El reino del silencio

El reino del silencio

Todo lo que existe en el universo, incluyendo el planeta y los seres que en él habitan, es una unidad viva con su propia vibración, su propio sonido, incluso el silencio. El silencio no es ausencia de sonido, no es mutismo, el silencio es el lenguaje de la comprensión en todas sus dimensiones.

El cosmos es un ente vivo y posee su propio latido, siempre está en constante movimiento emitiendo vibraciones, lo mismo sucede en los seres humanos y en la naturaleza: nuestro cuerpo biológico vive al compás de los latidos del corazón; nuestra mente es un torrente de pensamientos; nuestro cuerpo emocional es un torbellino de sentimientos, y, el corazón de la naturaleza resuena y late al compás del latido del universo.

Cuando emprendemos el camino del silencio ya no podemos volver atrás, nuestra vida cambia porque nosotros cambiamos, de ahí la importancia vital del silencio en nuestras vidas. Detrás del corazón humano existe un espacio llamado “corazón espiritual” donde se desarrolla la comprensión y realización de otra realidad más sutil y sublime. Empezamos a vislumbrar lo que existe detrás del velo de las apariencias y descubrimos que la humanidad entera comparte los mismos miedos y necesidades, así va naciendo, paso a paso, en nuestro interior la comprensión de la vida. Hay dos clases de silencio: el silencio de la palabra y el silencio del corazón espiritual. En el silencio de la palabra o silencio de los prudentes aprendemos a callarnos para no herir —no juzgamos ni criticamos, su finalidad es evitar conflictos—; también, aprendemos a no hablar si no tenemos nada que decir y a dejar que los demás encuentren su propio camino, su finalidad, el respeto, no olvidemos que la palabra vuela y, desde tiempos inmemoriales, ha transmitido la sabiduría y los secretos del universo y de la humanidad. En el silencio del corazón espiritual o silencio de los sabios, empezamos a caminar por el sendero del reino de la paz, de la empatía, de la compasión al comprender y aceptar que cada persona tiene su propio ritmo y destino; su voz fluye como agua mansa y cristalina que recorre nuestro cuerpo y va sembrando notas de alegría y armonía.

La fuerza del silencio nos remueve el interior para que vayamos en busca de nuestra verdad y para que no aceptemos que nadie nos “imponga” sus verdades, creencias, ideas; cada ser humano es libre para elegir su sendero, su vida, su verdad. El silencio también nos muestra el camino del respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás, por lo que aceptamos, sin juicios, las diferencias de los otros. De ahí la importancia del silencio tanto de la palabra, pues la razón tiene sus límites, como la del silencio del corazón, que a través de la comprensión nos enseña a rasgar los velos de la ignorancia.

Mediante un proceso de sinceridad con nosotros, observamos que a través de nuestra vivencia hemos construido con nuestras acciones puentes de luz y murallas de sombras. Ese proceso de observación nos lleva al autoconocimiento —deseo inquebrantable de conocer nuestra verdadera imagen—. La verdad es un don que yace en todos los seres humanos que buscan conocerse. Muchos seres tratan de justificarse y justificar los errores sin atreverse a mirar en su corazón, pues sienten vergüenza de su mediocridad. La vida es un aprendizaje individual y nadie —ni sabios ni maestros— nos lo pueden enseñar, solo nuestro otro “Yo” que reside en el corazón espiritual, haciéndonos comprender las razones de nuestras acciones y dejando que nosotros elijamos nuestro camino. En cambio, nuestro “ego” que conoce todos los artificios para engañarnos, nos hará vivir detrás de unas murallas, haciéndonos creer que somos libres.

El reino del silencio contiene las cualidades del alma: humildad, belleza, serenidad, equilibrio, alegría, amor y nos llevan hacia la felicidad expresándolo con palabras que no solo comunican, sino que reflejan lo que sentimos y, también, por medio de nuestras acciones serenas. La palabra es un don que solo los seres humanos poseemos para ofrecer a los demás una mayor comprensión de nuestros pensamientos, emociones y sentimientos. La palabra está hecha para hacer el bien, no para la confrontación que se crea cuando el ego se inmiscuye en nuestros pensamientos y acciones, haciendo lo que él desea, muchas veces mediante el desprecio, la humillación, el dolor, destruyendo todo a su alrededor.

El silencio nos enseña que la consciencia es una fuerza muy poderosa, una fuerza viva que es y hay que dejarla ser y, a través de su vector, la palabra expresamos nuestro mundo interior que se refleja en nuestro mundo exterior.

El silencio nos permite oír el lenguaje del alma para evitar el ruido que es el lenguaje del conflicto.

