Somos habitantes de dos mundos

Somos habitantes de dos mundos

La rueda de la vida, en su eterno movimiento, no se para ni espera a nadie. Todos los seres humanos, en algún momento, a lo largo de nuestra vida hemos tocado la cima y el fondo de nuestras emociones. Como decía Séneca: “Para ser feliz hay que vivir en guerra con las propias pasiones y en paz con los demás”.

La vida es un viaje entre el nacimiento y la muerte del cuerpo en este mundo manifestado, sin embargo, existe otro mundo dentro de nosotros que es mucho más sutil,  grandioso, eterno, el mundo del alma, que hemos olvidado; este olvido nos causa emociones sombrías de ira, resentimiento y dolor al vivir, solamente, a través de los sentidos y de la razón.

Los seres que han buceado en sus profundidades saben que esos dos mundos, el alma y el cuerpo, están entrelazados tan íntimamente que son indisociables. En el mundo material del cuerpo existe la luz y la oscuridad, ambas necesarias para experimentar la vida. En el mundo del alma existe el amor, esencia creadora de nuestra vida, y siempre nos susurra que volvamos a la armonía y al equilibrio para evitarnos más sufrimiento, pero como la hemos olvidado no la escuchamos. Las personas que oyen y sienten ese susurro saben que la sabiduría y la humildad evitan que entren en campos de batalla.

El objetivo de cualquier ser humano en este mundo es aprender a vivir consigo mismo dentro de esa energía de paz y libertad que es el alma, ¡qué gran desafío! Es en el mundo del alma donde se puede transformar la agresividad en ternura y el orgullo en humildad. Todo ser humano tiene su propio camino y derecho, todo tiene su razón de ser, su sentido y su propio ritmo. Séneca nos recuerda: “el hombre más poderoso es el que es dueño de sí mismo”.

Los habitantes que son conscientes de los dos mundos empiezan a sentir la vibración de su alma desde muy jóvenes; la soledad y el silencio son sus mejores compañeros en el camino del autoconocimiento, asimismo, desarrollan la observación (herramienta imprescindible), para que el discernimiento florezca en el plano material y espiritual. A medida que van creciendo buscan lugares apacibles, sobre todo, en la naturaleza, manifestación de belleza y armonía, donde perciben que cada átomo de la materia contiene al macrocosmos; también son conscientes de que los secretos del universo están guardados en el corazón, sede del alma, al que lanzan miles de preguntas para recibir respuestas en la calma de un momento, poniéndolos sobre las pistas necesarias para descubrir verdades universales y compartirlas con todo aquel que desee conocer su verdad.

Los seres humanos vivimos en nuestro propio contexto –familiar, laboral, social– y nos identificamos con nuestros pensamientos, sentimientos, roles en la vida que no son nuestra verdadera identidad; por ello nos colocamos una máscara para creer que somos otra persona, como consecuencia de ese disfraz tenemos profundas huellas de tristeza, dolor, apatía, frustración que cargamos a la espalda. Sin embargo, cuando vivimos identificados con nuestra alma, cuando somos conscientes de ser habitantes de dos mundos, nuestra existencia se aligera al centrarnos en buscar soluciones en lugar de crear problemas porque comprendemos los entresijos de las situaciones. El objetivo de la vida es volverse soberano de uno mismo, cambiando la máscara por la verdadera consciencia de nuestra identidad. Cómo decía Epicteto: “las cosas no pueden ser malas, solo pueden ser la forma en que tú piensas”.

Cada país, región, municipio, barrio por muy recóndito que esté tiene una historia única e irremplazable que contar –historia de nacimiento y muerte, de corazones vivos y muertos, de llantos dulces y amargos, de sueños realizados y olvidados–, todo forma parte de ese gran proceso que es la vida de cada persona. Mientras haya vida la rueda gira, no se para bajo ninguna circunstancia y si nos paramos pensando que el mañana será mejor que hoy, perderemos la vida porque no podemos recuperar el tiempo perdido, no olvidemos que la rueda de la vida tiene su propio ritmo y su propia ley.

Cuando nos adentramos en el mundo del alma vemos su resplandor y sentimos su vibración de amor, lo que nos proporciona libertad para ser y existir en el mundo de nuestra existencia.  Nuestra vida interior es nuestro reflejo exterior.

