Uno de los deseos de la gran mayoría de los seres humanos es que la Humanidad entera sea liberada de prejuicios, ideas preconcebidas, tabúes, imposiciones, violencia, injusticia, intolerancia…

Lo más complejo de la Vida es el ser humano; todos llevamos en nuestro interior la dualidad que nos hace dudar y nos pone delante de la elección bien/mal, amor/odio, paz/violencia. La dualidad, en la memoria de los tiempos, se pasea por antiguas y anchas avenidas del bien y del mal, unas fértiles con árboles y hojas danzando al aire y otras estériles con sombrías y frías sombras de árboles muertos. Todo depende de en qué bando queremos estar.

En el desierto de nuestras dudas y miedos caminamos por la frontera entre el Bien y el Mal. El Bien es indispensable a la vida porque es la esencia de la paz, necesaria para una convivencia pacífica y fructífera, que nos lleva a través de campos sembrados con tiernas y dulces semillas de amor y perdón.  El Mal es un sentimiento duro debido a la carencia de la esencia de la paz y del amor; eleva murallas y cierra con candados los corazones para no dejar pasar nada que no sea su propia cosecha infecta. El Mal es un veneno que corroe al que lo lleva y con efectos nocivos a los que lo rodean, siendo su antídoto el Bien. Los que se alimentan del Mal han perdido los valores del ser humano y tienen miedo porque no saben cómo recuperarlos. Muchas de esas personas viven en una paupérrima miseria moral y ética usando su violencia para  masacrar la Vida, creando ciudades fantasmas de espantapájaros inertes donde solo sirven para dar la bienvenida a la muerte.  Con tanto odio, ira y miedo almacenados en sus corazones han olvidado que el Bien siempre tiene abiertas sus puertas para todo aquel que quiera recoger sus semillas y descansar en su oasis de serenidad. ¡Cuánta alegría falta en las almas de los que se alimentan de tanto mal!

El camino de la libertad y de la paz está sembrado de derechos humanos, justicia, igualdad, dignidad, honor… y es responsabilidad de todos cuidarlo y protegerlo, para ello debemos quitarnos la venda de los ojos para poder ver con claridad las consecuencias de nuestras acciones, sin suposiciones ni imaginaciones. Los líderes del mundo deben aprender -y es apremiante que lo hagan-, a pensar en el pueblo y en su bienestar y hacer lo imposible para que la confianza no se marchite; la corrupción debe terminar.

El camino de la libertad es el camino de la grandeza humana, donde la complejidad y la diversidad florecen cada día creando un camino de colores y aromas por la diversidad de filosofías, culturas, donde las ideas bailan y las creencias se dan la mano con respeto.

“El hombre no es libre hasta que no llega a controlarse a sí mismo” (Pitágoras).