros cantos con la fragancia de la vida, solo depende de nosotros el perfume que le demos para que la flor propague su fragancia por dónde caminamos. El gran desafío de la vida es vivir desde la consciencia y sentir los latidos del corazón que baten al compás de nuestra canción, sabiendo que la vida es poesía.

(foto de la web)

El desafío del renacer

El desafío del renacer

“Philoteus Jordanus Brunus Nolanus, (…) profesor de la sabiduría más pura e inocente, conocido en las mejores academias de Europa, filósofo (…), despertador de los espíritus dormidos, adiestrador de la ignorancia presuntuosa y contumaz, que profesa un amor general a la humanidad en todas sus acciones (…). (“Giordano Bruno. Filósofo y hereje”. Ingrid D. Rowland). En esta carta Giordano Bruno describe su profundo sentir y da voz a muchas almas que anhelaban un cambio tanto en la estructura social como religiosa del momento. Su propia experiencia de la vida le llevó a tomar consciencia de que somos algo más que carne y hueso; somos energía-conciencia que desea volver a la unidad de la esencia de la que procedemos.

Tras las mentiras se esconde la verdad. En los siglos XV y XVI hubo un renacer del saber acompañado de Conocimiento. Ese proceso de búsqueda del saber fue lo que impulsó a recuperar textos, mitos, símbolos milenarios para sacarlos de nuevo a la luz. El renacimiento surgió en medio de un eclipse donde las sombras cubrieron a la luz, pero su resplandor era tan fuerte que fue visto y sentido por seres humanos que tomaron consciencia de que los sentimientos de amor proceden de esa verdad escondida por lo que decidieron ser ellos mismos luminarias al servicio de la humanidad, con el fin de que las sombras de la ignorancia y del fanatismo fueran absorbidas por ese resplandor y así recuperar el olvido que tanto sufrimiento produce. Estos hombres y mujeres lucharon hasta su último aliento para proteger el fuego de la antorcha de la sabiduría.

El renacimiento no sólo pertenece a una época; ha habido muchos renacimientos desde tiempos inmemoriales; hay un renacer continuo en la vida para ayudar a regenerar al planeta y a la humanidad tal y como establecen las leyes de la naturaleza y del universo. Esos seres humanos universales hablaban el lenguaje del universo, sabían que la esencia del alma vive en cada hombre, cuyo centro es un diamante bruto que está protegido en la cripta de nuestro corazón. Ese diamante refleja, a través de su resplandor, nuestra vida interior en el exterior manifestando nuestras ideas, acciones y sentimientos.  Se restableció la importancia de la relación del ser humano con la naturaleza. El hombre universal sabía que: “el gran desafío del renacer es llegar a la Unidad desde la consciencia en la materia. Como dijo Hermes Trismegisto “Dios es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes  y cuya circunferencia en ninguna”.  Al mismo tiempo que se producía una elevación de conciencia, su opuesto aparecía creando caos, fanatismo e ignorancia.

El conocimiento, la relación de los opuestos, la geometría sagrada, la proporción divina siguen latiendo con fuerza en nuestros días; el resplandor del sol renace cada día dejándonos oír la música de las esferas sí sabemos escuchar el silencio. Todos los grandes seres humanos son esencia de estrellas que habitan en la bóveda celeste, protegidos por la diosa Nut y nos embriagan el alma con su dulce néctar de sabiduría, “conócete y ámate a ti mismo para que el universo te ayude, pero antes debes ayudarte a ti mismo a comprender cuál es la relación entre tú yo y el cosmos, donde todo es”.

En nuestro siglo XXI seguimos luchando por ese renacer -Unidad, Libertad, Plenitud-. Educar para sacar de la ignorancia al ser humano, mirar el pasado y sanarlo para crear el futuro son retos que la humanidad tiene como objetivo. Para experimentar la vida tenemos que coger el cayado y echarnos a caminar que no a andar; habrán caminos estrechos y afilados  vigilados por las sombras  del caos e ignorancia, pero la antorcha de la sabiduría sigue encendida y su resplandor llega a todas partes para iluminar el camino que conduce al conocimiento que se encuentra donde habita la esencia de las estrellas: la bóveda celeste, las piedras, los lienzos, los pergaminos, los bosques y nos sigue enviando su mensaje: “aprende a reflexionar por ti mismo, hay que ser creadores y no imitadores”; como decía Pitágoras: “Sé tú mismo y sé el universo”.

Rubén Darío, escribió el maravilloso poema “Ama tu ritmo”  que describe la esencia del universo.

Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos,
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina
del pájaro, del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;

mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

–oo0oo—

El hombre es cuadrado y tierra.

El hombre es círculo y universo.

