El país donde habitan los Pirus

El país donde habitan los Pirus

Como decía Pierre Curie, “hay que hacer de la vida un sueño y hacer de un sueño la realidad”.

Todos sabemos que la paz no es buena para la economía, los gobiernos prefieren la guerra para que las arcas estén llenas, estos dirigentes han dejado de pensar en los ciudadanos a los que habían jurado proteger. Una vez que se sientan en el sillón dorado, todos los valores éticos y morales que habían defendido en su discurso los ignoran y los guardan bajo una bóveda impenetrable en el fondo de su conciencia.

Por suerte no todos los dirigentes son déspotas totalitarios, existen personas que como Mahatma Gandhi defienden su lema: “la paz es el camino” porque son conscientes de que, para vivir en libertad, para prosperar como seres humanos, para desarrollar la creatividad que nos proporciona un mayor bienestar para todos es necesaria la paz. Mientras hay paz, hay trabajo, hay intercambio, hay solidaridad, hay progreso en todas sus dimensiones.

La paz no es ausencia de conflicto, la paz es revolucionaria como lo es la conciencia, pues nos hace ver que la destrucción de la naturaleza, de los países, de los seres humanos por el mero hecho de desear conquistar fronteras y pensar que tienen poder sobre la vida al creer que tienen una misión divina es abominable, inhumano e intolerable.

Craso error de pensamiento de esos seres humanos que han perdido su humanidad. La historia está llena de ejemplos de personajes crueles como ellos.  Nosotros en el siglo XXI nos jactamos de desarrollo tecnológico, de democracia, respeto y dignidad, pero estamos quitando la vida sin razón ni sentido a otros seres humanos que lo único que deseaban era vivir en libertad dentro de sus fronteras.

¿Qué derecho tienen algunos gobernantes sobre otros pueblos? Absolutamente ninguno.

Las palabras son poderosas y caóticas cuando están cargadas de mentiras y traiciones que manipulan a los más débiles y a los sedientos de poder los alimenta.  Sabemos que una vez lanzadas no tienen marcha atrás y como flechas atraviesan el corazón del que las escucha para desgarrarlo y que deje de latir. Cuando luchamos por ideales erróneos obtenemos acciones caóticas con consecuencias terribles. Es hora de que los dirigentes miren dentro de sus fronteras y arreglen su país, dando a los ciudadanos un mayor bienestar, progreso y paz, dejando a los demás vivir en sus propias fronteras con libertad y derecho a la vida.

Como decía Pierre Curie, “hay que hacer de la vida un sueño y hacer de un sueño la realidad”. Todos los seres humanos debemos aprender a convivir, a respetar, a generar bienestar para que el conjunto de la humanidad pueda disfrutar de su sueño “vivir en paz”.

Las grandes almas de imperios de Luz no conquistan con balas o misiles, prefieran la libertad de cada ser humano, prefieren avanzar, crear, vivir en armonía y unidad, porque saben que el valor del ser humano radica en su espíritu, no en la fuerza para esclavizar a otros seres humanos mediante el terror.

El imperio de los espíritus de Luz nos enseña que el inframundo de los Pirus es mitología, sin embargo, mitología o no, hay que acabar con la guerra, pues es mejor vivir en la paz que en el terror.

(Foto privada)

La hermandad de la libertad

La hermandad de la libertad

“El hombre venera a Dios que es invisible, pero masacra a la naturaleza visible que es la cara invisible de Dios”.  Hubert Reeves.

Mi nombre es Kala, fortaleza.

Antes de entrar en nuestro país una turba de hombres con túnicas rotas y sucias que a golpes suprimían la libertad con balas lanzadas al aire y contra ciudadanos que se oponían a su delirio, mi vida transcurría como un apacible riachuelo, todo fluía. Estaba casada, tenía un niño precioso y un compañero de alma, amante y respetuoso. Meses atrás llegaron noticias desmoralizadoras y una tensión perceptible se extendió como una nube negra por toda la ciudad; ni en nuestras peores pesadillas pudimos imaginar tal crueldad. Un día cualquiera las puertas del tiempo se cerraron de golpe.

Mi familia sucumbió bajo fuegos de sangre y yo quedé como trofeo de herejía.  Vivir esclavizada, viendo la mirada de la llama del infierno en esos hombres, hizo que mi cerebro colapsara y se petrificara mi corazón.