(foto privada “La Naturaleza Sagrada del Ser Humano”)

La vida no es un campo de batalla

La vida no es un campo de batalla

El espíritu del cosmos vive en cada átomo de la naturaleza, de los elementos y seres que habitan en el planeta, animados e inanimados, por lo tanto conoce el secreto de sus naturalezas profundas, sintiendo sus vibraciones de caos y orden, de alegría y tristeza.

Desde el comienzo de la historia de la humanidad, la vida siempre ha sido un combate sin tregua en todos los rincones del planeta; sin embargo, la vida en la tierra no se creó para ser un campo de batalla entre seres humanos. Todas esas guerras sin piedad han tenido y tienen un denominador común: poder; todos sabemos que para que unos ganen otros deben perder.  Han pasado muchos milenios y, en la actualidad, solo  se ha cambiado la forma de hacer la guerra, como consecuencia de tanta destrucción la humanidad se siente como una marioneta y vive sumida en el miedo en algunos lugares de la tierra al no ser dueña de su propia vida, teniendo que huir o morir si no acata las directrices impuestas por esos dioses del averno que se creen todopoderosos, estos  han olvidado que solo son tristes figuras de barro y que cuando caen se rompen en mil pedazos.

Siempre hay que observar y escuchar a los demás para saber cuáles son sus necesidades, a los líderes les corresponde la responsabilidad de ser honestos dirigentes para conocer las demandas de los ciudadanos y luchar por el bien común  –como decía: Marco Aurelio, Emperador de Roma: “no gastes más tiempo argumentando acerca de lo que debe ser un buen hombre. Sé uno”–. Nuestra  existencia en el planeta tiene como objetivo vivir con respeto y dignidad, no hay otra meta; sobrevivir con miedo anula la libertad de ser quienes somos, de expresarnos y de crear nuestra propia historia.

Si echamos una mirada hacia atrás veremos que la historia de la humanidad está hecha de llantos. A lo largo de milenios la mayoría de los países han sido sometidos por conquistadores sembrando dolor y caos, destruyendo la identidad de pueblos enteros. Ha llegado el momento de comprender que la vida no es un campo de batalla en ningún aspecto –colectivo y personal–, todos tenemos el mismo derecho a elegir nuestra historia y a vivir con dignidad y respeto. No olvidemos que todos los países del mundo han sido conquistadores y conquistados y todos han perdido. La humanidad debe ser liberada con la no violencia para que los derechos de los seres humanos prevalezcan en justicia y libertad por encima de los deseos ambiciosos de algunos individuos.

El clarín de la paz ha sonado de nuevo, su resonancia se oye en los más recónditos lugares de la tierra y su vibración toca a todas las almas dispuestas a vivir en la paz, la alegría y prosperidad; la vida necesita esperanza para poder realizar sueños, hay muchos caminos y un solo objetivo, vivir. El espíritu del cosmos conoce nuestra naturaleza profunda y sabe que solo la paz nos puede indicar el camino que necesitamos para que seamos mejores personas, y, para ello, debemos aprender  y respetar la gran riqueza de todos los pueblos que habitan en el planeta –tradiciones, creencias, culturas–, lo que evitará caer de nuevo en  la temeridad de la injusticia que es la base de la violencia.

La paz no es ausencia de conflicto,  la paz es altruismo, antorcha que nos ayuda a iluminar la sombra y trae consigo unidad, entusiasmo y ganas de vivir. La paz es la fortaleza donde el egoísmo, debilidad y tibieza tienen prohibida su entrada porque esas conductas avivan el fuego del ego enfermo y desmesurado de la injusticia. La lucha por la paz es una lucha sin armas bélicas,  solo las armas de la conciencia, del amor, de la libertad, del sentido común pueden ser utilizadas para restablecer el equilibrio del ser humano.

Las huestes de la paz se han puesto en marcha al oír la trompeta de la voz incitante del destino “es la hora del cambio”. Como dijo Lavoissier: “Nada se crea, todo se transforma”, y nos corresponde a cada uno de nosotros transformar nuestro campo de batalla en un oasis fértil para que todos podamos vivir con alegría, libertad y prosperidad.

(Foto de la web)

El reino del silencio

El reino del silencio

Todo lo que existe en el universo, incluyendo el planeta y los seres que en él habitan, es una unidad viva con su propia vibración, su propio sonido, incluso el silencio. El silencio no es ausencia de sonido, no es mutismo, el silencio es el lenguaje de la comprensión en todas sus dimensiones.

