La paradoja del hombre

La paradoja del hombre

Mi aldea ha desaparecido pero su nombre quedará para siempre grabado en mi corazón. Llevo varios meses errando por caminos de tierra, escondido con mis compañeros el miedo y el terror que me hacen temblar al oír cualquier ruido. Estoy tan cansado de ver como la tierra se tiñe de rojo,  de ver los árboles llorar, de ver tantos cuerpos tirados que ya casi no siento nada, es como si un candado cerrara mi corazón para que pueda seguir avanzando en este terrible escenario.

Me ahogo en este desierto de muerte,  no me quedan lágrimas y mi voz se ha roto de tanto gritar y de lanzar preguntas al aire. Escondido en una pequeña cueva me encontró un nómada que comprendía mi dolor y entendía mi miedo; sus serenos ojos me hicieron sentir confianza y empecé a hablar y como un torrente no pude parar. Compartí momentos íntimos de mi familia, el amor de mis padres y el cariño de mis hermanos; hablé de la vida en mi apacible aldea  -sentí su cálido aire y recordé sus caminos de polvo, la lucha de palos a pies descalzos, la risa de mis vecinos, las historias de los mayores y sobretodo el beso robado de mi amor escondido-. Mis ojos bañaron la tierra, el dolor de mi alma lanzó un grito desgarrador cuyo eco hizo mover las entrañas de la tierra.

Este hombre de paz me ayudó mucho con sus consejos y sabiduría. Mis heridas físicas sanaron así como algunas del alma. Después de un tiempo volví a ponerme en camino. Vagué sin rumbo hasta que un atardecer llegué a una aldea perdida en las montañas. Su gente amable y sonriente, me ofrecieron un plato de comida y una cama en una humilde cabaña; pero su cielo era tan hermoso, de un azul profundo tachonado de luces, que decidí dormir al raso. A la mañana siguiente dije adiós a mis amigos y volví a mi camino. Elegí una vereda y la seguí hasta que encontré una pequeña choza donde había señales de otro caminante. Al tercer amanecer oí la melodía de la piedra y del agua mezclada con el color del infinito dorado y eso me hizo sentir una alegría que creía perdida. Comprendí que la destrucción es devastación y muerte. Todos deseamos vivir pero nos destruimos hasta morir, curiosa paradoja del hombre.

Ahora observo este maravilloso lugar de silencio y paz y veo mi vida desfilar, -la alegría de mi aldea junto a mi familia y amigos, horror y miedo cuando vinieron y arrasaron la vida de todos-.  La soledad y el silencio me ayudaron a sanar las heridas de mi alma. No se puede borrar el pasado, lo que es, es; pero sí podemos mejorar el presente. He recordado una frase que mi madre me decía cuando estaba triste: “no desperdicies la vida, llénala de risas y espolvoréala con alguna lágrima dulce así podrás vivir y sonreír”. Vuelven deseos de amar, mi voz canta con el aire, me pongo en camino para ir en busca de mi destino.

Soy un nómada que transita por los caminos de la vida donde se oye el canto de la piedra y del agua, donde los colores del amanecer y del ocaso se unen en la luz del horizonte para darnos nuevas oportunidades. Sentado frente al mar disfruto de un atardecer dorado; vuelvo a ver esos ojos serenos que tanto me ayudaron  y escucho su voz fuerte y melodiosa repitiendo: “la paradoja del hombre no tiene fin -mata en lugar de vivir, destruye en vez de construir, odia por no amar-. Vive intensamente. Las dificultades traen nuevas oportunidades. El miedo nos hace prisionero y perdemos el control de nuestros pensamientos. Mantén la serenidad dentro de la tormenta. La vida no es un terreno árido de sufrimiento es un campo verde de amor donde las cosas simples nacen, crecen y mueren en su ciclo natural. El amor aporta a los hombres el presagio de la felicidad, don de la vida. Transita por los caminos de la vida dejando tu huella en la piedra, pero sobre todo sé un guerrero de generosidad, humildad y libertad. Sé paciente y no te alteres por lo que otros digan o hagan, no se puede luchar contra el ego de dos leones en guerra”.

