por Ángeles Carretero | Abr 1, 2020 | Artículo
Una vez más en la historia de la humanidad, la vida nos sacude para que salgamos de nuestro profundo letargo que nos provoca la falta de conciencia. Mientras estamos en una situación confortable, sentados en el sofá de nuestra zona de confort, pensamos que nada puede cambiar y nos creemos eternos y fuertes, pero la vida llama a nuestra puerta sin avisar y nos zarandea, volviéndonos frágiles y vulnerables.
Los seres humanos hemos generado tanta crueldad y violencia a través de la historia que, una vez más, hemos vuelto a alcanzar su punto álgido; durante muchos años hemos intentado aniquilar a la familia Humanidad sometiendo a millones de personas a un sufrimiento atroz con guerras sin sentido, ausencias de derechos humanos, maltratos, injusticias…; a la naturaleza y a sus habitantes los matamos poco a poco con la polución, no respetamos nada. Un parón a nivel global ha sido necesario para volver a equilibrar ese desequilibrio feroz y mortal.
La Naturaleza agradece este parón para restablecer su equilibrio —aire más puro, aguas cristalinas, comida en los océanos exentas de plásticos, animales que se sienten en seguridad y podrán perdurar su especie—. En cuanto a nosotros, seres humanos, valoramos más a la familia, a los amigos verdaderos, pues de tanto correr y correr los habíamos dejado muy atrás en nuestras vidas.
Cuando una célula enferma, el cuerpo humano entero enferma, lo mismo sucede con la familia Humanidad, cuando uno enferma, los demás enferman y ahora, en estos momentos difíciles, la humanidad entera está en peligro y todos debemos tomar consciencia de que nuestra vida anterior no era la mejor. El mundo se ha paralizado y ha dicho ¡basta! Ha llegado el momento de ser solidarios y generosos con conciencia; ha llegado el momento de que los líderes de los países sean conscientes —de una vez y para siempre— que la vida es más importante que poseer un sillón en un despacho, deben tener como prioridad la salud y el bienestar de los ciudadanos del mundo y no seguir jugando a ser dioses de barro. Durante muchos años los recursos económicos se han destinado a armas para guerras en beneficio de unos cuantos y en perjuicio de muchos, en lugar de invertir en investigación científica, sanidad, vivienda, educación tan necesarias hoy en día.
Los actuales acontecimientos producidos por el COVID-19 están trayendo una serie de profundos cambios a la humanidad entera y uno de esos cambios es tomar conciencia de nosotros y de nuestros actos. A esta pandemia no le interesa el pasaporte, el DNI, la profesión, el estatus social o la cuenta corriente de nadie, ante ella todos somos cuerpos biológicos, todos vulnerables y todos podemos ser vencidos por ese enemigo invisible. En estos momentos tan delicados y complejos, nos hemos dado cuenta de que no existen credos, colores de piel, culturas, solo existimos cuerpos humanos queriendo sanar esas células enfermas que nos matan. Ha llegado el momento de pensar en la Humanidad como unidad.
Estos momentos de reflexión nos ayudan a descubrir quiénes somos, analizar nuestro comportamiento y sus consecuencias. Dependiendo de nuestro comportamiento, estas reflexiones escuecen más o menos, pero al cabo de unos días ese escozor se transforma en un bálsamo de comprensión y nos ayuda a comprobar, sin juicios, que el futuro no existe y que hemos perdido gran parte de la vida corriendo hacia ningún lugar, proyectando una película de imágenes inexistentes, excepto para nuestra mente.
Nada puede cambiar si nosotros no lo deseamos, y para ello debemos ser responsables de nuestros pensamientos y acciones. Para aprender a ser conscientes debemos saber lo que nos pasa. Nos hemos olvidado de reír —de intercambiar sonrisas, palabras agradables y agradecidas, miradas alegres y serenas— por estar inmersos en un mundo material y egoísta, de competición, de no mirar por los demás solo de pisotear. Ahora nos damos cuenta de que tanta competición, que tanta codicia, que tanto egoísmo no sirven de nada. El mundo nos ha parado y nos ha hecho más frágiles y vulnerables de lo que ya éramos. Pero también nos regala el rayo de luz llamado conciencia, que empieza a anunciar que el crepúsculo deja paso a un nuevo día.