Al cabo de unos meses trajeron a una mujer a la que maltrataron con más brutalidad porque pertenecía a una organización que luchaba por la libertad y derechos de las mujeres y niñas. Aunque los golpes la hicieron caer, su mirada reverberada, la luz de su lucha y sus palabras eran ecos: “el ser humano no ha sido creado para ser esclavo de otro ser humano”. Su valor y fuerza fue como un tsunami para nosotras, despertamos de nuestra agonía y nos unimos a su lucha por la libertad. Supimos que había dejado instrucciones a su organización para ayudarla a escapar en caso de ser capturada. Una noche nos reunió y armadas de valor y esperanza escapamos. Nos escondimos durante un tiempo en una cueva que habían preparado, esperamos hasta que alguien vino a buscarnos para sacarnos del país.

Después de haber conocido a esa extraordinaria mujer que me enseñó: “la verdad no es contraria a la verdad y si, realmente, la buscas la puedes encontrar”, decidí hacer todo lo posible para que no se sigan cometiendo crímenes en nombre de la libertad.

Llegué a la India donde pasé unos años. Aprendí mucho de esas personas sonrientes que comparten todo lo que no tienen. Vi con sinceridad la verdad humana, supe que el mayor miedo es no tener coraje para enfrentarse a nuestros miedos irresueltos. En la India trabajé como abogada —era mi antigua profesión—, en una asociación para ayudar a mujeres y niñas desfavorecidas y a los hombres que querían avanzar en libertad, respeto y dignidad; también estudié baile para que la mujer y el hombre pudieran experimentar emociones, sentimientos a través de movimientos armónicos para romper la prohibición de la diferencia. Diez años después de vivir en ese complejo y entrañable país, llegó la hora de marcharme.

A veces la vida experimenta un extraño placer en clavarnos una espina de pino en el pie. Mi llegada al Reino Unido estuvo llena de obstáculos y algunas ofensas, sin embargo, mi determinación triunfó.

Una hermosa tarde de otoño fui a caminar por Saint James Park, su serena belleza me deleitaba, el sendero por el que caminaba era una alfombra de hojas ocres y arrugadas que, al contacto con los tibios rayos del sol, cobró vida. Me tumbé en la orilla del lago para sentir el aire fresco en mis mejillas. Ese día hacía cinco años que había llegado a Londres. Me quedé ensimismada ante mis recuerdos, cuanta melancolía y nostalgia sentía. Había aprendido durante esos años de reconstrucción de mi ser, a despojarme de las apariencias, a rasgar los velos y sobre todo a desnudar mi alma para sanar los surcos que aún guardaban las cenizas del infierno. ¡Cuánto dolor genera la crueldad humana! Algunas lágrimas se escapaban al compás de los latidos de mi corazón que se amplificaban. Mirando al lago vi un pato que viajaba tranquilamente sin pensar en nada, solo disfrutaba de su paseo, “esa es la libertad que añoro para todo ser humano”, me dije.

Mi nombre es Falak, estrella.

Una mañana, mientras me preparaba con esmero y alegría para ir a mi primer día de trabajo en una galería de arte, se oyó un terrible estruendo, el techo cayó y todo se apagó… Durante un tiempo estuve inconsciente hasta que me desperté en un hospital tan herido como yo. Cuando cobré conciencia me dijeron que muchas bombas habían caído. Estaba confusa hasta que a través de unos altavoces oí cómo vomitaban palabras de odio y opresión. Sirenas de ambulancias, gritos de angustia y dolor nos volvían sordos. Mi desesperación culminó cuando no supe qué había pasado con mi familia. Nadie sabía nada de nadie…, todo era oscuro, excepto por alguna bombilla encendida que nos indicaba que aún había vida.

Para conservar mi cordura mantenía vivos los recuerdos de mis padres que desfilaron con ternura y orgullo. Mi padre era periodista y mi madre profesora de filosofía en la universidad; mi educación fue sólida gracias a mi padre que grabó a fuego en mi alma los valores de la vida y a mi madre que me inculcó el amor y el poder del conocimiento. Éramos una familia alegre, unida, libre en un país del Mediterráneo oriental, cálido, bello, con mucha historia y atardeceres perfumados.

Cuando pude caminar, esos individuos me arrastraron a fuerza de golpes a mi nuevo alojamiento. Me llevaron a un campo de concentración donde solo había miserables y traidores como ellos decían.

Mi hermoso y cálido país —lleno de luz y belleza— había sido devorado por la bestia, así como todos nosotros. Hacía tiempo que mis padres recibían amenazas por defender los derechos humanos y por la libertad que implica; nunca sucumbieron a los deseos de esos fanáticos de la opresión. “Ante el sol nadie es diferente” decían. Más adelante supe que esos individuos se los habían llevado junto a otros cientos para ejecutarlos, el dolor fue tan grande que caí dentro de una sima sin fondo.