(Foto de la red)

Somos fragmentos de nuestro pasado

Somos fragmentos de nuestro pasado

Noches enteras de fiesta hasta altas horas de la mañana, donde el alcohol bañaba mi cuerpo tanto por fuera como por dentro, muchas veces acompañado de alguna que otra sustancia como aperitivo, perdiendo la consciencia más de una vez así como a mi única hermana, quien estaba harta de mis borracheras y sus consecuencias.

Un día después de una noche loca de tanto alcohol y polvos blancos conduje dando bandazos hasta que mi coche chocó contra una escultura en medio de una rotonda quedándome inconsciente. Un policía me llevó al hospital y cuando me desperté me condujo a la comisaría y después ante el juez quien me envió a un centro de desintoxicación en lugar de a la cárcel.

Mi ingreso en ese tranquilo lugar fue de todo menos apacible. Mi chulería y falta de respeto hacia los demás, tanto cuidadores como personas que estaban recibiendo ayuda, fue de lo más grosero e insolente. Busqué con desesperación  lo que me faltaba ya que el síndrome de abstinencia me volvía loca, incluso me escapé  para ir en busca de cualquier cosa. Después de pasar unos días sin salir de mi habitación, mi cuidador me dio a elegir: “vas  a las charlas o vas a la cárcel”. Mi decisión me llevó a la sala de reuniones donde cada uno contaba su drama.

Entre varias historias una me tocó muy cerca, un compañero de fatigas empezó a hablar de su madre, del hambre que pasó, de cigarros a punto de encender una hoguera,  de decenas de botellas vacías pero nunca comida. Mi memoria empezó a abrirse como una flor en primavera, pero no en belleza sino en dolor  y angustia. Mis recuerdos se agolparon con violencia. Reviví una escena que aún la tengo grabada a fuego: “una noche fría de invierno  con mucha nieve en la calle, mi madre quiso hacer un trineo con el felpudo para bajar la empinada calle, me cogió entre sus brazos  y nos lanzamos calle abajo, yo tenía 4 años, al final de la calle nos chocamos contra un coche que en ese momento estaba parado por un semáforo en rojo; ella se cayó al suelo y yo me hice daño en los brazos”. Emergieron imágenes que tenía enterradas en la profundidad de mi alma, recordé las veces que mi hermana y yo pasamos hambre; las veces que veíamos a nuestra madre tendida en el suelo al volver del colegio, hasta  que un día no se levantó. Los servicios sociales nos acogieron, nos separaron porque mi hermana era mayor.  Las nuevas casas de acogida cambiaron el  alcohol por malos tratos y violación. Cuando tuve edad suficiente me escapé para no volver y me dediqué a hacer lo que más me había dolido ver, “beber hasta desmayarme”.

Esos recuerdos abrieron una herida sangrante aún sin cicatrizar, volviéndome huraña e irascible, me refugié en mi habitación; no quería hablar con nadie porque me avergonzaba de mi misma, -volví a oír las mofas de los niños en la escuela, oí el rugido del hambre, veía a mi madre tirada en el suelo…, las casas de acogida y a ese hombre mayor al que llamaban abuelo-. Lloré sin parar pero no por mi madre o por el abuelo, lloré  por mi autodestrucción, ¡cuántas veces quise volar!

El cuidador nunca se daba por vencido y volvió con su ayuda y consejos y volví a las charlas, a los dramas de otras vidas, hasta que comprendí que todos llevamos un gran dolor encerrado en nuestro corazón porque somos fragmentos de nuestro pasado. Reconocí que la autocompasión no lleva a la solución, a cada uno nos toca decidir si queremos entrar por la puerta y vaciar nuestro corazón o entrar por la ventana a trompicones haciéndonos daño y dejando moratones. Tardé unos meses en darme cuenta de que hay otra vida fuera de la droga y del alcohol. Cuando se acercaba el día de mi salida, tuve un ataque de angustia, no quería irme, me sentía segura dentro de ese lugar y sentía que allí era fuerte y podía hacer frente a mis demonios de ruidos, bares, fiestas, recuerdos y dolor.

