Soledad

Soledad

Soledad que oprime mi corazón y desgarra mi alma,

ante la despreciable mentira,

que me rebaja como persona,

soledad en compañía que es la más triste y fría.

Soledad en la injusticia del maltrato que

hiela la cálida circulación de mi sangre

cuando me faltas al respeto y pierdo

mi confianza porque me arrebatas mi aliento.

Soledad impuesta por pasiones enloquecidas

que duran unas horas,

creyendo que son eternas,

por engaños al ser lo que no eras.

La soledad me ha enseñado

que el silencio es mi mejor aliado,

porque rompe las cadenas

de mi pasado

para empezar una vida nueva.

Sé que esta nueva vida

empieza por comprender que la mayor soledad

no es la que me hacen sentir,

es la que siento

porque echo de menos valorarme y así descubrir

quién soy y hacia donde quiero ir.

El vacío del alma

El vacío del alma

Vidas enteras, de ascetismo o desenfreno, de riqueza o pobreza, no nos llenan y sentimos un vacío, el vacío del alma.

Vidas que como una noria van subiendo y bajando, a veces, al cielo y, otras, a ras de suelo. Vidas de fachadas materiales o profesionales, fachadas vacías y deterioradas y cuando la fachada se derrumba sentimos un dolor profundo porque nuestro tiempo se ha terminado y sentimos un vacío, el vacío del alma.

Vivimos corriendo en el tiempo y mirando al mañana, siendo autómatas, sin comprender nuestras acciones porque no sabemos lo que hacemos. Sentimos un vacío, el vacío del alma que nos susurra, que debemos despertar.

Cuando la vida nos pone delante de otro cruce de caminos, muchas veces, nos sentimos mal porque el miedo nos atenaza y nos paraliza, el odio nos vuelve ciegos y nos corroe, los temores nos llenan de dudas y los sinsabores de amargura. Nuestra confusión es tan grande que no sabemos hacia dónde dirigirnos o si queremos avanzar; sentimos un vacío, el vacío del alma que nos reclama que debemos despertar.

La sabiduría, al igual que la copa de un árbol, va creciendo hoja a hoja —experiencias que nos aportan lecciones, sabiduría que nos aporta enseñanzas para mejorar nuestra vida, haciendo crecer el discernimiento, la serenidad y la paciencia en las experiencias de la existencia—.

Creciendo, despertamos a la conciencia, a la felicidad, haciendo crecer el árbol de la paz en el camino que nos lleva hacia las estrellas.

Somos polvo en el universo

Somos polvo en el universo

“¿Quién eres, ese niño asustado o ese hombre que impone su voluntad sin mirar atrás?”. Me sobresaltó esa pregunta y no supe qué contestar. La he oído tantas veces… y tantas respuestas he buscado, pero aún no la he encontrado.

Como no tengo amigos, cada atardecer después del trabajo, me siento a ver el mar, el vaivén de las olas que como mis pensamientos vuelven una y otra vez —el tiempo pasa sin descanso como la vida, somos polvo en el viento y cuerpo en la tierra, qué irreal parece lo real—. De nuevo oigo esa voz: “a preguntas vivas, respuestas vivas”.

De vuelta a casa, caminaba por ese camino que recorro cada día al atardecer, me gusta recordar una frase de Omar Ibn al-Jayyam “Lámparas que se apagan, esperanzas que se encienden: la aurora. Lámparas que se encienden, esperanzas que se apagan: la noche”. A mi manera, saludo también al nuevo día en el otro extremo y a este atardecer, les deseo felices sueños.

Pensaba en Persia, cuna de grandes pensadores y personajes, entre otros muchos, Avicena y Omar Jayyam —hombres polifacéticos, separados en el tiempo y unidos en el espíritu—, siempre me han hecho sentir reminiscencias de una fragancia de azafrán y de jazmín. Recordaba unos versos de Omar sobre ese maravilloso elixir llamado vino: “si los amantes del vino y del amor van al infierno, vacío debe estar el paraíso. … Sonríe… Toma este cántaro y bebamos, escuchando serenamente el silencio del cosmos”; no sé lo que pasó, caí en la inconsciencia; tal vez, me doblé un pie y al caerme me golpeé en la cabeza.