Todas estas enseñanzas que cada uno de nosotros vivimos en nuestra piel nos llevan a tomar conciencia de uno de los problemas más urgentes a resolver, el de los niños y jóvenes que deben estar preparados no solo física, emocional o mentalmente al gran cambio sino también espiritualmente, ya que deben comprender y asimilar que lo primero es respetarse a sí mismos y a los demás; que deben buscar soluciones y no rupturas; que deben prepararse con fuerza y coraje para no utilizar la venganza sino el perdón; que deben prepararse con sabiduría para la tolerancia, la justicia, la paz, y la libertad. Deben prepararse para aceptar que todos somos seres humanos con derechos y responsabilidades y para este gran cambio es necesario la educación, vivienda, sanidad, libertad, paz, progreso, compromisos y alternativas…—. Las futuras generaciones tienen la gran responsabilidad de empezar la creación de un mundo mejor por los cimientos, tomando conciencia que deben prepararse para futuras pandemias que tocan al mundo no solo a nivel biológico sino emocional, mental y espiritual, siendo este, la clave para poder cambiar, y esa educación empieza en las familias.
El cambio en el mundo nos lleva a plantar una semilla de color con aromas de primavera en nuestro micro jardín del universo para que todos podamos disfrutar de la nueva vida en el planeta como una gran familia, Humanidad. Los cimientos para construir un jardín lleno de colores, aromas y belleza son los valores que hemos olvidado y que ahora recuperamos —honor, lealtad, honestidad, integridad, fuerza, dignidad, coraje, sabiduría, generosidad…—, sin valores volveremos a ese mundo anterior y todos conocemos sus consecuencias.
Ahora es el momento del cambio, de ver a la Humanidad como unidad, de romper los muros de separación para crear puentes de unión.
(foto privada)
por Ángeles Carretero | Mar 29, 2020 | Relatos
La vida me llevó por muchos vericuetos, unos sublimes y agradables, otros dolorosos y opresivos. En una de esas experiencias opresivas terminé en un hospital donde me indujeron el coma —recibí tantas patadas en la cabeza que mi vida quedó pendiente de un hilo, produciéndome daños internos y externos y como no hay mejor remedio que el descanso para sanar el cuerpo y el alma, mi cuerpo se durmió durante varios días. Gracias a ese “descanso” muchos de mis sentidos se desarrollaron; mi conciencia profunda me hizo ver y percibir energías sublimes de universos paralelos. Comprendí que no solo somos carne y huesos, somos parte de un alma global fragmentada y cada uno llevamos en el corazón un trocito de esa alma.
Mi conciencia me enseñó a observar sin juicios mi vida, desde mi nacimiento hasta ese momento en el hospital. Éramos energías que jugábamos en el éter donde somos cocreadores de las manifestaciones; me manifesté en un águila que jugaba con el viento, planeando y observando desde lo alto la belleza del planeta – montañas, ríos, océanos de arena y sus altas olas y océanos de agua con olas que al unirse unas con otras forman esculturas de bailes con pasión para acariciar la orilla y dejarlas descansar; volcanes, flores, colores, seres vivos…—.
De pronto estaba en mi casa, era una presencia invisible que todo veía y sentía, sentí un amor profundo por mi madre que estaba a punto de darme la bienvenida al mundo, ¡cuánta alegría en las miradas de mis padres!
