por Ángeles Carretero | Feb 22, 2025 | Microrelato
Me han despedido, pues, dicen que soy una persona de difícil de trato. La verdad es que no soy muy agradable ni le saco el sombrero a nadie; prefiero la compañía de los árboles a la de los humanos; ha llegado el momento de tomar un nuevo rumbo.
Encontré una pequeña casa con jardín en un pueblo de montaña donde solo hay una calle. Los vecinos son montañeses, por lo que son muy suyos, y, es perfecto. Cada día disfruto más del silencio y de mi soledad, aprendo a ser libre, a conocerme, incluso me he hecho invisible, por eso me llaman el fantasma del pueblo porque nadie sabe nada de mí. ¡Me gusta y me parece divertido!
En mi caminata diaria, he descubierto parajes preciosos donde se oye la música del agua en su continuo fluir; las hojas de los árboles bailan al compás de la brisa. Este lugar me ha atrapado, es especial y no sé por qué.
He descubierto que me encanta contemplar y pintar la serenidad y belleza de la naturaleza. ¡Quién me lo iba a decir, yo que siempre estaba gruñendo! Han pasado tres meses desde que me mudé a este pueblo aragonés. Ayer por la mañana, mientras estaba pintando las hojas del otoño que bailaban vestidas de ocres y dorados, oí un pequeño ruido entre los árboles. Agudicé el oído y comprendí que era el llanto de un animal herido. Con cautela me acerqué y un pequeño cachorro blanco tenía herida una pata. Lo cogí con cuidado y lo llevé al veterinario. Sin darme cuenta, había adoptado a Inko. Un compañero y fiel amigo había entrado en mi vida.
Sentimientos de cariño que tenía guardados en el desván, salieron con ímpetu para cuidar a Inko. Desde ese momento, siempre me acompaña y corre a través del campo moviendo su cola y cuando se cansa, regresa y me da besos hasta que le digo: ¡basta!
Una mañana, mientras corría, lo oí ladrar insistentemente, me acerqué a él y me llevé a una pequeña arboleda. Oí, un gemido casi inaudible; nos acercamos despacio y vi a una mujer inconsciente; alguien la había golpeado y abandonado. La llevamos a casa y la cuidamos. Cuando se repuso, me dijo que era la mujer del panadero del pueblo vecino. Iban paseando por el bosque cuando tuvo un ataque de ira y la golpeó, dejándola en el bosque inconsciente. Días más tarde, la policía se lo llevó para siempre.
¡Sorpresas de la vida! Algo especial había nacido en mí cuando me adentré en esos ojos tristes y profundos, comprendiendo al instante que el dolor se sana con el dulce bálsamo del amor. Desde entonces mi familia se ha agrandado y las caricias son bailes de manos entrelazadas.
por Ángeles Carretero | Dic 12, 2024 | Microrelato
Dicen que Miguel Ángel Buonarroti, antes de empezar una escultura, iba a la cantera para sacar el mejor bloque para su nueva obra. Para ello debía sentirlo, acariciarlo, entrar en él para conectar con su esencia. Así sabía si ese bloque era el que él necesitaba para su obra”. En esto pensaba cuando terminé de hacer la maleta. Cogí las llaves del coche; revisé que todo estuviera en orden en el piso y cerré la puerta.
Empieza la aventura de mi nueva exposición. Esta vez, el entorno elegido ha sido un precioso parque a las afueras de una pequeña ciudad rodeada de naturaleza. El precioso río, que fluye con gran ímpetu creando el eterno movimiento de la vida, divide la ciudad en dos y su simbología y fuerza me cautivaron. El agua tiene un poder sorprendente sobre mí; me quedo absorto mirando la belleza del baile entre el aire y el agua, acompañado de la armonía natural del canto de los pájaros y el saludo de las ramas de los árboles donde algunas hojas doradas bailan su último baile.
Mi escultura es un tanto singular, pues, según el ángulo de observación, será visible o invisible porque está hecha de piedra e hilos de cristal transparentes y, según la luz y los ojos del observador, se verá en su conjunto o solo en parte.