Mi cuidador al sentir mi angustia vino a hablar conmigo, me hizo comprender que lo más importante en mi vida en ese momento fue descubrir quién era yo. Acepté que mi vida ha sido la que fue y no podía cambiarla pero sí aprovechar esta oportunidad  para volver a empezar.

Al tercer día de estar en mi casa, entre el ruido de la calle, mis amigos invitándome a una copa, la música, el tabaco estuve a punto de recaer pero los recuerdos me golpearon con violencia y recordé lo que mi cuidador me dijo cuándo lloraba de desesperación: “tu vida es la que y es la que fue. No puedes cambiar el pasado pero las dificultades te dan nuevas oportunidades. El diálogo contigo misma es el más importante porque de él dependen tus decisiones y acciones. Nada ha sido inútil en tu vida, tus esfuerzos y combates te han llevado a ser la persona que en la actualidad eres. Todos gritamos y lloramos, nos enfadamos  con todas las personas que nos rodean, sentimos un dolor desgarrador en nuestra alma causado por la autodestrucción; pero hemos aprendido que cuando nos caemos y nos hacemos daño, con voluntad y esfuerzo nos levantamos. La vida tiene piernas y se mueve, el único gran problema consiste en dormir despierto, en la inacción o autocompasión”.

He vuelto a tener contacto con mi hermana y juntas hemos llorado el dolor y el tiempo perdido. Decidimos ir juntas al Centro cada semana para ayudar y dar apoyo  a otras personas. Muchas veces repito una y otra vez lo que a mí me dijeron el primer día: “Sé valiente y mírate al espejo, descubre quien eres, atrévete a dialogar contigo, aprende a reflexionar  y a inspirarte de la vida”.

Todos somos fragmentos del pasado, el dolor incluso nos puede llevar a la autodestrucción pero siempre hay alguien a nuestro lado que nos tiende un lazo o nos da un abrazo para ayudarnos a salir de ese pozo oscuro. Como decía Winston Churchill: “nunca rendirse, nunca, nunca, nunca, nunca en nada grande o pequeño, importante o insignificante, nunca te rindas”.

Foto de Scott Hefti

El lenguaje del silencio

El lenguaje del silencio

Mis largas caminatas a través de la naturaleza, me llevaron a un bosque mágico, de altos árboles y bellas flores, donde los colores y olores cambiaban según las estaciones. En un pequeño y escondido camino conocí a un sabio roble, cuyas raíces enterradas en la tierra le daban fuerza y proporcionaban serenidad a aquel que se sentaba bajo sus ramas; nos hicimos amigos después de unos encuentros y así fuimos anudando una sincera amistad durante muchos años; me sentaba durante horas sintiendo su fuerza y serenidad y dejándome  arrullar por la suave melodía del viento, así aprendí el lenguaje del silencio.

Hoy, me siento confusa y gris como esas nubes a punto de descargar toda su fuerza. Tengo que tomar una decisión, no sé hacia donde debo ir ni qué camino tomar pero sé que esa decisión cambiará mi vida; la indecisión y la confusión me hacen sentir  angustia. Me siento sobe sus raíces, cierro los ojos para sentir serenidad en mi alma y poder oír las palabras del silencio de mi buen amigo el roble.

