El telescopio mental para descubrir la alquimia espiritual

El telescopio mental para descubrir la alquimia espiritual

El ser humano es el único ser que puede transformar su sombra en luz. Es un habitante de dos mundos —visible e invisible— y puede crear puentes para que todos podamos atravesarlos y llegar al reino interior de la luz suprema.

A lo largo de la historia, poseer el conocimiento de la alquimia otorgaba poder a aquel que sabía transformar oro en plomo. Sin embargo, la alquimia no solo es transformar metales. La verdadera alquimia es transformar nuestra oscuridad en luz para poder tener una vida más alegre y equilibrada. Esa transformación genera la mutación de nuestra conciencia, lo que nos permite distinguir y aceptar los contrarios, la luz y la sombra son necesarias para crear un hermoso cuadro; cuando somos conscientes de nuestra existencia se despierta una fuerza en lo más íntimo de nuestro ser que nos empuja a buscar y avanzar, muchas veces a contracorriente, pero el ansia de seguir avanzando procura al alquimista entusiasmo, comprensión y conocimiento para seguir ahondando en los misterios, en las fuerzas del cosmos y del universo personal.

La búsqueda de la metamorfosis del oro filosófico, esencia del alma, no es privilegio de algunos, todos tenemos la capacidad de transformación si nos lo proponemos y, ese privilegio, no tiene nada que ver con creencias, mitos o ideas sociales. Cuanto más nos interiorizamos, más comprendemos los entresijos de la vida al aceptarlos porque somos conscientes de nuestra experiencia, lo que nos permite cruzar la frontera de nuestro pequeño yo.

Como decía Carl Jung: “El peligro más grande del hombre es el hombre, y lo más peligroso son las epidemias psíquicas”. No podemos olvidar que somos seres humanos que vivimos experiencias que no deseamos lo que provoca miedo, ira, dolor, pero tampoco queremos salir de nuestra zona de seguridad, lo que nos lleva a reaccionar, muchas veces, con violencia hacia los demás.

A través de la sabiduría de la energía transformadora aprendemos a conocer nuestro cuerpo —conciencia viva—, compuesto por las mismas células de luz que el cosmos. Nuestro cuerpo físico está formado no solo de carne y huesos, sino además de emociones, pensamientos y sentimientos, todo íntimamente entrelazado para crear un universo único a cada instante, nuestra vida.

Nuestro cuerpo emocional es complejo y muy importante, a través de las emociones vivimos momentos agradables y dolorosos. Muchas veces el dolor sufrido en nuestra infancia, al ser vulnerables, deja profundas fisuras difíciles de ocultar. Las heridas del pasado, si no se han curado, siguen afectando nuestro actual comportamiento, pues, aunque las hayamos rellenado de olvido, siguen latiendo con fuerza hasta que un recuerdo (grande o pequeño) las devuelve a la vida, desatándose una tormenta de emociones incontrolables, volviéndonos incluso peligrosos si actuamos con una ciega violencia. Sin embargo, si hemos sanado las heridas del pasado, cuando emerge un recuerdo y toca nuestras fibras sensibles, no habrá dolor ni violencia, solo un hecho acontecido.

Nuestras propias sombras nos asustan y aunque anhelemos la dicha y rechacemos el dolor, no estamos dispuestos a salir de nuestra zona de confort. Una persona que hace daño a otra no es consciente de sí misma y no aprenderá hasta que sea consciente de su conducta. El cuerpo mental es sutil, complejo y poderoso. La mente es tradicional y toma decisiones usando nuestras experiencias que provienen de nuestro entorno familiar y social; también es donde habita el ego —enemigo invisible de la serenidad y alegría que nos arrastra hacia abismos insondables—, el ego nos impide, a través del miedo, salir de la rutina asfixiante de las ideas preconcebidas y ofuscaciones. Todos sabemos lo que hace sufrir un ego lastimado.