El  cosmos es un ente vivo y posee su propio latido, siempre está en constante movimiento emitiendo vibraciones, lo mismo sucede en los seres humanos y en la naturaleza: nuestro cuerpo biológico vive al compás de los latidos del corazón; nuestra mente es un torrente de pensamientos; nuestro cuerpo emocional es un torbellino de sentimientos, y, el corazón de la naturaleza resuena y late al compás del latido del universo.

Cuando emprendemos el camino del silencio ya no podemos volver atrás, nuestra vida cambia porque nosotros cambiamos, de ahí la importancia vital  del silencio en nuestras vidas. Detrás del corazón humano existe un espacio llamado “corazón espiritual” donde se desarrolla la comprensión y realización de otra realidad más sutil y sublime. Empezamos a vislumbrar lo que existe detrás del velo de las apariencias y descubrimos que la humanidad entera comparte los mismos miedos y necesidades, así va naciendo, paso a paso, en nuestro interior la comprensión de la vida. Hay dos clases de silencio: el silencio de la palabra y el silencio del corazón espiritual. En el silencio de la palabra o silencio de los prudentes aprendemos a callarnos para no herir –no juzgamos ni criticamos, su finalidad es evitar conflictos–; también, aprendemos a no hablar si no tenemos nada que decir y a dejar que los demás encuentren su propio camino, su finalidad, el respeto, no olvidemos que la palabra vuela y, desde tiempos inmemoriales, ha transmitido la sabiduría y los secretos del universo y de la humanidad. En el silencio del corazón espiritual o silencio de los sabios empezamos a caminar por el sendero del reino de la paz, de la empatía, de la compasión al comprender y aceptar que cada persona tiene su propio ritmo y destino; su voz fluye como agua mansa y cristalina que recorre nuestro cuerpo  y va sembrando notas de alegría y armonía.

La fuerza del silencio nos remueve el interior para que vayamos en busca de nuestra verdad y para que no aceptemos que nadie nos “imponga” sus verdades, creencias, ideas; cada ser humano es libre para elegir su sendero, su vida, su verdad. El silencio también nos muestra el camino  del respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás por lo que aceptamos, sin juicios, las diferencias de los otros. De ahí la importancia del silencio tanto de la  palabra, pues la razón tiene sus límites, como la del silencio del corazón que a través de la comprensión nos enseña a rasgar los velos de la ignorancia.

Mediante un proceso de sinceridad con nosotros observamos que a través de nuestra vivencia hemos construido con nuestras acciones puentes de luz y murallas de sombras. Ese proceso de observación nos lleva al autoconocimiento –deseo inquebrantable de conocer nuestra verdadera imagen–. La verdad es un don que yace en todos los seres humanos que buscan conocerse. Muchos seres tratan de justificarse y justificar los errores sin atreverse a mirar en su corazón pues sienten vergüenza de su mediocridad. La vida es un aprendizaje individual y nadie –ni sabios ni maestros– nos lo pueden enseñar, solo nuestro otro “Yo” que reside en el corazón espiritual haciéndonos comprender las razones de nuestras acciones y dejando que nosotros elijamos nuestro camino. En cambio nuestro “ego” que conoce todos los artificios para engañarnos, nos hará vivir detrás de unas murallas haciéndonos creer que somos libres.

El reino del silencio contiene las cualidades del alma: humildad, belleza, serenidad, equilibrio, alegría, amor y nos llevan hacia la felicidad expresándolo con palabras que no solo comunican sino que reflejan lo que sentimos y, también, por medio de nuestras acciones serenas. La palabra es un don que solo los seres humanos poseemos para ofrecer a los demás una mayor comprensión de nuestros pensamientos, emociones y sentimientos. La palabra está hecha para hacer el bien, no para la confrontación que se crea cuando el ego se inmiscuye en nuestros pensamientos y acciones haciendo lo que él desea, muchas veces mediante el desprecio, la humillación, el dolor, destruyendo todo a su alrededor.

El silencio nos  enseña que la consciencia es una fuerza muy poderosa, una fuerza viva que es y hay que dejarla ser  y, a través de su vector, la palabra expresamos nuestro mundo interior que se refleja en nuestro mundo exterior.

El silencio nos permite oír el lenguaje del alma para evitar el ruido que es el lenguaje del conflicto.