Mientras miraba el milagro de la vida bajo esa apariencia de luz donde no existe la oscuridad ni la sombra, vi mi vida física pasar. Reviví muchas escenas, pero me detuve en unas cuantas que fueron las que forjaron mi presente. “Mi madre era un corazón andante que amaba a los demás sin límites, pero su vida cambió por avatares de la vida y con el tiempo se había olvidado de amarse a sí misma, de tanto huir se olvidó que existía; creó una prisión donde era su propia prisionera al aceptar un ambiente de imprecaciones y violencias que herían su alma; había dejado su valía en el desván entre viejos e insignificantes muebles tal y como ella misma se sentía ante esa batalla de violencia, desprecio y miradas vacías. Lloraba en silencio su debilidad cuando pensaba que yo no la veía ni escuchaba. En ese ambiente de violencia, miedo y sumisión crecí y por ello, entre otras cosas, me convencí de que yo no merecía ser feliz. Desde esa perspectiva del Ser vi cómo se reproducía el mismo escenario de mis padres y supe con certeza que hasta que no se rompiera el círculo de esas vivencias y aprendiera las lecciones, una y otra vez se reproduciría el mismo escenario.
Observé otra escena que puso su huella en mi alma, mi comportamiento en el colegio cuando era niña. La violencia que sufría en casa la pagué con una niña que tenía unos preciosos ojos color violeta, aunque apagados por su tristeza; nadie quería jugar con ella, no podía caminar bien y menos correr. Las niñas, incluida yo, fuimos muy crueles con nuestras burlas y desprecio. Al observar y sentir ese dolor causado gratuitamente y sin razón me llené de tristeza, mi corazón sintió una profunda pena y pidió perdón a mí misma, a la niña y a la bóveda celeste. Supe que todos los comportamientos tienen sus consecuencias.
Mi conciencia me llevó al día previo de recibir esa paliza monumental, a veces creamos caos para poder salir del mismo; reviví la escena que me rompió el corazón cuando sentí que había perdido el respeto de mis hijos; prefirieron marcharse a vivir en ese infierno que había creado. Sus miradas de reproche me recriminaban por qué no quería actuar y librarme de esa violencia gratuita…, mi silencio y lágrimas de miedo fueron los que cerraron la puerta detrás de ellos. Grité en silencio, llenándome de dolor y rabia hacia mí misma por mi debilidad, oía sus reproches, sus miradas de incomprensión y dolor, pero también miradas de no aceptación. En ese momento comprendí que al igual que yo hacía con mi madre, ellos lloraban por mí, pero hasta ese momento fui ciega, era yo la que debía tomar la decisión. Vi con claridad que es crueldad hacer daño a los demás.
Al observar mi vida sin juicios, solo como hechos y ver que el velo del miedo se había apoderado de mi cuerpo olvidando al amor, sentí una oleada de ternura y perdón comprendiendo que el amor es la fuerza de luz de la vida que siempre vence a la oscuridad. Sentí una fuerza que atravesaba mi cuerpo físico y tenía ganas de gritar que la vida es para ser vivida, no para ser violentada; comprendí que soy la única responsable de mi cielo o infierno y lo único que debo hacer es decidir lo que quiero vivir. Esa fuerza que sentí hizo que despertara y lo primero que pensé fue: “tengo derecho a vivir, a ser feliz, a la abundancia, al respeto y al amor”, comprendí lo que mi conciencia me enseñó: “el amor todo puede realizar siempre y cuando seas capaz de hacerlo con el corazón”. Esta fue la gran enseñanza que recibí en ese universo donde todo es posible menos el miedo y la violencia”.
Cuando salí del hospital me llevó un tiempo tomar la decisión de separarme y empezar una nueva vida. Subí al desván y tiré todos esos viejos muebles que simbolizaban mi antiguo yo. Había llegado el momento de ser una adulta responsable y ser consciente de mis decisiones. Después de un periodo de aprendizaje y saborear la valentía volvió esa fuerza que sentí en el hospital “la vida es para ser vivida, no para ser olvidada”. Una tarde fui a una charla que trataba sobre el maltrato y como abandonarlo. Cuando terminó me acerqué a la ponente y ¡sorpresa!, me encontré con dos hermosos ojos color violeta que brillaban como soles al amanecer. Me presenté y me reconoció, le pedí perdón por haber sido tan cruel con ella. Con gran sabiduría y compasión me dijo: “que esos momentos tristes y dolorosos habían dado lugar a una fuerza inconmensurable y a preguntarse ¿por qué no yo?”. Su respuesta valiente fue la que hizo que hoy fuera una mujer espectacular, llena confianza y amor, cuya vida está dedicada a la más hermosa misión, ayudar a la familia humanidad.