La mente puede ser nuestro mejor amigo y nuestro peor enemigo. Los demonios transitan por nuestra vida con disfraces propios y ajenos que crean el mal que no es otra cosa que un veneno de la mente y nos hace sentir desprecio por nosotros mismo y por los demás a través de la adicción, soberbia, codicia…, pero existe el antídoto a ese veneno, el alma que si aprendemos a escucharla nos alimentará con confianza y serenidad para tomar decisiones con responsabilidad.

Nuestro cuerpo es la mayor obra de arte jamás concebida; además de nuestro cuerpo físico —(biológico, emocional-mental) con sus sentidos externos (vista, oído, olfato, gusto, tacto) que nos permiten disfrutar de la vida—, poseemos el cuerpo espiritual, el gran abandonado, con sus facultades internas (lucidez, imaginación, memoria, intuición, creatividad) que nos permiten concebir nuevos mundos en nuestra vida para un mayor bienestar de todos; el conocimiento de todos los cuerpos nos ayuda a observar su buen funcionamiento en todas sus dimensiones y a sentir la vitalidad interior y la percepción sensorial para crear alegría en nuestro interior y poder compartirla con los demás.

Rumi decía: “No te sientas solo, el universo entero está en ti”, así el alquimista disfruta mirando a través de su telescopio mental para traspasar sus límites e ir al encuentro de la trascendencia —conocerse a sí mismo—, principio de la sabiduría, pero recordemos que para ello necesita comprender los entresijos de su vida. Él sabe que es un alma encarnada en un traje físico.

Todos somos diferentes sin ser enemigos y debemos honrar nuestro cuerpo para venerar nuestra alma. Deberíamos preguntarnos: ¿Qué nos hacemos a nosotros mismos con la vida que llevamos? La respuesta nos pertenece a cada uno de nosotros, así como nuestras elecciones.  Nada está predestinado, todo depende de nuestras decisiones. La vida se vive con riesgos, “sin combate, el guerrero de la vida no existe”, le decía el alma a su compañera.

(Dibujo Lorena Ursell, “La Naturaleza Sagrada del Ser Humano”)

Somos habitantes de dos mundos

Somos habitantes de dos mundos

La rueda de la vida, en su eterno movimiento, no se para ni espera a nadie. Todos los seres humanos, en algún momento, a lo largo de nuestra vida, hemos tocado la cima y el fondo de nuestras emociones. Como decía Séneca: “Para ser feliz hay que vivir en guerra con las propias pasiones y en paz con los demás”.

La vida es un viaje entre el nacimiento y la muerte del cuerpo en este mundo manifestado, sin embargo, existe otro mundo dentro de nosotros que es mucho más sutil, grandioso, eterno, el mundo del alma, que hemos olvidado; este olvido nos causa emociones sombrías de ira, resentimiento y dolor al vivir, solamente, a través de los sentidos y de la razón.

Los seres que han buceado en sus profundidades saben que esos dos mundos, el alma y el cuerpo, están entrelazados tan íntimamente que son indisociables. En el mundo material del cuerpo existe la luz y la oscuridad, ambas necesarias para experimentar la vida. En el mundo del alma existe el amor, esencia creadora de nuestra vida, y siempre nos susurra que volvamos a la armonía y al equilibrio para evitarnos más sufrimiento, pero como la hemos olvidado, no la escuchamos. Las personas que oyen y sienten ese susurro saben que la sabiduría y la humildad evitan que entren en campos de batalla.

El objetivo de cualquier ser humano en este mundo es aprender a vivir consigo mismo dentro de esa energía de paz y libertad que es el alma, ¡qué gran desafío! Es en el mundo del alma donde se puede transformar la agresividad en ternura y el orgullo en humildad. Todo ser humano tiene su propio camino y derecho, todo tiene su razón de ser, su sentido y su propio ritmo. Séneca nos recuerda: “el hombre más poderoso es el que es dueño de sí mismo”.