(Foto privada)

El Cristo olvidado

El Cristo olvidado

“El hombre dice: “esto es bueno, aquello es malo, pero ignora todo el sentido del par”.  Sabiduría Maasaï.

Siempre ha habido grandes eventos en la historia de la vida que nos han enseñado a corregir la imperfección del mundo a través  de nuestras acciones individuales y colectivas.

El ritmo de la vida se mueve en un continuo vaivén sereno y equilibrado, en cambio los seres humanos nos movemos en un continuo desequilibrio debido, entre otras cosas,  a la aceleración con que vivimos la vida –no tenemos tiempo de detenernos un instante para plantearnos preguntas y menos aún para oír las respuestas que, seguramente, nos llevarán a algún lugar desconocido.  No vemos a nuestro vecino. No sentimos el coraje de la flor cuando emerge después de un duro invierno. Ignoramos que  la nieve esconde tesoros bajo su capa blanca y da de beber a todo aquel que lo necesita, además de preparar el terreno para que en primavera todo emerja con fuerza y belleza. No viajamos a través de la ventana de nuestra creatividad, pues hemos olvidado el puente de cristal que nos lleva hacia nuevos universos–. Al vivir tan acelerados nos encadenamos a nuestro mundo material, frágil y efímero mediante eslabones de nubes oscuras que nos impiden ver el cielo azul y ser seres verdaderos en permanencia porque seguimos siendo niños asustados tocados por nuestros miedos. Sin embargo, cuando nos movemos al compás del vaivén sereno y equilibrado de la vida vemos lo bella que esta es –su complejidad y multiplicidad son hilos de colores luminosos y cristalinos de una misma madeja, la humanidad, y para seguir tejiendo lazos hermosos y complejos debemos comprometernos con nosotros mismos y saber cuál es el sentido de la vida–.

Cuando somos seres humanos en permanencia nos damos cuenta del sentido de la unidad y somos capaces de comprender que el “otro” es una prolongación de nosotros mismos, al ser todos parte de un Todo, como dice la enseñanza del Cristo olvidado; aunque muchas personas sigan intentando fragmentar dicha unidad para dividir y controlar mejor, lo que lleva al enfrentamiento de las leyes terrestres binarias: “bien y mal”.

La energía de Cristo es la presencia invisible del átomo universal que todo crea y está en todas partes –en la risa, en la tristeza, en el vagabundo, en el príncipe–, esa presencia invisible nos hace sentir que somos algo más que un cuerpo material y nos permite cambiar la  desdicha de nuestra vida en dicha, siempre y cuando aceptemos en nuestro corazón de cristal la esencia del alma y no sigamos rechazando lo que somos como ser humano. También, es el nexo entre lo visible e invisible que extiende sus rayos en la profundidad vulnerable de la miseria humana para que podamos tomar consciencia de nuestros sentimientos y actos y, así, volver al corazón de cristal, unidad de la esencia del Ser Humano verdadero.

Durante eones hemos construido edificios a base de creencias absurdas –pecados, culpabilidades, mentiras, oscurantismos y miedos–, sin embargo, muchos sabios a través de los grandes eventos de la vida, han dejado su huella de conocimiento y sabiduría en libros de piedra para que las generaciones venideras pudieran tener una vida mejor, insistiendo en que hay que “ser éticos y morales, buscar el bien común para todos; usar el discernimiento, ser disciplinados, respetuosos, transigentes, generosos y aceptar quiénes somos”, lo que nos procura sabiduría, coraje y lucidez para encontrar la puerta de salida  del laberinto de los deseos, pasiones, soberbia, avaricia, vanidad, complejos y sufrimiento.  Es hora de ir dejando a un lado los dogmas impuestos de castigo y culpa para entrar en la vibración del amor, lucidez, sentido común y alegría a través del  autoconocimiento, conciencia, responsabilidad ética y moral.

La reconciliación entre los seres humanos es necesaria y vital,  no existe mayor atrocidad que el fratricidio. La ley universal de la no violencia debe aplicarse para que las masas se puedan liberar y vuelvan a recordar que la energía de Cristo es la energía de la Unidad. Esa unidad produce una vibración que nos hace saber que somos creadores de nuestra vida a través de nuestros pensamientos, palabras y acciones. Cada uno es su propio jefe interior y nadie ni nada puede quitarnos esa libertad de elección.