Comprendí muchas cosas y a partir de ese día me preguntaba continuamente ¿Por qué no yo?
En mi aprendizaje seguí viviendo algunas tormentas, unas más fuertes que otras y ambas me enseñaron que el miedo y la ira nos desprotegen del valor y coraje porque eliminan la fuerza de la vida que todos llevamos dentro. Sin motivación en nuestra vida viviremos en una isla dentro de un inhóspito desierto; solo la energía que nos lleva a la motivación de luchar por la vida es la que nos da la confianza y la seguridad que necesitamos para hacer lo que realmente deseamos hacer aunque haya gente que nos ponga la zancadilla. No podemos olvidar que el problema no es el problema, si no cómo reaccionamos ante el problema esa es la gran diferencia, si no, nuestro presente se alimentará del pasado continuamente.
Muchas personas se cierran en su prisión del miedo, de la violencia, de sus complejos, pues se sienten insignificantes a causa del daño recibido en su alma. Es hora de preguntarse: ¿por qué no yo? La respuesta firme y valiente es la que nos hará sentir esa fuerza llamada motivación para luchar por nuestro derecho a vivir, a decidir y a ser feliz y nunca olvidar que somos los escultores de nuestro día a día.
He pasado por muchas vicisitudes, he vivido ahogada en un océano de arena, pero ahora vivo en un lugar donde el mar crea figuras de amor y pasión y las deposita en la arena para que yo las vea y aprenda a subirme en las olas para viajar hacia donde yo quiera.
(Foto privada)
por Ángeles Carretero | Mar 23, 2020 | Artículo
Confucio dijo: “la naturaleza hace a los hombres parecidos, la vida los hace diferentes”.
Cada uno de nosotros podemos cambiar nuestra realidad si aceptamos nuestra vida, cultura, raza y creencia; aceptando nuestra realidad, dejamos a un lado la realidad creada por el miedo y el sufrimiento y estamos dispuestos, también, a aceptar la realidad de los demás.
Todos llevamos en nuestro interior una verdad inherente a nosotros mismos y debemos luchar para descubrirla; dicha verdad está regida por un mandamiento superior de valores humanos como justicia, respeto, libertad, integridad y solidaridad. Muchas personas olvidan con frecuencia su propia verdad y se extravían por derroteros de su propia destrucción al aventurarse en escondites donde su cuerpo alberga al miedo y al sufrimiento.
Construimos templos de ladrillos que existen para compartir con otras personas momentos efímeros de paz, generosidad y perdón, pero, a menudo, nos olvidamos de nuestro templo interior, el sanctasanctórum, donde reside la chispa creadora individual e intransferible; esa chispa divina es el timón de la fe de todos los credos y nos conduce hacia el conocimiento, la sabiduría, la paz y la alegría de la vida.
Muchas personas confunden fe con sumisión —acatar normas y preceptos que otras personas imponen—. La verdadera fe es libre como el aire que todo atraviesa, es una fuerza creadora que el alma nos entrega para poder conectar con nuestro poder divino, haciéndonos mejores personas y así poder ayudar a los demás. La espiritualidad es espíritu/alma, no religión y nos toca el corazón a través de su esencia creadora, el amor, y, una vez que nos toca, no podemos negar su existencia.
Las religiones fueron instauradas por seres humanos y su poder ha sido y es muy codiciado, motivo por el cual nos hemos matado durante milenios y la lucha continúa; es una lucha entre egos ciegos y egoístas y tan ignorantes que aún no saben que nada saben; esos egos ganan batallas a través del terror y del miedo imponiendo sus injusticias, miserias y muertes. El ego es contrario a la fe y al amor. La unión de creencias es lo que hará que se acaben esas batallas sin sentido, solo hay un propósito en la vida y es proteger a la gran familia humanidad para que mantenga su dignidad y respeto. Protegiendo a las personas, protegemos al mundo.