Unos días después probé en mi cuerpo la crueldad de esos individuos. Sin embargo, a los pocos meses de vivir en ese terror, un soldado de ojos profundos me miró con compasión, vi un destello de luz e intuí que me ayudaría. Oí la voz clara y potente de mi padre: “echa a volar para que enciendas luces en la oscuridad”.

Una noche soñé que sobre esa sima oscura de mi mente había una nube dorada y zafiro de donde salía un lazo que venía a sujetarme para devolverme a la vida. Me agarré bien fuerte y sentí la alegría espontánea surgida de las profundidades de mi ser. Cuando desperté comprendí, instantáneamente, que “la luz y el amor nunca mueren; que para luchar hay que dar un paso al frente y hacer la injusticia visible para luchar por ella. ¡Cuántas cicatrices en el alma son causadas por oraciones estériles elevadas!”. El león se acababa de despertar y rugía con fuerza por su libertad. Salí del barracón y vi cómo el sol trepaba por el firmamento. Aunque siguieron las vejaciones, estaba preparada a escapar. Mi listón de vida rozaba el suelo, recordé esos atardeceres perfumados, a mis padres, a mis amigos y todas las personas maravillosas que en ese sucio y lúgubre lugar había conocido, y así poco a poco el listón se elevó al volver a la vida.

Mis pies sangraron por los caminos de piedras, mi alma rota por la indiferencia y por bandera la desesperanza al ver que muchas puertas se cerraban porque era inmigrante y de piel morena. Con sacrificios y largas esperas llegué a Reino Unido gracias a la ayuda de ese hombre y a una red de mujeres que me ayudaron a salir de mi país.

Tenía por costumbre ir a pasear por Saint James Park, qué con sus sauces llorones, lagos, paseos y tranquilidad me hacían sentir que había vuelto a la vida. Una tarde, mientras volvía a casa, vi un cartel donde anunciaban una conferencia sobre la libertad de la mujer, la ponente era una mujer afgana. Supe de inmediato que tenía que ir. Así fue como conocí a Kala, mujer sabia, fuerte, cuya experiencia de dolor la llevó a la luz del sol.

Después de la conferencia, me acerqué a ella, me presenté y quedamos para hablar al día siguiente, a ambas nos gustaba ese lugar tan entrañable, Saint James Park. Hablamos y lloramos, lloramos y hablamos… una mariposa blanca revoloteo delante de nosotras, las dos nos miramos, fue nuestro punto de inflexión y una fiesta espontánea surgió de las profundidades de nuestra alma. Así nació la hermandad de la libertad.

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La hermandad de la libertad pone énfasis en que la persona es única y digna en sí misma por derecho propio. Así pues, es fundamental el respeto por los derechos de todas las personas y en particular por las que no quieren ser poseídas. ¡Ha habido y hay muchos crímenes en nombre de la libertad!

Todos los seres humanos estamos cansados de escuchar cómo hay oraciones que se elevan a cambio de cicatrices en el alma de otros.

 

El tiempo marca el compás de su baile en la vida

El tiempo marca el compás de su baile en la vida

El tiempo es ese paréntesis entre dos instantes. Nuestro baile empieza con un primer paso en el finito momento de nuestra llegada y acaba en un último paso al volver al infinito universo.

En nuestra existencia el tiempo marca nuestros ciclos, desde que nacemos hasta que morimos seguimos esa línea recta marcada por la melodía del tic-tac en segundos, minutos, horas, días… Todo en la vida terrestre tiene un comienzo y un final, ya sea vida humana, animal y vegetal; esos ciclos naturales son necesario para renacer y seguir avanzando por la infinita línea del tiempo. Nuestra vida discurre entre dos instantes —acción y consecuencia—, y vamos aprendiendo de nuestras vivencias para no cometer los mismos errores, así se aligera nuestra vida y la melodía del tiempo se vuelve alegre y viva.

En la historia de la humanidad, el tiempo ha sido testigo de innumerables civilizaciones que han dejado su huella en piedra. El tiempo en sus infinitas vueltas trae memorias que llaman a la puerta a aquellos que las poseen para que desentierren historias apagadas con el fin de devolverles la vida.  Esa historia de la vida nos habla de un tiempo pretérito que no siempre fue bueno; el causante de la caída, en gran parte, ha sido el ser humano al imponer el abuso de poder como arma de destrucción. Sin embargo, también, la historia nos habla de seres maravillosos cuyas vidas fueron entregadas para que la paz, respeto mutuo y el bienestar social fueran los fundamentos de la humanidad.

La vida sigue bailando su infinita danza, pero seguimos sin aprender de nuestro pasado. En la actualidad, seguimos viviendo entre piedras caídas y el llanto desesperado de seres humanos porque aún hay señores de la guerra que anteponen su codicia a la vida. La vida es superior a cualquier arte. Cómo decía Gandhi: “¿Qué es el arte sin el fundamento de una vida noble?”. Ahí queda la pregunta, cada uno tenemos una respuesta.