Los habitantes que son conscientes de los dos mundos empiezan a sentir la vibración de su alma desde muy jóvenes; la soledad y el silencio son sus mejores compañeros en el camino del autoconocimiento, asimismo, desarrollan la observación (herramienta imprescindible), para que el discernimiento florezca en el plano material y espiritual. A medida que van creciendo buscan lugares apacibles, sobre todo, en la naturaleza, manifestación de belleza y armonía, donde perciben que cada átomo de la materia contiene al macrocosmos; también son conscientes de que los secretos del universo están guardados en el corazón, sede del alma, al que lanzan miles de preguntas para recibir respuestas en la calma de un momento, poniéndolos sobre las pistas necesarias para descubrir verdades universales y compartirlas con todo aquel que desee conocer su verdad.

Los seres humanos vivimos en nuestro propio contexto —familiar, laboral, social— y nos identificamos con nuestros pensamientos, sentimientos, roles en la vida que no son nuestra verdadera identidad; por ello nos colocamos una máscara para creer que somos otra persona, como consecuencia de ese disfraz tenemos profundas huellas de tristeza, dolor, apatía, frustración que cargamos a la espalda. Sin embargo, cuando vivimos identificados con nuestra alma, cuando somos conscientes de ser habitantes de dos mundos, nuestra existencia se aligera al centrarnos en buscar soluciones en lugar de crear problemas porque comprendemos los entresijos de las situaciones. El objetivo de la vida es volverse soberano de uno mismo, cambiando la máscara por la verdadera consciencia de nuestra identidad. Cómo decía Epicteto: “las cosas no pueden ser malas, solo pueden ser la forma en que tú piensas”.

Cada país, región, municipio, barrio, por muy recóndito que esté, tiene una historia única e irremplazable que contar —historia de nacimiento y muerte, de corazones vivos y muertos, de llantos dulces y amargos, de sueños realizados y olvidados—, todo forma parte de ese gran proceso que es la vida de cada persona. Mientras haya vida la rueda gira, no se para bajo ninguna circunstancia y si nos paramos pensando que el mañana será mejor que hoy, perderemos la vida porque no podemos recuperar el tiempo perdido, no olvidemos que la rueda de la vida tiene su propio ritmo y su propia ley.

Cuando nos adentramos en el mundo del alma vemos su resplandor y sentimos su vibración de amor, lo que nos proporciona libertad para ser y existir en el mundo de nuestra existencia.  Nuestra vida interior es nuestro reflejo exterior.

(foto privada “La Naturaleza Sagrada del Ser Humano”)

La vida no es un campo de batalla

La vida no es un campo de batalla

El espíritu del cosmos vive en cada átomo de la naturaleza, de los elementos y seres que habitan en el planeta, animados e inanimados, por lo tanto, conoce el secreto de sus naturalezas profundas, sintiendo sus vibraciones de caos y orden, de alegría y tristeza.

Desde el comienzo de la historia de la humanidad, la vida siempre ha sido un combate sin tregua en todos los rincones del planeta; sin embargo, la vida en la tierra no se creó para ser un campo de batalla entre seres humanos. Todas esas guerras sin piedad han tenido y tienen un denominador común: poder; todos sabemos que para que unos ganen otros deben perder.  Han pasado muchos milenios y, en la actualidad, solo se ha cambiado la forma de hacer la guerra, como consecuencia de tanta destrucción, la humanidad se siente como una marioneta y vive sumida en el miedo en algunos lugares de la tierra, al no ser dueña de su propia vida, teniendo que huir o morir si no acata las directrices impuestas por esos dioses del averno que se creen todopoderosos, estos han olvidado que solo son tristes figuras de barro y que cuando caen se rompen en mil pedazos.

Siempre hay que observar y escuchar a los demás para saber cuáles son sus necesidades, a los líderes les corresponde la responsabilidad de ser honestos dirigentes para conocer las demandas de los ciudadanos y luchar por el bien común —como decía: Marco Aurelio, Emperador de Roma: “no gastes más tiempo argumentando acerca de lo que debe ser un buen hombre. Sé uno”—. Nuestra existencia en el planeta tiene como objetivo vivir con respeto y dignidad, no hay otra meta; sobrevivir con miedo anula la libertad de ser quienes somos, de expresarnos y de crear nuestra propia historia.