“Lanzas al aire miles de preguntas para obtener respuestas. En momentos previos a tomar la decisión me abres tu alma y me cuentas tus miedos y temores ante lo desconocido; sabes que es en esos momentos de incertidumbre cuando  tienes que luchar por tu vida para crear tu destino, transformando tus deseos en acciones para que no sean ilusiones. Los cambios en la vida son necesarios y  positivos, aunque, a veces, es duro salir del confort  de la rutina, dejar los hábitos que son los que te hacen sentir una ficticia seguridad porque es lo que conoces. Los cambios son vitales  para avanzar y crear una nueva vida.  Necesitas extender tu visión para comprender y abordar tu confusión bajo otra dirección, creando un ambiente propicio para tomar tu decisión. A veces, sin mirar ni saborear dejas pasar los días y no comprendes que eso que pasa y no vuelve es la vida. No la mires pasar, sé valiente y camina hacia tu destino.

Vivir en el confort de la rutina crea resistencias, murallas, apegos. Esas resistencias a abandonar esa zona de confort es la que provoca miedos y te hace vivir bajo las presiones de unas reglas impuestas por la sociedad donde, prácticamente, todos sois iguales, misma comida, misma costumbre, misma ropa, mismo comportamiento…; la idiosincrasia de cada uno se está perdiendo; dos de las cualidades más importantes del ser humano, la imaginación y la creatividad están rumbo al baúl del desván.

Todos buscáis reconocimiento, seguridad, amor, pasáis la vida buscando a ese ser amado que os colme pero que nunca llega porque lo buscáis en el sitio equivocado, si no te amas, no puedes amar. La falta de amor y de confianza es la causante de todos los males de vuestra vida. Por esta razón vivís en la resistencia, con choques frontales que provocan sufrimiento y violencia. El cambio, el ir más allá de los límites y dejar de vivir una vida lineal, es la alternativa para transformar lo aburrido en divertido, cada alternativa excluye algo pero hay que avanzar y no tener miedo del obstáculo. Muchas conciencias duermen y no quieren despertar de ese sueño hipnótico que ha sido impuesto para mejor controlar, lo que produce un riesgo en vosotros mismos y en vuestra vida.

La fuerza de tu motivación es la que te hará avanzar y te ayudará a saltar o a esquivar el obstáculo que ahora imaginas. Esa confusión, ese miedo desaparecerá cuando tomes la decisión y empieces a caminar. Tu vida te pertenece así como tu destino, el deseo te lleva a la acción y la acción al resultado”.

Cuando dejó de hablar sentí una paz extraordinaria y una alegría sublime por sus palabras, le di las gracias y él me regaló un trocito de su alma. Comprendí que si realmente quiero florecer como persona, elegir y encontrar mi destino tengo que tomar la decisión que me dicte el corazón. Es maravilloso tener amigos tan especiales con los que puedes conversar de todos los temas de la vida, incluso  los más profundos del alma, sin juicios ni excusas. Somos lo que somos, para comprenderlo tuve que dejar atrás egos y apegos.

(foto de la red)

La esperanza ante la desesperación

La esperanza ante la desesperación

Muchas tardes me acerco a la orilla del mar a recoger viejos maderos de algún barco desgastado por sus muchas travesías que se han ido perdiendo en el océano y han llegado a esta  orilla; me gusta recogerlos e intentar hacer con ellos alguna obra de arte, crear vida de algo muerto porque así me siento yo, en este enigmático país de melancolía cuyos ríos misteriosos están surcados por ácidas lágrimas.  Soy un fugitivo y huérfano del amor, huí del hogar cuando era muy joven creyendo poseer la fuerza, el coraje y la valentía para ir en busca de mis sueños.

Recuerdo que en mi huida tenía mucha prisa, y, no vi la piedra en el camino, así en el primer tropiezo me quedé tirado en la cuneta y mis sueños conmigo. Desde entonces, hace ya treinta años, vivo en la autocompasión y destrucción hacia mi persona y hacia los que me rodean porque sufren mi carencia de amor.