En un futuro no muy lejano, si no cambiamos el abuso de poder por ayuda a la humanidad, la justicia, la libertad, la dignidad serán invisibles y nuestras ciudades también quedarán enterradas bajo escombros de polvo y gritos; una vez más el tiempo, en su infinito movimiento de ida y vuelta, volverá a traer memorias que llamarán a la puerta de algunas personas para que vayan a desenterrar nuestros sueños de esperanza.

Hay que salir de esa vorágine de los ciclos de violencia para comprender que la vida es salud, bienestar, paz y libertad.  Como bien decía Pico de la Mirandola “la defensa de la filosofía como disciplina es capaz de llevarnos a la concordia… usando palabras llenas y no vacías, pues, sin las palabras adecuadas, las ideas se marchitan”.

La vida no necesita de ornamentos pomposos, sino de conocimiento que alimenten las buenas ideas para hacer visible la injusticia, la pobreza, la miseria y poder terminar con ellas para que todos los seres humanos tengamos derecho a la vida.

El tiempo es ese paréntesis entre dos instantes y mientras estemos vivos, bailaremos al compás del tiempo, nadie se va a escapar de su momento de vuelta al universo. Todo lo que nace en el planeta se queda en él —no olvidemos que estamos hechos de sus mismos elementos y por ello volvemos al origen, la tierra—, excepto la conciencia/alma que vuelve a su fuente, la conciencia global del universo, para renacer en su momento con nuevas ideas creadoras.

Bailemos el baile del tic tac con alegría y sabiduría, nada nos pertenece, todo es prestado por un tiempo.  No nos preocupemos por conquistar tierras, preocupémonos de conquistar la vida con paz y respeto.

(Dibujo Lorena Ursell. «La Naturaleza Sagrada del Ser Humano»)

El guerrero que reta al mundo

El guerrero que reta al mundo

Los vínculos invisibles, que unen a los seres humanos con la esencia del universo en el silencio de la sabiduría, siempre han existido para proporcionarnos una gratificante serenidad y alegría.

La sabiduría ancestral resuena de nuevo en cada rincón del planeta a través de los susurros del aire, de la belleza de la naturaleza y de un corazón abierto, como cuando oímos al cielo cantar y a las estrellas tocar el arpa y el tambor para que todos nos deleitemos mientras caminamos por nuestra senda al oír el agua y los latidos de la tierra, sonidos que reverberan en nuestro corazón creando la canción de la vida.

Estos ecos nos hacen vibrar las cuerdas invisibles para que las sintamos y recordemos que cada uno de nosotros es un guerrero que reta al mundo con la alegría que proporciona la paz, facultad necesaria para poder terminar con nuestra autodestrucción. La tibieza no es tolerada, pues trae desconfianza, herramienta que cava surcos donde nace la maleza. Actualmente, el mundo vive en la polaridad de los extremos y sus consecuencias son extremas —cada acción contiene una reacción asociada—, por eso hay que tomar medidas urgentes para liberarnos de ese poder obsesivo que es la crueldad hacia el conjunto de la humanidad. No podemos ignorar que la tierra guarda las memorias de la desesperanza y del dolor desde la llegada del ser humano; ahora es el momento de regenerar los campos áridos sembrados de miseria humana para que florezcan de nuevo bosques de mil colores y las aguas cornalinas de mares y océanos vuelvan a ser turquesas de sanación y abundancia.

Vivimos tan centrados en nosotros mismos que nos olvidamos que formamos parte de la humanidad y la naturaleza. A la naturaleza la hemos separado de nosotros, olvidándonos que todo lo que nace en la tierra, muere y se queda en ella porque todo está compuesto de sus mismos elementos y la tierra se nutre de ellos.  Sin embargo, la tememos cuando madre Gaia grita su angustia, las montañas expulsan fuego y lava que todo arrasan. Cuando ella suspira de tristeza, los tsunamis ahogan todo lo que encuentran; cuando dice, ¡basta ya!, la tierra se estremece y las casas se tambalean, caen y nosotros con ellas. Hoy en día seguimos desoyendo su voz: “es hora de dejar de odiaros y mataros”, pero somos tan ingenuos que creemos que la podemos vencer con nuestro pequeño cerebro.