Si echamos una mirada hacia atrás, veremos que la historia de la humanidad está hecha de llantos. A lo largo de milenios, la mayoría de los países han sido sometidos por conquistadores sembrando dolor y caos, destruyendo la identidad de pueblos enteros. Ha llegado el momento de comprender que la vida no es un campo de batalla en ningún aspecto —colectivo y personal—, todos tenemos el mismo derecho a elegir nuestra historia y a vivir con dignidad y respeto. No olvidemos que todos los países del mundo han sido conquistadores y conquistados y todos han perdido. La humanidad debe ser liberada con la no violencia para que los derechos de los seres humanos prevalezcan en justicia y libertad por encima de los deseos ambiciosos de algunos individuos.

El clarín de la paz ha sonado de nuevo, su resonancia se oye en los más recónditos lugares de la tierra y su vibración toca a todas las almas dispuestas a vivir en la paz, la alegría y prosperidad; la vida necesita esperanza para poder realizar sueños, hay muchos caminos y un solo objetivo, vivir. El espíritu del cosmos conoce nuestra naturaleza profunda y sabe que solo la paz nos puede indicar el camino que necesitamos para que seamos mejores personas, y, para ello, debemos aprender y respetar la gran riqueza de todos los pueblos que habitan en el planeta —tradiciones, creencias, culturas—, lo que evitará caer de nuevo en la temeridad de la injusticia que es la base de la violencia.

La paz no es ausencia de conflicto, la paz es altruismo, antorcha que nos ayuda a iluminar la sombra y trae consigo unidad, entusiasmo y ganas de vivir. La paz es la fortaleza donde el egoísmo, debilidad y tibieza tienen prohibida su entrada, porque esas conductas avivan el fuego del ego enfermo y desmesurado de la injusticia. La lucha por la paz es una lucha sin armas bélicas, solo las armas de la conciencia, del amor, de la libertad, del sentido común pueden ser utilizadas para restablecer el equilibrio del ser humano.

Las huestes de la paz se han puesto en marcha al oír la trompeta de la voz incitante del destino “es la hora del cambio”. Como dijo Lavoissier: “Nada se crea, todo se transforma”, y nos corresponde a cada uno de nosotros transformar nuestro campo de batalla en un oasis fértil para que todos podamos vivir con alegría, libertad y prosperidad.

(Dibujo Lorena Ursell. «La Naturaleza Sagrada del Ser Humano»)

El reino del silencio

El reino del silencio

Todo lo que existe en el universo, incluyendo el planeta y los seres que en él habitan, es una unidad viva con su propia vibración, su propio sonido, incluso el silencio. El silencio no es ausencia de sonido, no es mutismo, el silencio es el lenguaje de la comprensión en todas sus dimensiones.

El cosmos es un ente vivo y posee su propio latido, siempre está en constante movimiento emitiendo vibraciones, lo mismo sucede en los seres humanos y en la naturaleza: nuestro cuerpo biológico vive al compás de los latidos del corazón; nuestra mente es un torrente de pensamientos; nuestro cuerpo emocional es un torbellino de sentimientos, y, el corazón de la naturaleza resuena y late al compás del latido del universo.