Hay muchas y diferentes creencias —Naturaleza, Luz, Dios, Allah, Yahvé, Zoroastro, Buda, Wakan Tanka…—, y todas son válidas siempre y cuando sea la esencia del amor la que guíe los pasos de cada ser humano. Igual que el crepúsculo despierta al día y las estrellas nos arropan por la noche, las creencias son parte de un alma global a la que todos pertenecemos y llevamos en nuestra alma. Todo en la tierra es una manifestación divina.
Las luchas por la supremacía de una religión no tienen, en absoluto, nada que ver con la fe y el amor creador; esas luchas solo han traído a la humanidad muerte y dolor; el amor creador es la fuerza que crea vida y alegría, incluso, ha creado el universo, planetas, naturaleza, seres vivos y entre ellos, a los seres humanos. La fe y la unión de las creencias son los motores para que haya paz entre los seres humanos y respeto por la naturaleza, ambos indisociables. Si unimos nuestros esfuerzos en el respeto de aceptar las diferentes creencias, obraremos milagros en el planeta, evitando guerras, dolor y muertes.
La creencia es la savia de la vida, haciéndonos emprender actos de amor como seres humanos, y debe ser reforzada por las diferentes culturas y razas; el conocimiento, la fe, la sabiduría, la compasión, el perdón y la paz son semillas plantadas en una matriz de amor que ha creado océanos de arena y agua, inhóspitos desiertos y valles fértiles donde todo germina para favorecer el cambio en la conciencia del mundo por el bien de la Humanidad.
(“La naturaleza sagrada del ser humano”. Dibujo Lorena Ursell)
por Ángeles Carretero | Mar 21, 2020 | Poesía
En un segundo el mundo cambió.
El aire a través del viento dijo
“peligro, peligro, la muerte se lleva
a mayores y menores”.
Palabras sobre enfermedades y muertes,
palabras de tranquilidad y calma
nos inundaron y los políticos
cerraron las puertas de las fronteras
y llamaron a los habitantes a estar en casa.
Momentos de miedo, angustia y tristeza
que todos llevamos en el corazón,
por tener que estar en casa
solos o mirando la televisión.
Con tanto ruido e información
nos hemos olvidado
de niños, niñas, mujeres y hombres
que luchan por su vida a cada instante,
ellos han perdido la ilusión de un abrazo gigante,
y el calor de unas palabras de amor de su madre,
no tienen casa, ropa ni comida,
no tienen dónde cobijarse
porque se han quedado sin país y sin familia.
Nosotros bajo un techo y cocina caliente
nos quejamos por no salir a pasear
o por no poder socializar,
sin pararnos a pensar
qué millones de personas
mueren por no tener pan ni casa donde habitar.
Tenemos a nuestra disposición
Internet con todas sus webs para entretenernos,
pero ¿qué pasa con los derechos humanos olvidados?
Niños, niñas, mujeres y hombres
de todas las edades
viven de prestado como refugiados
en países donde son ignorados, maltratos y violados
por otros seres humanos.
Niños, niñas, mujeres y hombres
sufren el horror de la supervivencia,
teniendo a la muerte por compañera,
viven bajo una tela rota,
mientras sus huesos se hielan
y sus estómagos se callan
pues ya han tirado la toalla.
Nadie dice nada,
Porque estamos preocupados
por quedarnos en casa.
Niños, niñas, mujeres y hombres
de todos los rincones del mundo
piden hoy con esta melodía de poesía
que el aire a través del viento lleven su mensaje
a todos los rincones del mundo
para que sean oídas sus plegarias
y llevarles un poco de comida y alegría,
paz y solidaridad para terminar
con ese infierno que es la lona rota
y los huesos helados
sin tener un abrazo
cálido y gigante de otros brazos.
por Ángeles Carretero | Mar 15, 2020 | Artículo
El primer paso a dar en la danza de la libertad es desear, aprender y comprender lo que significa libertad.