Para recuperar al Cristo olvidado debemos recuperar la alegría y la verdad que son el origen de toda creación y nos ayudan a cambiar las circunstancias, restableciendo el equilibrio. Recordemos que la felicidad es ser feliz uno mismo y ofrecer esa felicidad al otro, así cumpliremos el objetivo de nuestra vida que es vivir en paz con uno mismo.

(Foto national Geographic de la web)

El camino de la libertad

El camino de la libertad

Un punto de inflexión es la forma natural que tiene la vida de marcar el antes y el después de una experiencia y nos lleva a la línea de salida para otra nueva vivencia, dándonos la oportunidad de dejar atrás al antiguo yo y renacer al nuevo yo.

Toda nuestra vida es un sendero por el que debemos recorrer paso a paso; la libertad es el derecho que tenemos para transitar conforme a nuestras elecciones las cuales siembran nuestro camino. Nuestra actitud optimista o pesimista nos pone en un camino u otro, llevando en nuestra memoria celular la huella que nos ha dejado  nuestra experiencia anterior a nivel físico y psíquico –cada emoción tiene una carga emotiva lo que provoca reacciones en el cuerpo biológico–; no podemos olvidar que la perseverancia y el esfuerzo son recompensados.

El camino de la libertad exige consciencia y responsabilidad. La libertad interior refleja nuestro mundo exterior del cual somos autor y actor.  Antes de sentir la magnificencia de la libertad hay que comprenderla; mientras vivimos en el mundo del ego damos vueltas y vueltas en nuestro laberinto de pensamientos intransigentes, dogmáticos, etiquetando erróneamente cualquier creencia o diferencia que no comprendemos por ser diferente a la nuestra; con la incomprensión nace el juicio que nos encadena a ese dolor que proviene de nuestra elección. Hay que aprender a desaprender los conceptos  impuestos, las medias verdades e ideas erróneas  que nos han inculcado desde pequeños y mucho antes; solo así podemos empezar a ver para aprender a observar nuestro cuerpo biológico y nuestra psique que nos mandan señales de que algo no va bien, ayudándonos a comprender lo que nos pasa para corregir nuestros errores en lugar de iniciar una lucha interna y externa que solo hiere a todos.

El deseo es uno de los carburantes más poderosos que poseemos los seres humanos. La libertad implica un cambio en nuestra vida y cuando estamos en la línea de salida estamos preparados para  trascender los velos que nos envuelven y ver lo que hay detrás de ellos, la Vida. Muchos anhelan dicho cambio, pero se sienten incapaces de hacerlo debido al miedo y prefieren seguir viviendo en su vulnerable protección, han olvidado que el antídoto al miedo es el coraje que existe dentro de ellos. Una vida sin entusiasmo es vivir en la indiferencia, en la monotonía del aburrimiento de nosotros mismos.

La vida de los seres humanos está definida por la polaridad, pero cuando unimos esas dos fuerzas opuestas encontramos el equilibrio que nos lleva a la unidad y no a la división, es decir, a vivir la vida con una mente abierta y no egocéntrica.  Vivir es estar en la polaridad, crear o destruir; la libertad nos permite elegir, sabiendo que todo tiene su efecto y causa.

El camino de la libertad es el camino de la sabiduría cuyos puntos de inflexión, a través de nuestra experiencia, nos hacen sentir que somos capaces de elevar nuestra consciencia para engendrar el embrión de trascendencia que nos lleva a una vida mejor. La libertad nos proporciona coraje y nos muestra el objetivo que deseamos alcanzar cuando luchamos por un mayor bienestar tanto individual como social. Todos tocamos en positivo o en negativo la creación de nuestro mundo y nos acerca a las diferencias de los demás. Hay que abandonar el rechazo de reconocer al otro el derecho de pensar diferente, de respirar a su ritmo, de amar cuando su corazón vibra.

El camino de la libertad es nuestro sendero de vida y se alimenta con nuestras decisiones, si son optimistas construiremos pueblos de soñadores –restituyendo la memoria de los valores perdidos en la humanidad–, donde la utopía triunfa sobre la distopía; si son pesimistas seguiremos en nuestro mundo conflictivo, creando guerras y caos que solo nos trae sufrimiento y dolor porque los valores de la humanidad siguen perdidos.

Todo depende de nuestra elección porque somos libres de elegir, así es  el ciclo natural de la vida.