En el mismo instante en que dije, ¡ay!, me encontraba en un lugar muy agradable, luminoso y de ambiente festivo, me sentía dichoso. No sabía dónde estaba y poco me importaba; solo sentía una serenidad como nunca antes la había sentido. Me senté en un sillón muy confortable y delante de mí, una pantalla enorme donde se proyectaba mi vida —desde que nací hasta este instante. Vi la alegría de mis padres cuando nací, sensaciones y emociones…; niñez: juegos, amigos, risas, caricias y cariño de mi madre, sensaciones y emociones…; adolescencia: colegio, amigos, chicas, primeros besos… secretos… sensaciones y emociones…; juventud: estudios, sueños, independencia y soledad, amores y desamores, caídas y subidas, errores y aciertos, sensaciones y emociones…; adultez: relaciones y compromisos, separaciones, hijos y otras relaciones, trabajo, amistad, traiciones, problemas, historias acabadas e inacabadas, tristeza de cosas irrealizables, sensaciones y emociones…

Cada época tenía su pantalla, así pude ver todas las etapas de mi vida en su conjunto; recuerdos olvidados vuelven galopando como caballos salvajes. Ruidos disonantes en mi familia; traiciones de amigos y relaciones; trabajos que no me gustaban y días duros para mantener a mi familia; problemas sin solucionar guardados en el cajón de mi escritorio.

Todos son sentimientos intensos. Reconozco que soy una persona con miedos, escondida en mi ego, imponiendo mi voluntad a todo aquel que me rodea. Viendo estas imágenes me doy cuenta de cuantas cosas he pasado por alto y qué poco he aprendido de todas esas lecciones que la vida me ha puesto en el camino. Pasiones desbocadas, traiciones sufridas y realizadas, pocas alegrías y un respeto disfrazado de miedo… Veía escenas agradables y entrañables y otras amargas como la hiel que me escocían hasta el alma. Empecé a removerme en ese sillón tan confortable. Se hizo el silencio, la pantalla se quedó sin imagen.

Comprendí que todo tenía un porqué, me había llenado de miedos, sufrimientos, resentimientos, apegos… Lágrimas amargas escocían mis ojos, sentí un pesar tremendo en el corazón cuando vi el sufrimiento que había causado a la mujer que amaba, a mis hijos, a mis amigos…, mi vida ha sido una huida de mí mismo. Momentos amargos de autocompasión y de excusas.

Se volvió a iluminar la pantalla, tomé consciencia que todas esas personas que han formado y forman parte de mi vida, han sido maestros a los que ignoré, creándome yo solo esta altivez. Vuelvo a ver mi presente y una pantalla de un blanco radiante y brillante se enciende para que yo pueda realizar esta nueva fase de mi vida. Solo yo soy responsable y de mí dependerá la forma que tome el destino.

Las pantallas se apagan y siento un escalofrío. Abro los ojos y veo a mis hijos que con ojos llorosos me abrazan y me dicen “¡has vuelto!”.

Lloro de felicidad al ver que mis hijos están a mi lado y no me han olvidado y porque he comprendido el porqué de mi huida. “Cuando tenía cuatro años me caí de un árbol y una piedra puntiaguda se clavó en medio de mi frente, dejándome malherido, aún guardo esta cicatriz en la frente y en mi alma. A partir de ahí empecé a tartamudear. Mi padre me hizo sentir que era un fracasado. Sufrí mucho de burlas cuando era pequeño y joven; esas palabras hirientes me hicieron construir una coraza de acero para que nadie más me viera como un fracasado. Tuve que sacar mucha fuerza y voluntad para enfrentarme a la vida, hoy dulces lágrimas de perdón corren por mis mejillas. El niño asustado ha salido y el hombre altivo se ha ido. Descubro que soy una persona nueva con nostalgia de una vida perdida que compensó el miedo por ego. Ahora vuelvo a vivir y estoy preparado para amar y enmendar mis errores”.