Cuando emprendemos el camino del silencio ya no podemos volver atrás, nuestra vida cambia porque nosotros cambiamos, de ahí la importancia vital del silencio en nuestras vidas. Detrás del corazón humano existe un espacio llamado “corazón espiritual” donde se desarrolla la comprensión y realización de otra realidad más sutil y sublime. Empezamos a vislumbrar lo que existe detrás del velo de las apariencias y descubrimos que la humanidad entera comparte los mismos miedos y necesidades, así va naciendo, paso a paso, en nuestro interior la comprensión de la vida. Hay dos clases de silencio: el silencio de la palabra y el silencio del corazón espiritual. En el silencio de la palabra o silencio de los prudentes aprendemos a callarnos para no herir —no juzgamos ni criticamos, su finalidad es evitar conflictos—; también, aprendemos a no hablar si no tenemos nada que decir y a dejar que los demás encuentren su propio camino, su finalidad, el respeto, no olvidemos que la palabra vuela y, desde tiempos inmemoriales, ha transmitido la sabiduría y los secretos del universo y de la humanidad. En el silencio del corazón espiritual o silencio de los sabios, empezamos a caminar por el sendero del reino de la paz, de la empatía, de la compasión al comprender y aceptar que cada persona tiene su propio ritmo y destino; su voz fluye como agua mansa y cristalina que recorre nuestro cuerpo y va sembrando notas de alegría y armonía.

La fuerza del silencio nos remueve el interior para que vayamos en busca de nuestra verdad y para que no aceptemos que nadie nos “imponga” sus verdades, creencias, ideas; cada ser humano es libre para elegir su sendero, su vida, su verdad. El silencio también nos muestra el camino del respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás, por lo que aceptamos, sin juicios, las diferencias de los otros. De ahí la importancia del silencio tanto de la palabra, pues la razón tiene sus límites, como la del silencio del corazón, que a través de la comprensión nos enseña a rasgar los velos de la ignorancia.

Mediante un proceso de sinceridad con nosotros, observamos que a través de nuestra vivencia hemos construido con nuestras acciones puentes de luz y murallas de sombras. Ese proceso de observación nos lleva al autoconocimiento —deseo inquebrantable de conocer nuestra verdadera imagen—. La verdad es un don que yace en todos los seres humanos que buscan conocerse. Muchos seres tratan de justificarse y justificar los errores sin atreverse a mirar en su corazón, pues sienten vergüenza de su mediocridad. La vida es un aprendizaje individual y nadie —ni sabios ni maestros— nos lo pueden enseñar, solo nuestro otro “Yo” que reside en el corazón espiritual, haciéndonos comprender las razones de nuestras acciones y dejando que nosotros elijamos nuestro camino. En cambio, nuestro “ego” que conoce todos los artificios para engañarnos, nos hará vivir detrás de unas murallas, haciéndonos creer que somos libres.

El reino del silencio contiene las cualidades del alma: humildad, belleza, serenidad, equilibrio, alegría, amor y nos llevan hacia la felicidad expresándolo con palabras que no solo comunican, sino que reflejan lo que sentimos y, también, por medio de nuestras acciones serenas. La palabra es un don que solo los seres humanos poseemos para ofrecer a los demás una mayor comprensión de nuestros pensamientos, emociones y sentimientos. La palabra está hecha para hacer el bien, no para la confrontación que se crea cuando el ego se inmiscuye en nuestros pensamientos y acciones, haciendo lo que él desea, muchas veces mediante el desprecio, la humillación, el dolor, destruyendo todo a su alrededor.

El silencio nos enseña que la consciencia es una fuerza muy poderosa, una fuerza viva que es y hay que dejarla ser y, a través de su vector, la palabra expresamos nuestro mundo interior que se refleja en nuestro mundo exterior.

El silencio nos permite oír el lenguaje del alma para evitar el ruido que es el lenguaje del conflicto.

(Dibujo Lorena Ursell. «La Naturaleza Sagrada del Ser Humano»)

 

El Cristo olvidado

El Cristo olvidado

El hombre dice: esto es bueno, aquello es malo, pero ignora todo el sentido del par.  Sabiduría Masái.

Siempre ha habido grandes eventos en la historia de la vida que nos han enseñado a corregir la imperfección del mundo a través de nuestras acciones individuales y colectivas.