(foto privada)

El desafío del renacer

El desafío del renacer

“Philoteus Jordanus Brunus Nolanus, (…) profesor de la sabiduría más pura e inocente, conocido en las mejores academias de Europa, filósofo (…), despertador de los espíritus dormidos, adiestrador de la ignorancia presuntuosa y contumaz, que profesa un amor general a la humanidad en todas sus acciones (…). (“Giordano Bruno. Filósofo y hereje”. Ingrid D. Rowland). En esta carta Giordano Bruno describe su profundo sentir y da voz a muchas almas que anhelaban un cambio tanto en la estructura social como religiosa del momento. Su propia experiencia de la vida le llevó a tomar consciencia de que somos algo más que carne y hueso; somos energía-conciencia que desea volver a la unidad de la esencia de la que procedemos.

Tras las mentiras se esconde la verdad. En los siglos XV y XVI hubo un renacer del saber acompañado de Conocimiento. Ese proceso de búsqueda del saber fue lo que impulsó a recuperar textos, mitos, símbolos milenarios para sacarlos de nuevo a la luz. El renacimiento surgió en medio de un eclipse donde las sombras cubrieron a la luz, pero su resplandor era tan fuerte que fue visto y sentido por seres humanos que tomaron consciencia de que los sentimientos de amor proceden de esa verdad escondida por lo que decidieron ser ellos mismos luminarias al servicio de la humanidad, con el fin de que las sombras de la ignorancia y del fanatismo fueran absorbidas por ese resplandor y así recuperar el olvido que tanto sufrimiento produce. Estos hombres y mujeres lucharon hasta su último aliento para proteger el fuego de la antorcha de la sabiduría.

El renacimiento no sólo pertenece a una época; ha habido muchos renacimientos desde tiempos inmemoriales; hay un renacer continuo en la vida para ayudar a regenerar al planeta y a la humanidad tal y como establecen las leyes de la naturaleza y del universo. Esos seres humanos universales hablaban el lenguaje del universo, sabían que la esencia del alma vive en cada hombre, cuyo centro es un diamante bruto que está protegido en la cripta de nuestro corazón. Ese diamante refleja, a través de su resplandor, nuestra vida interior en el exterior manifestando nuestras ideas, acciones y sentimientos.  Se restableció la importancia de la relación del ser humano con la naturaleza. El hombre universal sabía que: “el gran desafío del renacer es llegar a la Unidad desde la consciencia en la materia. Como dijo Hermes Trismegisto “Dios es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes  y cuya circunferencia en ninguna”.  Al mismo tiempo que se producía una elevación de conciencia, su opuesto aparecía creando caos, fanatismo e ignorancia.

El conocimiento, la relación de los opuestos, la geometría sagrada, la proporción divina siguen latiendo con fuerza en nuestros días; el resplandor del sol renace cada día dejándonos oír la música de las esferas sí sabemos escuchar el silencio. Todos los grandes seres humanos son esencia de estrellas que habitan en la bóveda celeste, protegidos por la diosa Nut y nos embriagan el alma con su dulce néctar de sabiduría, “conócete y ámate a ti mismo para que el universo te ayude, pero antes debes ayudarte a ti mismo a comprender cuál es la relación entre tú yo y el cosmos, donde todo es”.

En nuestro siglo XXI seguimos luchando por ese renacer -Unidad, Libertad, Plenitud-. Educar para sacar de la ignorancia al ser humano, mirar el pasado y sanarlo para crear el futuro son retos que la humanidad tiene como objetivo. Para experimentar la vida tenemos que coger el cayado y echarnos a caminar que no a andar; habrán caminos estrechos y afilados  vigilados por las sombras  del caos e ignorancia, pero la antorcha de la sabiduría sigue encendida y su resplandor llega a todas partes para iluminar el camino que conduce al conocimiento que se encuentra donde habita la esencia de las estrellas: la bóveda celeste, las piedras, los lienzos, los pergaminos, los bosques y nos sigue enviando su mensaje: “aprende a reflexionar por ti mismo, hay que ser creadores y no imitadores”; como decía Pitágoras: “Sé tú mismo y sé el universo”.

Rubén Darío, escribió el maravilloso poema “Ama tu ritmo”  que describe la esencia del universo.

Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos,
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina
del pájaro, del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;

mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.

–oo0oo—

El hombre es cuadrado y tierra.

El hombre es círculo y universo.

(Pixabay. Dibujo de Leonardo da Vinci. Vitruvio)