En el silencio de mi corazón, una lección ha quedado grabada a fuego “hay que ser observadores de nosotros mismos para poder cambiar los escenarios de nuestra vida”.

Real o irreal, somos cuerpo y energía, somos polvo en el universo. El secreto es unir esos lazos invisibles para encontrar el equilibrio y la armonía.

(Versos y frases de Omar Jayyam de Google.)

Viaje a través del tiempo

Viaje a través del tiempo

Almas que vienen y van,

como el vaivén de las olas,

atravesando ese puente de colores

que une las estrellas con la Madre Tierra,

distintos colores, que nos llevan por

distintos caminos, culturas y experiencias.

Almas que vienen y van

como el vaivén de las olas,

Madre Tierra las acoge

y les ofrece flores y bosques

llenos de belleza, olores y colores;

mares que unen orillas

donde encuentran a sus familias,

y se preparan para sus experiencias

de días dorados y noches oscuras,

aunque siempre, iluminadas

por la luna y las estrellas.

Almas que vienen y van

como el vaivén de las olas,

historias que nacen y mueren

en los caminos terrestres,

almas que han dejado

en la tierra sus memorias.

Almas que vienen y van

como el vaivén de las olas.

Vivir

Vivir

¿Qué he hecho con mi vida?, pregunta que surge a menudo, pero temida cuando surge al final del camino —cuando la barca nos espera para llevarnos a la otra orilla— y hace temblar los cimientos de nuestra vida. Nos hemos preocupado por una vida sin sentido, olvidando lo más importante, nosotros mismos; hemos vivido invirtiendo nuestro tiempo en complacer a los demás, trabajando sin descanso, olvidando que un beso y una caricia son abrazos cálidos y sinceros que reconfortan nuestra alma cuando volvemos a casa. Invertimos en erróneas inversiones sin pensar que el tiempo se escapa, con error, creemos que somos eternos. Especulamos con nuestra vida esperando que mañana sea mejor que hoy, olvidando que el mañana nunca llega.

Hemos dejado escapar momentos mágicos por estar inmersos en ese mar materialista que solo proporciona preocupaciones y sinsabores; por el qué dirán —dejado pasar amores y pasiones— del que todos llevamos cicatrices; incluso, al mirarnos en el espejo no nos reconocemos porque hemos apagado el brillo de nuestra mirada que ahora está velada.

Nuestra decisión es la que construye o destruye nuestra vida. Debemos rehusar ser una marioneta del ego, de los miedos y luchar por lo que creemos, siendo observadores de nuestras acciones para cambiarlas si es necesario. Los sueños y pasiones son las fuerzas de nuestra vida porque nos hacen ser el actor principal de nuestra obra, y no, uno secundario de la puesta en escena de los demás. Estar vivo es SENTIR las dos caras de la moneda, amor – esperanza, dolor – temor. Todo, forma parte de nuestra existencia y no podemos dejar de luchar para conseguir lo que amamos.

Estar vivo es sentir y vivir cada día. La barca llega sin avisar, y no nos podemos escapar, para llevarnos hacia poniente. Cuando dudes y desfallezcas siente que estás vivo, levántate y camina porque tienes otra oportunidad, toma las decisiones que tengas que tomar, pero no dejes escapar la vida. No vivas muriendo, muere viviendo. Así, cuando estés en la barca y mires hacia atrás, verás una vida plena, tu sueño reflejado en tu huella; no una vida fútil cuya respuesta a esa temida pregunta ¿qué he hecho con mi vida?, te escueza en el alma, pues ahora conoces su respuesta, “mi vida ha estado vacía”.

Debemos recobrar el sentimiento mágico de VIVIR y saborear esa palabra viva que es la VIDA.

(Foto privada)