El ritmo de la vida se mueve en un continuo vaivén sereno y equilibrado, en cambio, los seres humanos nos movemos en un continuo desequilibrio debido, entre otras cosas, a la aceleración con que vivimos la vida —no tenemos tiempo de detenernos un instante para plantearnos preguntas y menos aún para oír las respuestas que, seguramente, nos llevarán a algún lugar desconocido.  No vemos a nuestro vecino. No sentimos el coraje de la flor cuando emerge después de un duro invierno. Ignoramos que la nieve esconde tesoros bajo su capa blanca y da de beber a todo aquel que lo necesita, además de preparar el terreno para que en primavera todo emerja con fuerza y belleza. No viajamos a través de la ventana de nuestra creatividad, pues hemos olvidado el puente de cristal que nos lleva hacia nuevos universos—. Al vivir tan acelerados nos encadenamos a nuestro mundo material, frágil y efímero mediante eslabones de nubes oscuras que nos impiden ver el cielo azul y ser seres verdaderos en permanencia porque seguimos siendo niños asustados tocados por nuestros miedos. Sin embargo, cuando nos movemos al compás del vaivén sereno y equilibrado de la vida, vemos lo bella que esta es —su complejidad y multiplicidad son hilos de colores luminosos y cristalinos de una misma madeja, la humanidad, y para seguir tejiendo lazos hermosos y complejos debemos comprometernos con nosotros mismos y saber cuál es el sentido de la vida—.

Cuando somos seres humanos en permanencia nos damos cuenta del sentido de la unidad y somos capaces de comprender que el “otro” es una prolongación de nosotros mismos, al ser todos parte de un Todo, como dice la enseñanza del Cristo olvidado; aunque muchas personas sigan intentando fragmentar dicha unidad para dividir y controlar mejor, lo que lleva al enfrentamiento de las leyes terrestres binarias: “bien y mal”.

La energía de Cristo es la presencia invisible del átomo universal que todo crea y está en todas partes —en la risa, en la tristeza, en el vagabundo, en el príncipe—, esa presencia invisible nos hace sentir que somos algo más que un cuerpo material y nos permite cambiar la desdicha de nuestra vida en dicha, siempre y cuando aceptemos en nuestro corazón de cristal la esencia del alma y no sigamos rechazando lo que somos como ser humano. También, es el nexo entre lo visible e invisible que extiende sus rayos en la profundidad vulnerable de la miseria humana para que podamos tomar consciencia de nuestros sentimientos y actos y, así, volver al corazón de cristal, unidad de la esencia del Ser Humano verdadero.

Durante eones hemos construido edificios a base de creencias absurdas —pecados, culpabilidades, mentiras, oscurantismos y miedos—, sin embargo, muchos sabios a través de los grandes eventos de la vida, han dejado su huella de conocimiento y sabiduría en libros de piedra para que las generaciones venideras pudieran tener una vida mejor, insistiendo en que hay que “ser éticos y morales, buscar el bien común para todos; usar el discernimiento, ser disciplinados, respetuosos, transigentes, generosos y aceptar quiénes somos”, lo que nos procura sabiduría, coraje y lucidez para encontrar la puerta de salida del laberinto de los deseos, pasiones, soberbia, avaricia, vanidad, complejos y sufrimiento.  Es hora de ir dejando a un lado los dogmas impuestos de castigo y culpa para entrar en la vibración del amor, lucidez, sentido común y alegría a través del autoconocimiento, conciencia, responsabilidad ética y moral.

La reconciliación entre los seres humanos es necesaria y vital, no existe mayor atrocidad que el fratricidio. La ley universal de la no violencia debe aplicarse para que las masas se puedan liberar y vuelvan a recordar que la energía de Cristo es la energía de la Unidad. Esa unidad produce una vibración que nos hace saber que somos creadores de nuestra vida a través de nuestros pensamientos, palabras y acciones. Cada uno es su propio jefe interior y nadie ni nada puede quitarnos esa libertad de elección.

Para recuperar al Cristo olvidado debemos recuperar la alegría y la verdad que son el origen de toda creación y nos ayudan a cambiar las circunstancias, restableciendo el equilibrio. Recordemos que la felicidad es ser feliz uno mismo y ofrecer esa felicidad al otro, así cumpliremos el objetivo de nuestra vida que es vivir en paz con uno mismo.