La sabiduría ancestral nos recuerda que los líderes de los pueblos deben ser generadores de unión, generosidad y bienestar social y no particular. Para poder ver lo que el mal hace es imprescindible no ignorarlo; el mal se alimenta de vanidad, de mentiras, de traiciones, de un poder desmesurado cuyo único objetivo es ayudarse a sí mismo; muchos de esos líderes hablan con palabras bonitas envueltas en manipulación y engaño, cuyo manto nos va asfixiando. El guerrero que reta al mundo es libre, fuerte, íntegro, por lo que no acepta la manipulación y el poder de abuso. Su talento es el conocimiento de sí mismo, solo así podrá tomar decisiones y no seguir las pautas que otros le indican, sobre todo a través de las imágenes que le envían.  Como decía Heráclito: “hay que estudiarse a uno mismo y todo aprender por sí mismo”.

No podemos enfrentarnos a la Naturaleza, debemos ser humildes ante su grandeza, así aprenderemos a observar el orden del mundo —equilibrio individual y social—; a investigar nuestro origen para hablar de trascendencia. La sabiduría nos transmite que somos libres y dueños de nuestra vida para realizar nuestro propio destino; barre las murallas de prejuicios y fanatismos porque la libertad no se encierra. La sabiduría nos enseña a comprender el origen de la naturaleza del alma que nos otorga la percepción de totalidad, inmensidad y libertad. No se puede delegar el poder del propio corazón en otras manos. Dependemos de nosotros mismos y no de un ego amenazado que nos induce a agarrarnos al miedo.

Todos los sabios escucharon la voz de la Naturaleza que repetía el mismo mensaje a través de los tiempos: “Cada átomo tiene su cometido en la vida terrestre, los rayos del sol todo alcanzan, los océanos bañan todas las costas del planeta, el aire no tiene fronteras y la tierra crea montañas y caminos para que todos transitemos, nada pertenece a nada, todo es del planeta”. Estos seres han cambiado el mundo al abrir las puertas a otras realidades y lo han conseguido a través de su propia conexión, liberando su espíritu de la prisión de piedras y dogmas. Se enfrentaron al poder político y religioso de su época, volaron por encima de las ideas preconcebidas y estáticas y pagaron un alto precio. Siguen susurrando: “no te dejes agarrar por los pensamientos oscuros ni por las emociones de miedo, dolor, ira… dependes de ti mismo; no olvides que los apegos más difíciles de superar son los emocionales; cada persona es su propio manual de vida. Si sientes miedo es que te estás equivocado de camino. La diferencia en todo lo manifestado es el sello de individualidad y debe respetarse”. La vida es bella si aprendemos a esculpirla con bellos pensamientos y hermosas emociones. Nada ha cambiado en nuestros días, seguimos construyendo nuestra propia senda con nuestras decisiones y Gaia continúa enviándonos mensajes que seguimos desoyendo.

Los guerreros sabios saben cantar la canción de la vida y nos invitan a aprenderla. Su sabiduría sigue viajando a través de cada átomo de lo manifestado. Los caminos son diferentes, pero el objeto el mismo.  Nadie, elude impunemente las citas que le depara su destino, pues cada uno utiliza su propio manual de vida.

Buda decía: “No creas nada, no importa donde lo has leído o quién lo dijo, no importa si lo he dicho yo, a no ser que estés de acuerdo con tu propia razón y sentido común”.

La sabiduría ancestral no es un conocimiento libresco, es el modo con que experimentamos la vida. Hay hermosos vínculos invisibles que hacen vibrar nuestra alma cuando escuchamos la hermosa canción de la vida cantada por el guerrero que reta al mundo con alegría.

Los dioses nunca nos abandonan, somos nosotros los que los abandonamos.

(foto privada)

Recuerdos de mi infancia

Recuerdos de mi infancia

A finales de septiembre, cuando la naturaleza comienza a tocar la melodía del vals de otoño, decidí ir a pasar unos días en un pequeño pueblo montañero.

Al anochecer, cuando las luces iluminan y la gente se recoge, fui a dar un paseo por sus calles empedradas; sentía las energías de sus viejas casas e iba escuchando historias que las piedras me contaban. Al día siguiente fui a visitar un antiguo monasterio donde sus murallas aún guardan huellas de lucha, aunque siguen en pie para cantar a la vida; ahora son murallas de recogimiento y no de protección de lucha; sus jardines vivos llenos de flores blancas que rivalizan con las etéreas y ligeras nubes de verano, cuya fragancia envuelve el aire, me hacen recordar que aprendemos de los rumores del viento y de la belleza de la naturaleza.

