Manos llenas de vida
Hace tiempo que debía ir de visita a casa de una amiga, pero las circunstancias de la vida la fueron posponiendo. Me hacía mucha ilusión poder verla y charlar, como solo se habla con las amigas: confidencias, sentimientos, problemas y alegrías. Al final pudimos cuadrar nuestras agendas y fui a pasar unos días a su casa.
Tenemos por costumbre tomar un aperitivo al atardecer en su terraza con vistas al jardín de múltiples flores de colores —rosas, margaritas, lirios— junto a bellos árboles donde anidan pájaros que con su canto alegran a todos. Estaba tan absorta en este decorado que un ligero ruido me sobresaltó. Me volví y vi a una señora sonriente, de pelo blanco, cuya cara es la prueba del reflejo de todas sus vivencias. Ayudada de su bastón, poco a poco llegó a su lugar favorito, un sofá rojo, que se encuentra frente a mí. Era la madre de mi amiga. Nos miramos, sonreímos, pues hacía mucho tiempo que no nos veíamos; comenzamos a charlar sobre la belleza del jardín y, poco a poco, empezó un viaje hacia sus recuerdos; viaje donde el tiempo saltaba, donde los recuerdos trotaban y las palabras dibujaban.
Yo escuchaba atentamente y revivía con ella sus propias vivencias; sus ojos claros se llenaban de melancolía, de alegría, de tristeza, de generosidad por esas vivencias que tallaron su vida.
Sus ojos claros sonreían porque la fuerza de su alma seguía intacta; el tiempo lineal cansa y debilita el cuerpo biológico, mientras que el alma aprende de cada experiencia. Su cara se iluminaba al sentirse viva. “Le encantaría volver a tener amigos porque prácticamente todos se han ido, para conversar y aprender cosas de la vida”, decía. Esto me hizo sentir una alegría serena. Observé que la fragilidad del cuerpo es ajena a la fuerza del alma.
Poco a poco, su relato se hizo más intenso. Historia real contada por alguien que vivió duras y amargas experiencias cuando vivía en el norte de Francia y los alemanes llegaron. Siendo muy niña, su padre las envió a otra región; dejando absolutamente todo atrás, era cuestión de horas, no hubo tiempo de coger ni un muñeco, solo quedaron los recuerdos del corazón y las huellas sangrantes de la huida.
Familia de refugiados, sin documentos, que conocieron las ausencias, las carencias, la soledad y los desplazamientos. Recordaba que cuando tenía que hacer un viaje largo por su seguridad, era una prueba tremenda a su temprana edad, pues todo el viaje era un continuo sufrimiento aumentado por la separación de sus padres; sin embargo, también era un bálsamo al estar con sus tíos porque hacían que la ausencia fuera menos intensa, así como las carencias.
Estas experiencias, a una edad tan temprana, fueron importantes y se quedaron impresas en su corazón; creció con un sentido del deber profundo que aún hoy en día sigue latiendo en su corazón. Ayudar a su familia era primordial, ya que las penurias y la hambruna cobraron un alto precio a su alrededor. Trabajó muy duro, y muchos de sus sueños se fueron en bicicleta. Unas lágrimas agridulces llenaron sus ojos azules, y su fragilidad se hizo más patente, si puede decirse. Recuerdos que tocaron su alma. Dejé que ese momento íntimo la llenara de serenidad.
Después de unos minutos, observé que su mirada era profunda, una sonrisa amable de confidencia y gratitud. Supe al instante que nuestra conversación era muy importante para ella, pues era revivir su vida desde otra perspectiva, desde la añoranza de cosas que pudieron ser diferentes; sin embargo, hoy en día se siente orgullosa de su vida, de sus logros, de su familia.
Le pregunté qué vivencias fueron las más bonitas en su larga vida y sin dudarlo, respondió: el nacimiento de su hija y el encuentro con su marido. Cada noche, sin excepción, antes de dormir, dedica un tiempo para dialogar con él y termina con una plegaria para que vuelvan a estar juntos en el otro mundo. Una sonrisa y unas lágrimas dulces resbalaron por esos surcos del río de la vida.
El silencio se instauró y de pronto dijo: “Cuando repica la campana, la vida cambia, cambia de horario, cambia la vida, y también anuncia el descanso”. Me quedé en silencio y la miré para que siguiera ese hilo de recuerdos. Domingos en la iglesia, descanso después de un duro trabajo, ropa hilvanada por ella para pasear del brazo de su marido, orgullosa y bella.
Tiempos de escasez, tiempos de añoranzas, tiempos de migraciones, tiempos de reencuentro, tiempos de trabajo duro para poder comer algo, ya que la guerra siempre es injusta, mata y destruye hasta los campos.
Estas palabras están dedicadas a esa persona especial, cariñosa y alegre que la vida me ha presentado para aprender de esa mirada serena y alegre, y me repite una y otra vez que la vida es lo más hermoso que tenemos, que ella desea vivir unos años más para poder conversar, aprender y confiarse a ese amigo que desea encontrar.
Siempre me ha gustado conocer personas y sentarme a charlar para compartir vivencias, alegrías y penas que son el fruto de una vida vivida durante nuestra efímera existencia.
Algunas vidas nacen cuando las campanas repican y otras vidas dejan ausencias cuando doblan las campanas.
*****
Estas palabras son un reconocimiento afectivo hacia esta persona tan amable, cuyos ojos sonríen porque siguen sintiendo esa fuerza de Vida a pesar de sus luces y sombras.
También es un homenaje a todas las personas mayores cuyas voces se apagan porque no las escuchamos y olvidamos que gracias a sus esfuerzos construyeron la vida que hoy tenemos. Pienso en mi madre, que nos ha educado con principios, valores y mucho esfuerzo; que nos ha querido con su corazón tierno, aunque a veces en silencio, y nos ha ayudado con todo lo que ha podido.
Gracias de corazón a todas ellas por los surcos que la experiencia de la vida les ha dejado en la fortaleza de sus almas.