El camino de la libertad

El camino de la libertad

Un punto de inflexión es la forma natural que tiene la vida de marcar el antes y el después de una experiencia y nos lleva a la línea de salida para otra nueva vivencia, dándonos la oportunidad de dejar atrás al antiguo yo y renacer al nuevo yo.

Toda nuestra vida es un sendero por el que debemos recorrer paso a paso; la libertad es el derecho que tenemos para transitar conforme a nuestras elecciones, las cuales siembran nuestro camino. Nuestra actitud optimista o pesimista nos pone en un camino u otro, llevando en nuestra memoria celular la huella que nos ha dejado nuestra experiencia anterior a nivel físico y psíquico —cada emoción tiene una carga emotiva, lo que provoca reacciones en el cuerpo biológico—; no podemos olvidar que la perseverancia y el esfuerzo son recompensados.

El camino de la libertad exige consciencia y responsabilidad. La libertad interior refleja nuestro mundo exterior del cual somos autor y actor.  Antes de sentir la magnificencia de la libertad hay que comprenderla; mientras vivimos en el mundo del ego, damos vueltas y vueltas en nuestro laberinto de pensamientos intransigentes, dogmáticos, etiquetando erróneamente cualquier creencia o diferencia que no comprendemos por ser diferente a la nuestra; con la incomprensión nace el juicio que nos encadena a ese dolor que proviene de nuestra elección. Hay que aprender a desaprender los conceptos impuestos, las medias verdades e ideas erróneas que nos han inculcado desde pequeños y mucho antes; solo así podemos empezar a ver para aprender a observar nuestro cuerpo biológico y nuestra psique que nos mandan señales de que algo no va bien, ayudándonos a comprender lo que nos pasa para corregir nuestros errores en lugar de iniciar una lucha interna y externa que solo hiere a todos.

El deseo es uno de los carburantes más poderosos que poseemos los seres humanos. La libertad implica un cambio en nuestra vida y cuando estamos en la línea de salida estamos preparados para trascender los velos que nos envuelven y ver lo que hay detrás de ellos, la Vida. Muchos anhelan dicho cambio, pero se sienten incapaces de hacerlo debido al miedo y prefieren seguir viviendo en su vulnerable protección, han olvidado que el antídoto al miedo es el coraje que existe dentro de ellos. Una vida sin entusiasmo es vivir en la indiferencia, en la monotonía del aburrimiento de nosotros mismos.

La vida de los seres humanos está definida por la polaridad, pero cuando unimos esas dos fuerzas opuestas encontramos el equilibrio que nos lleva a la unidad y no a la división, es decir, a vivir la vida con una mente abierta y no egocéntrica.  Vivir es estar en la polaridad, crear o destruir; la libertad nos permite elegir, sabiendo que todo tiene su efecto y causa.

El camino de la libertad es el camino de la sabiduría cuyos puntos de inflexión, a través de nuestra experiencia, nos hacen sentir que somos capaces de elevar nuestra consciencia para engendrar el embrión de trascendencia que nos lleva a una vida mejor. La libertad nos proporciona coraje y nos muestra el objetivo que deseamos alcanzar cuando luchamos por un mayor bienestar tanto individual como social. Todos tocamos en positivo o en negativo la creación de nuestro mundo y nos acerca a las diferencias de los demás. Hay que abandonar el rechazo de reconocer al otro el derecho de pensar diferente, de respirar a su ritmo, de amar cuando su corazón vibra.

El camino de la libertad es nuestro sendero de vida y se alimenta con nuestras decisiones, si son optimistas construiremos pueblos de soñadores —restituyendo la memoria de los valores perdidos en la humanidad—, donde la utopía triunfa sobre la distopía; si son pesimistas seguiremos en nuestro mundo conflictivo, creando guerras y caos que solo nos trae sufrimiento y dolor porque los valores de la humanidad siguen perdidos.

Todo depende de nuestra elección porque somos libres de elegir, así es el ciclo natural de la vida.

(foto privada)