Hoy, mi hijo ha hecho lo mismo que hice yo, marcharse; pero, él tuvo la valentía de despedirse, valentía que no tuve yo. Hoy, también, me he enterado que mis padres se han ido y una profunda tristeza ha inundado mi alma; no sé por qué ese sentimiento nace ahora después de tantos años. Algunas personas cercanas, incluyendo a mi hijo me tendieron una mano cuando dejaba a mi paso botellas vacías y otras apiladas esperando a ser vaciadas. Desprecié sus manos porque las fuerzas para enfrentarme a sus miradas me habían abandonado hacía mucho tiempo.  Preferí quedarme en ese oscuro rincón donde el dolor y la autocompasión junto con mi represión interior habían matado incluso mis más lejanas y profundas aspiraciones porque anestesié mis sentimientos con rabia  para no sentir culpa.

Un día cayó en mis manos un libro cuyas palabras decían: “para dejar huella debes de ser Hombre”. Observé desde lo alto mi oscuro teatro  y comprendí que el telón siempre había estado bajado; nunca hubo ninguna obra que representar porque mi vida había sido escrita como una novela sin autor, edificada en una muralla de silencio y olvido entre mi corazón sombrío, mi familia y algunos conocidos.

A pesar de navegar por ríos de melancolía logré imponer mi voluntad a mi dolor iniciando el vuelo del ángel y dejando atrás a la bestia. Quebré la parálisis de mi vida al haber construido un sigiloso víacrucis de dolor y sufrimiento. En ese momento sonó en mi corazón una campana despertándome de ese letargo de muerte, donde los pensamientos que me habitaban estaban en perpetuo diálogo y en dramático desacuerdo. La vibración de la campana se quedó impresa en mi alma y como un observador miniaturista observé las carencias de mi vida fugitiva.

Esas palabras “para dejar huella debes de ser Hombre” me devolvieron a la vida, a la libertad, al mundo de las quimeras y sueños, a conversar con almas sencillas, aprendiendo a saborear caminatas y reflexiones serenas, a disfrutar de una calma antes nunca insospechada. Así surgió el cosquilleo del conocimiento de estar vivo cuya finalidad es  cultivar el camino con semillas de sabiduría para que florezca el saber universal de la vida. Descubrí la esperanza ante la desesperación.

Mi carencia de amar fue sustituida por amor que como un meteorito incandescente atravesó mi alma, cuando me encontré cara a cara con mi hijo, sus ojos lagrimosos llenos de dulzura y perdón me devolvieron mi sueño  más profundo, amar y ser amado. Ahora sé que la huella que toda persona debe dejar es sentir el amor porque no hay alegría más grande que amar. La esperanza nos salva y la alegría y el amor se unen en ese punto entre el crepúsculo y el mar para que hagas lo que hagas siempre podamos encontrar la paz.

(foto de la red)

Déjà vu

Déjà vu

¡Qué agotador es caminar por caminos sin rumbo ni dirección! Se gana  cansancio y frustración y se pierde la vida, ensimismado en mis pensamientos caminaba cuando  en un punto alejado del camino, divisé un viejo e imponente olivo, cuando me acerqué su figura mágica me ofreció su sombra. Me senté y al sentir la tierra fui consciente de  mi propio cansancio y me dormí. Fue un sueño reparador, cuando me desperté un perro me observaba moviendo su cola. No hacía ningún ruido y le agradecí su silencio con una caricia. Nos miramos y comprendí que seríamos compañeros.

Cuando me levanté él también lo hizo, tiró del pantalón para hacerme comprender que teníamos que coger un sendero más pequeño que yo no había visto. No había ni un alma y le pregunté a mi “compañero” que así se llamaba el perro  -¿a dónde vamos?-, por respuesta dos ladridos, movía la cola y siguió  caminando. Llegamos a un claro donde había un pequeño arroyo, nos sentamos a descansar y a refrescarnos; -sentía una extraña sensación de bienestar y exaltación, sensación de saber que estoy donde debo estar y hago lo que tengo que hacer-.