Después de este bonito paseo entré en una pequeña y acogedora cafetería; me senté en la mesa más alejada para seguir disfrutando esa fragancia que tanto me seduce. Mientras esperaba al camarero, me di cuenta de mi cansancio, de cuánto echaba de menos el silencio, la fuerza y belleza de la naturaleza y, sobre todo, la serenidad que me transmitía. Mi vida estaba pasando por tormentas devastadoras, me encontraba en medio de una espesa bruma, no había marcha atrás, solo quedaba seguir hacia alguna parte. A mi derecha se sentaron unas señoras que no paraban de hablar y reír. Con tanta jarana, mi deseo de tranquilidad se interrumpió; las miré con cara de pocos amigos, pero me ignoraron y siguieron con sus risas. Quería marcharme; en ese momento apareció el camarero.

Las señoras contaban las peripecias de su fin de semana en un pueblo perdido entre las montañas. ¡Qué sorpresa me llevé cuando lo nombraron! Hablaban de mi pueblo, ese lugar del que hui hace tantos años. Tuve una sensación de vértigo, un tsunami me arrolló por completo, me ahogaba en mis emociones y recuerdos. Sentí cómo mi alma lloraba de desesperación.

Como un rayo alumbra la noche oscura, me vino la imagen de sus calles polvorientas, la casa familiar; sentí el olor a vaca y a fuego de leña; oía risas, llantos… “Volví a estar en ese domingo en que mi hermano mayor cumplía trece años. Se levantó con sigilo para no despertarnos, puso trece tazas de barro, una jarra de leche, pan y mantequilla sobre la gran mesa de madera que tantas grietas tenía, pero mi madre se había adelantado y le había preparado su tarta favorita de queso y frambuesas. Día de fiesta, de alegría, de dulces y algún regalo. La imagen de mi padre mirándonos alegre y orgulloso me sobresaltó. Mi padre era un hombre de montaña, alto, vigoroso, con mirada profunda, parco en palabras y tenía un corazón hecho de nubes blancas. Amaba el campo, trabajaba de sol a sol; casi no lo veíamos, excepto los domingos, donde era día de baño y fiesta porque en casa no había agua; teníamos que ir con cubos a sacar el agua del pozo que estaba en el patio, momento de alegría y juegos. Algarabía, llantos y risas, sonidos y recuerdos que me hacían sonreír y al mismo tiempo sentir nostalgia de mi gran familia.

La casa era de piedra y vigas de madera, típica de montaña, tenía dos plantas, en la planta superior las habitaciones y en la planta baja la cocina con un gran patio y en medio un gigantesco roble al que todos subíamos y todos, en alguna ocasión, bajábamos muy deprisa para gran disgusto de mi madre —más nos dolía su regañina que el dolor de la caída—. De súbito me envolvió el aroma de mi madre —olía a campo, a rocío, a tierra—. Vi su hermosa sonrisa de amor y ternura, su mirada limpia y profunda como la de un recién nacido; mis ojos se llenaron de agua y parpadeé con fuerza para sacar ese dolor punzante por su vacío. ¡Cuánto la echaba de menos!

Mi madre era una antorcha de fuego dorado que todo iluminaba; nos inculcó el amor a la naturaleza, nos mostró su sabiduría, nos enseñó a escuchar las historias de los árboles, de las montañas, a sentir la dulzura del agua del riachuelo; decía que en todos ellos habitaban seres invisibles que siempre nos ayudaban, pero para oírlos debíamos aprender a escucharlos; “recordad que la vida guarda en cada manifestación sus memorias presentes y pasadas”. Nos educó con valentía y fuerza para hacer frente a la vida y poder enfrentarnos a nosotros mismos; ese es el gran desafío, nos repetía; nos insistía en trascender los velos que nos envuelven para desentrañar los secretos que hay detrás de ellos.

Recuerdos de fogatas con cantos, historias, alegrías. Hubo una noche de verano muy especial. Como siempre, fuimos al bosque; mi madre hizo una fogata; le gustaba contar historias alrededor del fuego chispeante sobre las estrellas que forman carros, animales, cinturones de guerreros. Mientras la escuchaba, me sentí atrapado en la noche de los tiempos y dibujé algo en la tierra. Mi madre calló y me observó; vi en su mirada algo especial. Al día siguiente, ella y yo volvimos a ese lugar. Me preguntó: ¿Qué significa ese dibujo? La miré extrañado, pues sabía que ella lo conocía. Le conté cómo me sentí en el momento en que lo dibujé; también le dije que desde hacía tiempo soñaba con un lobezno blanco y un lago pequeño en una cueva; asintió con dulzura y me abrazó de forma especial; sus ojos llameaban amor. A partir de ese momento, empezó a revelarme otros secretos del bosque, del agua, de las montañas, de la tierra, del fuego.