Los antiguos escultores sabían que las estatuas no son solo bloques de piedra vacíos, sino que tienen vida propia; conocían la potencia que las habitaba. Los que trabajamos con el cincel sabemos que hay que sacar lo superfluo de la piedra para que la imagen que vemos en nuestra mente se realice; por ello sentimos esa entrañable relación de empatía con ella.
Cuando llegamos a la orilla del parque por donde el sol nace, percibí la vida en mi obra; mientras la instalábamos, sentí cómo su energía se expandía al sentirse libre en medio de ese silencio de belleza natural; cómo el viento la abrazaba junto a la calidez de los rayos del sol. Durante la exposición sentí algo diferente en mi obra, una vibración de alegría por la vida que la rodeaba, y se intensificó más cuando algunas personas se acercaron y la acariciaron para sentir su fuerza. Comprendí en ese momento que la humildad y el respeto que ofrecen las esculturas a las personas que las admiran hacen que sean obras maestras.
La exposición fue todo un éxito, aunque hubo poca asistencia; sin embargo, los pocos que fueron observaron que la estatua estaba dividida en partes para que los ojos que la admiraran pudieran imaginar creaciones en sus mentes —pies que bailan y avanzan; manos abiertas que se llenan de alegría y tristeza; cabeza que muestra nuestra identidad de ser libres o esclavos—. El conjunto es un jardín de fragancias que elevan los sentidos, pero hay que tener un corazón abierto para ese sentimiento. Cuando regresé a casa, algo había cambiado, aunque todo estaba como lo había dejado; la luz del atardecer entraba por la ventana y en ese momento me sentí estatua, lleno de vida, rodeado de soledad, serenidad y silencio.
La aurora anunció la inminencia de un nuevo día y, entre sueños, oí las palabras de mi maestro: “Sé consciente de tus musas para ser consciente de tu inconsciente”.
(Dibujo del libro «Naturaleza Sagrada del Ser Humano»)
por Ángeles Carretero | Mar 17, 2018 | Microrelato
Tac, tac, tac, el eco de mis zapatos de plataforma plateados, que me han dado una nueva identidad clandestina sin opción, resuenan en la calle mojada y sombría en esas horas donde el silencio de la humillación es mi compañía.
Tac, tac, tac, coches que se paran y hombres que preguntan el precio de un efímero… placer.
Tac, tac, tac, subo y antes de cerrar la puerta, el coche arranca dirigiéndose a un lugar solitario. No sé, si es un hombre o un espectro, da igual, qué puedo hacer; sus groseras manos hurgan en mi monte de Venus. Hoy, como ayer y desde hace varios años, la melancolía me viste de tristeza porque mi alma se perdió cuando un ruido ensordecedor cayó sobre mi casa y todo desapareció, y desde entonces, mi cuerpo se vendió al mejor postor y ha sido esclavo de la violación. Recuerdo que habías salido a pintar un grafito reclamando libertad.
Mis últimos recuerdos quedaron grabados en el beso tierno de amor cuando éramos olas y playa. Mi espíritu vuela una y otra vez hacia ese lugar cuyos rayos bermejos teñían el horizonte y alguna que otra estrella tímida salía para hacernos compañía.
… Un pequeño jadeo me devuelve a este presente negro en el que unas manos sucias me entregan un billete marchito.
Ni siquiera me devuelve a mi calle. Me bajo, el coche arranca y me deja en la soledad de la noche.
La lluvia limpia mi cuerpo y mis pies descalzos chapotean en los charcos, el eco ha desaparecido. Las estrellas lloran y abro los brazos para sentir la brisa y las lágrimas de tantas penas. He despertado de esa agonía y esa ha sido mi última violación porque ahora sé que soy una mujer que siente que la vida crea ocasiones de renacer; esta noche las lágrimas han recuperado mi alma.
Siento a mi sombra que vuelve como compañera y a mi alma que me arropa con un vestido nuevo, dándome valor y confianza; vuelven tus palabras olvidadas: “cada hombre y cada mujer son grafitos vivientes de libertad y dignidad, esto nadie lo puede parar, por muchas bombas o destrucción, la vida volverá a nacer para luchar por la libertad”.