Continuamos caminando y llegamos a un pequeño pueblo de casas de piedras y viejas vigas de madera. Entramos en una pequeña pensión para pasar la noche. Mi compañero, movía el rabo sin parar porque le gustaba el lugar. Al día siguiente, nos pusimos en marcha temprano y mi amigo me guío de nuevo fuera del camino; -me sentía bien dejándome guiar, incluso me gustaba, era una nueva sensación, -me vinieron escenas de mi vida cuando aún tenía familia y era dueño de mi empresa; perdí todo a causa de mi violencia y despotismo lo que me llevó a éste camino sin rumbo, transformando mi piel en hiel-.  El aire cambió y sentí el olor marino; a medida que nos acercábamos empezamos a oír el rugido del océano. Desde el acantilado la vista era espectacular, -la danza infinita de las olas llenaban el aire con esa mágica composición que solo la bravura del océano en todo su esplendor puede crear.   Esa danza nos daba la bienvenida invitándonos a acercarnos. Bajamos por un camino escarpado hasta la playa, y encallada entre las rocas encontramos una vieja barca. Decidimos que nos quedaríamos un tiempo, teníamos todo lo necesario. Nos sentamos a ver el atardecer y a medida que avanzaba la tarde y el sol se vestía de color azafrán, sentí que el ciclo de la vida era infinito: -amanecer / atardecer-, nacimiento / muerte. La vía láctea brilló con todo su esplendor trazando el camino de millones de brillantes estrellas y observando ese camino me quedé dormido.

Mi llanto fue el saludo al mundo; pero al  sentir los brazos de mi madre que me acogían con profundo amor y delicadeza y me daban la bienvenida a este maravilloso planeta, me calmé; su mirada llenó mi corazón de amor y gratitud. Mi pequeño cuerpo aún guardaba las memorias de un viaje por el infinito universo. Oía un eco lejano: “venís solos y solos os vais, pero recuerda que no estás solo en la vida porque todos formáis el camino de las estrellas”.

Durante muchos años, tuve un sueño recurrente: “caminaba perdido y sin rumbo por caminos solitarios porque mi avaricia y violencia hicieron que perdiera todo lo que tenía, familia y empresa. Tenía un perro por compañero que siempre estaba contento y me guiaba por estrechos senderos hasta que llegamos al mar y yo me dormí mirando el camino de las estrellas”.

Cuando terminé la universidad monté mi empresa de reparación de barcos y me casé. Como cualquier relación tuvimos algunos altibajos, y, uno de ellos derivó en una crisis profunda, mi egocentrismo y despotismo tuvieron consecuencias huracanadas de destrozo y desolación. Me dolía el corazón al ver el daño causado por la violencia de mis palabras y el miedo a perder todo; el sueño recurrente se volvió un escenario vivo. Era un “deja vu”, reconocí mi destino; en ese momento, comprendí que la vida nos enseña lecciones para no repetir nuestros errores.

ooOoo

“Déjà vu”, son percepciones e intuiciones que se nos muestran a través de sueños, de vivencias… Quién no ha sentido ese “lo conozco, me es familiar, parece que nos conocemos de toda la vida…”; hay lugares, momentos, personas que reconocemos sin saber por qué. El “déjà vu”, está ahí para ayudarnos a recordar que nuestras historias están entrelazadas, no hay tiempo ni espacio, por lo tanto, no hay  pasado ni futuro, solo existe el presente porque todos formamos parte del Alma del universo y estamos en continuo movimiento.

(foto de la red)

Mi otro yo y yo

Mi otro yo y yo

Tenía una nueva cita, la segunda en la semana, no me apetecía mucho pero no quería quedarme sola en casa…

  • ¿Vas a seguir huyendo?, ir de relación en relación no es la solución. -Oí, mientras se miraba en el espejo y me daba el último retoque de maquillaje antes de mi nueva cita. Como en una película de ciencia ficción, las palabras danzaban a cámara lenta en el aire.

Sorprendida miraba a esa imagen, mi otro yo, que me hacía      señales y me repetía ¡sí!, estás hablando con tu otro yo-.