Me despertaba al amanecer para que la acompañara a buscar raíces, hierbas y flores; me repetía: “Huele el rocío y siente cómo las flores, la tierra, los árboles se despiertan; observa los colores del amanecer y los colores de las energías que habitan el bosque; escucha la voz del viento que te contará la historia de las montañas cuya sabiduría se esconde en cada átomo de polvo. Siente desde tu corazón las fuerzas de la naturaleza; así vivirás la aventura de tu alma. El Creador vive en todas partes, en el polvo de cada camino, en cada casa, en cada árbol, en cada ser, pues es el sol, el aire, el agua, la risa, el llanto y se manifiesta en la naturaleza y en cada ser vivo a través de las leyes naturales de la vida”.

Desde siempre había visto a muchas personas que venían a casa para buscar consuelo y sanación; ella les preparaba unas cocciones para que mejoraran. Mi madre era la chamana y una tarde, mientras recogíamos raíces, hierbas, flores y algunas piedras, me comentó: “El chamán posee una creencia profunda en la naturaleza y en el cosmos; la naturaleza es su aliado más poderoso; debe pasar por pruebas exteriores e interiores, sabe que cada persona es dueña de su destino, que el alma es inconquistable, que el Creador vive CON la humanidad a través de la relación. También ayuda a su comunidad y les hace ser responsables de sus actos. El chamán es el guardián de las melodías de la naturaleza y debe transmitirlas”. ¡Tenía tanto que aprender! Cuando mi madre intuyó que estaba preparado, me llevó por un camino que desconocía. Nos encontramos con mi abuela, que la abrazó con gran dulzura; sus ojos destellaban rayos de amor, ambas lloraron en silencio. Sin mediar palabra, mi abuela se dio la vuelta y yo la seguí… Caminamos unas horas hasta llegar a una llanura donde había pequeñas casas de madera; muy cerca se oía el ruido de un caudaloso río. Pasé unas semanas entre ellos mientras aprendía. Una tarde, mientras hablaba con mi abuela, le comenté mi sueño recurrente —un lobezno blanco y un pequeño lago en una cueva…—.

Al día siguiente mi abuela me dijo que me preparara para partir; mis ojos expresaron dudas, pero continuó diciendo: “Tu madre, antes que tú, también tuvo que hacer ese camino, ir a la cueva del lago Medicina para recuperar sus memorias; saldrás en cinco días”. Al quinto día, justo antes de que la gran bola de fuego emergiera, me entregó algunas provisiones y su bastón: “Encuentra la cueva del lago si es tu destino, y vuelve cuando hayas recuperado la memoria”, dijo. En mi última noche volví a tener el sueño —estaba caminando hacia una gran montaña cuando oí un pequeño llanto, me acerqué y vi a un lobezno blanco; estaba escondido debajo de su madre muerta. Con cuidado lo cogí, le di agua y le susurré: —¡No tengas miedo, cuidaré de ti! Eso fue suficiente para que los duendes de la naturaleza hicieran el resto. Así desperté y empecé mi camino.

Al ir avanzando por el camino, la montaña se hizo más visible; cogí el sendero de un desfiladero, el sonido del río era profundo, me paré en un risco a descansar, me pareció oír un pequeño llanto, me vino a la memoria mi sueño y me acerqué con cautela. Vi a una loba muerta; debajo, un cachorro blanco. Lo cogí y, como en mi sueño, le susurré: “¡No tengas miedo, cuidaré de ti!”. Pasaron dos semanas antes de llegar a un valle. La vista era majestuosa, de una belleza tan singular que mis manos se elevaron para dar gracias por esa maravillosa creación. No muy lejos se veían cuatro montañas que parecían los dedos de una mano gigante; algunas águilas nos observaban bailando en círculos y me recordaron que ese lugar era sagrado. El cachorro, que se llamaba “Lobo”, correteaba contento y aullaba; supe que echaba de menos a su manada; hacía días que había visto a un gran lobo blanco que nos seguía a distancia. Lo llevé cerca de unas rocas y lo dejé; sabía que la manada acechaba. Me quedé esperando hasta ver cómo se iban juntos y el jefe de la manada me lo agradeció con su mirada y aullando se fueron.  Di las gracias en silencio a mi madre por sus enseñanzas.

Volví sobre mi camino y de vez en cuando veía al gran lobo blanco que aullaba para indicarme el camino cuando me extraviaba; oía la voz de mi madre: los animales son intuitivos y buenos. Había una cascada y me paré a observarla; justo a un lado vi un entrante; la cueva era espaciosa, en el fondo había un pequeño lago, seguramente del agua que se filtraba por la pared.

Estaba muy cansado, preparé una pequeña fogata y me quedé dormido. Una luz brillante me despertó. Miré hacia el lago y vi a una mujer que vestía una túnica azul zafiro; tenía una estrella dorada de cinco puntas en el pecho. Su dulzura me conmovió; sin decir nada, nos sentamos frente a frente, con las piernas cruzadas. Su sonrisa era cálida y serena. “Te estaba esperando”, dijo. Yo, en cambio, no pude decir nada; estaba fascinado de ver a esa hermosa mujer atemporal.