(Pixabay. Dibujo de Leonardo da Vinci. Vitruvio)

El sabio olvidado

El sabio olvidado

Este artículo es un reconocimiento a todos los sabios, incluidos nosotros mismos, cuya valía y amor han sido anulados y relegados al olvido, en especial a Yosef el carpintero –padre de Yeshúa bar Yosef, más conocido como Jesús de Nazaret–. Yosef, además de carpintero de profesión, era gran Maestro esenio, sanador del cuerpo y del alma, cuya misión fue preparar y acompañar a Yeshúa, física, emocional, mental y espiritualmente para que pudiera llevar a buen término la gran Obra de amor a la Humanidad.

Como padre Yosef amó a Yoshúa incondicionalmente, como Maestro lo respetó y guio; siempre estuvo a su lado para ayudarle a superar y a transformar las sombras de su corazón, como cualquier ser humano tiene en su interior. Durante dos mil años, Yosef fue relegado al olvido y   las enseñanzas de Yeshúa fueron pisoteadas y olvidadas por brutales choques de fanatismo, ignorancia, codicia… enterrándolas en un pozo profundo, pero su semilla germinó creciendo a través de la oscuridad y emergiendo después de un largo camino como un loto blanco en señal de fuerza y belleza.

Aparte de Yosef, Yeshúa tuvo otros muchos maestros –esenios, druidas, hindúes, persas, egipcios, chamanes…– su formación fue un compendio de diversas filosofías y saberes a través del planeta, pues la esencia del amor es universal y cada filosofía basada en el amor contiene la esencia divina. Durante su intensa formación, tanto sus Maestros como Yeshúa dejaron claro que la fe es una experiencia propia que hay que vivirla y no una creencia a ciegas; también hicieron hincapié en no crear dogmas, religiones ni construir espacios cerrados donde fuera el único lugar aceptable para hablar con el Eterno; todo en el planeta es espíritu transformado en diferentes manifestaciones y todo ha sido creado por el Creador, por lo tanto, cualquier lugar es perfecto para el contacto directo de corazón a corazón sin necesidad de intermediarios; esta enseñanza también fue ocultada  y tergiversada por religiosos fanáticos y hombres de poder.  Ningún fanatismo escribe bellas baladas.

A través de la Historia muchos sabios como Akenatón, Hipatia, Pitágoras, Sócrates, Avicena, Isaac Luria… y otros miles más, lucharon para integrar, en la vida cotidiana de las personas, la máxima: “ámate y conócete a ti mismo para poder conocer el universo de tu alma que todo contiene y todo puede realizar”. A pesar de los milenios transcurridos seguimos viviendo en la sombra del sol –en las apariencias engañosas del exterior, en imponer nuestros criterios, en poseer en lugar de ser creando necesidades innecesarias, nos escudamos en nuestras máscaras para hacernos creer que somos otras personas, lo que trae sufrimiento, resentimiento y frustración, impidiéndonos  bucear en nuestro interior porque tenemos miedo de ver en qué nos hemos convertido–. El camino hacia dentro genera luz en el corazón; cuanta más sombra se diluya en la luz, más luz sembraremos en los áridos campos del olvido. Toda vivencia es necesaria, tanto exterior como interior, para transformar y recordar que el objetivo del camino siempre es amarse y conocerse a uno mismo.

Al igual que Yeshúa estuvo rodeado de maestros que le enseñaron a transformar sus bajos instintos como ser humano para llegar a ser un ser espiritual, nosotros también tenemos maestros que nos enseñan en nuestra vida cotidiana para aprender de nuestras experiencias y descubrir nuestros más bajos instintos, solo así podemos aceptarlos y transformarlos;  como seres humanos somos seres de luz y sombra, ambas necesarias para esculpir nuestro nuevo yo. También existen seres invisibles que nos envían sus mensajes a través de intuiciones, sentimientos, susurros  para  que la antorcha del recuerdo vivido vuelva a iluminar el tesoro de nuestra alma. A medida que aprendemos a elevar nuestra conciencia, podemos observar maravillados la trama de los acontecimientos de nuestra vida; todo está entrelazado por hilos de energía dorada que abren la puerta del alma invitándonos a ver la flor del corazón cuya semilla se alimenta de luz; en cambio cuando ignoramos esos mensajes nuestra vida se vuelve árida por haber perdido los nutrientes de la esencia del amor.

El hombre que no se reconoce como su propio creador es porque tiene atada a su conciencia las bridas de la ignorancia y del temor, al dejarse arrastrar por los ríos de las leyes impuestas de la sociedad, contrarias al universo. Sócrates hablaba de la bondad, de la belleza, de la sabiduría, del respeto, del valor, todo necesario para amarse y conocerse y así vivir la vida que se merece. Decía: “la vida sin discernimiento, no merece la pena ser vivida”. Los valientes bucean en el océano de la vida; los débiles se dejan arrastrar por mareas de ríos que fluyen en dirección contraria y viven a través de la máscara del olvido.

Las enseñanzas de los sabios siguen brillando hoy en día; nos recuerdan que somos un ser espiritual con luz propia encarnado en ser humano al que debemos respetar y honrar; depende de cada uno de nosotros que encendamos o apaguemos la antorcha del recuerdo vivido, esencia del alma, principio que todo es, fue y será.

(foto privada)