  • ¿Es una broma?
  • No, no lo es.
  • ¿Cómo es posible que me hables?
  • Al verte a ti misma será más fácil escuchar, comprender y descubrir lo que sientes y quieres. ¿Por qué te haces daño?
  • Si eres yo, ya debes saberlo.
  • Sí, tienes razón, yo lo sé, pero ¿y tú? Creo que ha llegado el momento de sincerarte contigo misma para eliminar esas sombras de tu vida. Estás gruñona, triste, te sientes abandonada y sola.
  • Desde que terminó mi relación, me siento fracasada.
  • ¿Has tenido el coraje de reflexionar?, siempre es más fácil culpar al otro y buscar excusas para uno mismo.
  • No, no he reflexionado y no tengo ganas de hablar.
  • Si no comprendes lo que ha pasado, no podrás pasar página ni aprender de tus errores para no volver a cometerlos y lo más importante, no te sentirás abandonada ni fracasada. Deja a un lado tu ego y reflexiona.
  • ¿?
  • ¿Por qué te duele la soledad?
  • Porque me recuerda mi fracaso, –una lágrima empieza a correr por mis mejillas, y ya no puedo para esa lluvia-.
  • ¿Qué es para ti el amor?
  • Confianza, respeto… uff… no sé…
  • ¿Qué no es amor?
  • -Pongo cara rara-, egoísmo, desconfianza, posesión, celos, mentiras…, -al verbalizarlo, me doy cuenta de que mi relación estaba basada en el no amor. Y de pronto la lluvia de lágrimas cesó-.
  • ¿Crees estar preparada para amar?
  • Ahora lo dudo, me siento confusa.
  • ¿Cuál es tu sueño más profundo?
  • Amar y ser amada, sí, eso es. Encontrar una relación estable y duradera, ser feliz, un buen trabajo, hijos y buenos amigos…
  • Tú y todos queréis un certificado de garantía de la vida cuando no lo hay. Antes de amar, debes de saber lo que quieres y sobre todo amarte y respetarte a ti misma, no buscar en los demás tu equilibrio y felicidad porque no lo hallarás. El amor lo llevas dentro porque es el rey del corazón pero hasta que no lo descubras, tus relaciones seguirán siendo esporádicas porque te moverá el deseo de compañía para evitar estar sola porque eres incapaz de estar contigo misma. El amor es libertad y no cadenas; tú buscas confort no amor, buscas que la otra persona llene tus huecos. Reflexiona, eres libre en tus decisiones, pero lo que elijas será lo que obtengas. Formula tu verdadera intención, debes hacer tu elección.

El espejo me devolvió mi imagen dándome el último retoque de maquillaje; sorprendida y perpleja estaba. Pensaba que tenía claras mis prioridades, ¡qué equivocación!, ahora todo se tambaleaba.

Llevaba un año, desde la ruptura de mi relación, que no levantaba cabeza, me sentía traicionada y me dediqué a ir de relación en relación, buscando lo que perdí y lo que conseguí fue más dolor al sentirme más vacía y llena de amargura. Mi dolor/ego me hacía sentir impotencia y hacía responsable a mi “ex” de mi fracaso.

Sé que tengo que hacer mi elección y aprender a aceptarme tal y como soy, con mis virtudes y defectos. He comprendido que solo puedo compartir lo que tengo y no puedo exigir al otro lo que necesito. ¿Deseo de verdad comprometerme conmigo?, la pregunta del millón. Tengo que reflexionar y ser sincera, a mí no me puedo engañar, necesito coraje y determinación antes de contestar. La elección me pertenece así como mi vida.

—ooOoo—

Detrás de una coincidencia hay más que un puro azar. Hay que descubrir que tienen en común para comprender lo que realmente está pasando. Solo necesitamos observar y ser sinceros con nosotros mismos.

(Imagen de Ernest Descals, de la red)