La libertad es el don de la vida que nos permite ser y existir en nuestra diferencia y complejidad, en nuestra creencia y cultura, respetando a todo aquel que no coincida con nosotros; aceptando la diferencia, no tenemos que sentir miedo de ella, podemos ser incomprendidos, ignorados e, incluso, injuriados, pero no seremos veletas al son de la música de otros. No aceptar la diferencia significa debilidad, pues concedemos más importancia a los demás que a nosotros mismos.
Expresando nuestro deseo de liberación estamos en posición para empezar a dar nuestros primeros pasos al ritmo de libertad. Ese deseo nos acerca a los valores primarios del ser humano, respeto y dignidad, y nos procura valentía y fuerza para enfrentarnos a nuestros miedos, temores y dudas que crecen en la incertidumbre del día a día. Para acercarnos a la libertad es necesario que la incertidumbre ceda su lugar a la certidumbre que trae alegría y paz, haciéndonos responsables de nuestro comportamiento y de nuestros pensamientos.
Antes de dar los primeros pasos debemos conocer la coreografía de nuestro espectáculo y saber qué ritmos deseamos bailar. Esas ideas, esas decisiones, deben ser claras y concisas para llevarnos a tomar decisiones correctas, pues, si no tenemos claro lo que queremos, tomaremos decisiones equivocadas; y en lugar de que nuestros pies floten al ritmo de la danza de la libertad estarán tropezando sin piedad.
Cuando intentamos bailar siendo autómatas lo hacemos llevando la máscara para ocultar nuestro dolor y sufrimiento. A todos nos han herido y hemos herido, todos tenemos la capacidad de odiar y amar y depende de cada uno de nosotros la elección sobre qué emoción queremos sentir y compartir, no olvidemos que debajo de la máscara se encuentra nuestro verdadero yo. Aunque hayamos sido victimizados, no somos víctimas, pues sabemos que la autocompasión solo lleva a la autodestrucción, y sabiendo la respuesta dejamos de estar en la reacción para estar en la acción positiva, pues nuestro comportamiento ha cambiado así como nuestros pensamientos.
Todos tenemos profundas cicatrices en nuestro cuerpo y en nuestra alma, pero esas experiencias no nos han destruido, al contrario, hemos aprendido que la vida es hermosa y que debemos luchar por nuestros ideales y por nuestros valores, y hemos aprendido que la fuerza más poderosa para sanar es el perdón; si nos perdonamos y perdonamos a los demás dejamos de ser prisioneros de esa ira, dolor, frustración para ser libres en nuestra emoción del amor, habiendo dicho adiós a las heridas y dando la bienvenida al aprendizaje de la vida —lágrimas y risas—.
Todos estos pasos son los que nos llevan a escuchar los acordes de la libertad. La libertad de ser y de existir nos lleva a un punto de inflexión, la comprensión de que todos estamos unidos por el vínculo de la familia humanidad. Hay que dejar salir toda la presión de prejuicios, de diferencias, de piel, creencias, culturas, tradiciones que llevamos dentro para dejar fluir y descongestionar nuestro cuerpo biológico, emocional y mental, así dejaremos sitio para que la lucidez tome el relevo y seamos conscientes de que somos los artífices de nuestra vida, y para ello hay que aceptar nuestras decisiones y no permitir a nadie que tome el rumbo de nuestra vida, así dejaremos de ser víctimas y prisioneros en un escenario que no es el nuestro.
A veces no queremos oír las palabras que nos dice el alma, pero por mucho ruido que haya en el exterior e interior nunca podremos acallar esas palabras que una y otra vez resuenan en los acordes del alma para darnos fuerza y coraje y seguir avanzando, ayudándonos a levantarnos cuando estamos caídos. Esas palabras son los acordes de nuestro silencio para que haya diálogo entre nuestra alma y el alma de la vida, bailando al ritmo que marca los regalos que la vida nos ofrece para movernos al compás de la canción de la verdad, donde la duda y la incertidumbre se han ido, pues ahora vivimos en libertad.
La libertad es ser y existir con respeto y dignidad y cada acción humana positiva ayuda al conjunto de la familia humana a que el milagro de la vida se pueda realizar con esta danza de libertad.
(«La Naturaleza Sagrada del Ser Humano». Dibujo Lorena Ursell).