Ella sonreía y, al cabo de unos minutos, hablé: “Mi abuela me envió para recuperar mi memoria”.

—Lo sé; ha llegado el momento de recuperar tu conocimiento, tu sabiduría, tu responsabilidad. Sus ojos relampaguearon como si una bola de luz hubiera explotado.

Ella veía mi desconcierto y podía oír mis pensamientos; me miró y susurró: “Todo a su tiempo”.

Me desperté con un gran sobresalto; el sol empezaba a brillar con fuerza en el exterior. Fui al fondo de la cueva y justo al lado del lago Medicina vi huellas de pisadas pequeñas y una estrella dorada de cinco puntas en el suelo.

Durante cuatro noches tuve la misma experiencia; en la quinta noche fue la señora quien me despertó, cogió mi mano, salimos y subimos por el sendero hasta la cima; las estrellas estaban bajo nuestros pies, brillantes, cálidas, hermosas. Nos sentamos en silencio y oí la melodía del cosmos que solo la vibración del amor puede crear. Puso su mano en mi corazón y apareció una estrella dorada; su fulgor me absorbió y me llevó a través de una espiral de luz por universos lejanos donde había millones de planetas cristalinos.

Reconocí un lugar; todo era de cristal blanco donde los rayos desviaban luces de colores brillantes. Vi algunas figuras esbeltas y cristalinas que se alegraron de verme; oí en mi interior una voz: “No olvides de dónde vienes cuando vivas en el olvido; la estrella dorada que habita en tu corazón te recordará quién eres y de dónde vienes, te dará fuerza y amor para restablecer tu equilibrio cada vez que caigas. Es importante que sientas y mires todo a través del corazón”.

Como un flash, la visión de mi esencia, de mi verdadero hogar, fue tan fuerte que solo tuve deseos de permanecer en esa mágica dimensión; sin embargo, recordé mis palabras al pronunciar el juramento sagrado de fraternidad para ayudar a los demás; no podía olvidar que en el planeta habitan los contrarios, la infinitud de la esencia y la finitud de la existencia. Volví a estar en la cima de la montaña con la hermosa mujer atemporal que cogía mis manos y, sonriendo, desapareció.

Supe que había recuperado mi memoria.

Una profunda carcajada me devolvió a la cafetería. No había pasado ni dos minutos; comprendí que el tiempo y el espacio no existen en el universo del alma; el “ahora” es vivir en el alma; el ahora no es una unidad de tiempo. Miré a las señoras agradecidas y recordé unas palabras de mi madre: “El Creador se representa en la naturaleza a través de sus leyes naturales y en las personas a través del amor y del buen humor”. Eché una mirada hacia mi vida, me vi abatido, mi corazón vacío, sin latidos, mis ojos secos y me acordé por qué sentía esa aridez… —Otra vez estaba en mi pueblo, era feliz de hacer lo que hacía hasta que conocí a esa persona que me dijo y convenció: “Puedes sacar provecho de tu conocimiento y sabiduría”, y sin darme cuenta me sumergí en una espiral material de competición y ego; así empezó mi camino hacia el olvido, me extravié en un cruce de caminos, me olvidé de sentir, sepulté mi estrella dorada, me hundí en ese mundo donde las apariencias son la tarjeta de visita, sentí mi soledad rodeada de gente y mi llanto silencioso que cada noche me acompañaba cuando la luz se apagaba. Dejé de sentir por tener. Alto precio pagué al haber huido de ese pequeño pueblo donde la vida se vive entre cristales de colores y cantos de la naturaleza.

Me uní a sus risas y entablamos una conversación de lo más variopinta y sanadora.  Nunca sabrán el regalo que me habían hecho. Sentí de nuevo el pequeño cosquilleo de mi estrella dorada que me devolvió la presencia invisible, pero tangible de la señora de la cueva, de mi abuela, de mi madre, de mi pueblo; todos volvieron para darme ánimos y fuerzas. Una sonrisa iluminó mi cara; sentía los rayos dorados de mi ciudad de cristal que, aunque lejana, siempre está cercana.

Volví a mi pequeño pueblo de senderos de polvo y viento.

Vivir es recuperar la memoria del olvido, saber que la naturaleza y la magia se funden para hacernos comprender que somos el maestro de nuestro destino, que nuestra alma es inconquistable y que la presencia de la esencia siempre nos rodea. Como decía Séneca: “El hombre más poderoso es aquel que es dueño de sí mismo”.

(Foto privada)