(Dibujo Lorena Ursell. «La Naturaleza Sagrada del Ser Humano»)

 

La perla del universo

La perla del universo

Al volver a casa después del trabajo pasé por un pequeño parque para niños, estaba desierto y un columpio vacío se balanceaba al ritmo del viento; me senté en él y dejé que la brisa del mar me columpiara al compás del vaivén de las olas; la suave luz del atardecer me envolvía mientras observaba como la gran esfera de fuego descendía en total confianza hasta quedar suspendida sobre la línea que une el cielo y el océano. Al observarla sentí como la llama de la vida se encendía en mi corazón y fluía por mi cuerpo en todas direcciones, como ríos de fuego que van cauterizando las heridas abiertas de nuestras vivencias, de encuentros y desencuentros, de deseos y apegos, de amor y desamor, de confianza plena y traición perversa. Vuelvo a sentir la caricia de la brisa del mar. Salto del columpio y vuelvo a casa mientras las estrellas se veían dobles, unas brillando en el cielo y otras brillando en el mar.

El fulgor del sol me despertó. Volví a sentir como la llama de la vida recorría mis venas y me llenaba de hondos sentimientos de fuerza y vitalidad. Hoy, como cada sábado, me preparo para ir a caminar por el borde del acantilado que bordea al inmenso océano. Es un camino sinuoso de tierra y piedras que asciende con lentitud hasta un llano donde se ven unas murallas majestuosas, orgullosas y bellas de piedra volcánica que nacen en las profundidades marinas y se alzan desafiantes al infinito azul. Una de esas montañas siempre me ha hechizado y atraído con la fuerza de un imán; su cima es una cara perfecta que mira al cielo y tiene la boca abierta para recibir el agua que las nubes le regala y ella, a su vez, la entrega al océano a través de su bella cascada. Un rugido proveniente del océano me advierte que respete ese lugar que antaño fue un reino sagrado lleno de vida y alegría, cuya magia se esparce por todas partes como el perfume de las flores silvestres. Me quedo atónita por esa advertencia y aclaración. En contraste con esa fuerza casi violenta del océano, oigo el dulce canto de las golondrinas que juegan en el aire en total confianza celestial.

Hoy percibo una extraña sensibilidad en mi interior. Me siento en una roca para mirar, embelesa el paisaje y contemplo un auténtico espectáculo, el movimiento de la vida: —el baile de las aves al compás del aire.  Las olas que chocan contra las grandes murallas espolvoreándolas de copos de nieve y, en su caída, oigo sus risas. A lo lejos delfines saltarines que provocan mi sonrisa. Diamantes que tejen un manto plateado sobre las aguas. Piedras que guardan en su interior el fuego de los volcanes.   Flores silvestres, blancas, amarillas, verdes y violetas que conversan y dejan su fragancia para todos los caminantes—. Observando el espectáculo comprendí que todo está entrelazado y todos los seres que habitan en el planeta —agua, montaña, gaviota, delfín, piedra, flor, ser humano— respiramos el mismo aire, bebemos la misma agua y nos alimentamos de la misma tierra. El susurro de una vieja canción me saca de mi embeleso, miro a la montaña que parece sonreír al verme sobresaltada.

“A cámara lenta, mi cabeza gira hacia el horizonte. Veo una dama etérea que emerge entre dos olas lejanas y se acerca a mí con pasos aéreos.  Estoy fascinada, su sonrisa ilumina el lugar y me llena de serenidad; coge mi mano, nos levantamos y caminamos por un sendero de lazos dorados. Me lleva a la ciudad de cristal hecha de piedras de luz de cuarzo, rubí, zafiro, ámbar; caminamos por una vereda de ámbar hasta llegar a una pirámide brillante, luminosa, cristalina, de color azul, zafiro, su belleza es colosal.  La señora etérea no entra y me espera fuera. Al poner mis pies sobre el zafiro azul, una cálida sensación me acoge y envuelve; siento una confianza total y no me opongo a lo que pueda pasar. Percibo como una espiral de luz azul, zafiro y diamantes me eleva hacia el vértice de la pirámide, donde una puerta se abre al espacio radiante y puro de la luz blanca y dorada. Vuelvo a sentir como la calidez de esa luz me envuelve y me transforma en luz eterna. Sé que estoy de nuevo en casa. A través de un rayo blanco cristalino observo un lugar majestuoso de una perfección y belleza sublimes, hasta tal punto que el universo entero contiene su aliento y se rinde ante esa perla que vibra en los confines del universo. Gaia es su nombre.  Gaia es conciencia pura de vida, alegría y amor; es el planeta donde conviven reinos diferentes de seres vivos, entre ellos el ser humano, obra maestra del Creador. Para que la conciencia de la belleza, de la vida y de la alegría pudiera manifestarse se les dio una apariencia externa y, además, al ser humano se le dotó de una conciencia espiritual superior, siendo dicha conciencia el baremo de su experiencia terrenal a partir de los pensamientos, sentimientos y actos.

Al no existir tiempo ni espacio en el rayo cristalino, la historia de la humanidad se manifestó en el presente eterno: desde el comienzo de la historia de la humanidad el ser humano se convirtió en un vagabundo errante al centrarse en la codicia, avaricia, egoísmo, lo que ha provocado guerras y más guerras, generando miedo, sufrimiento, miseria. Entre tanto tormento y ruinas, el ser humano ha ido tejiendo velos densos con hilos de tinta negra para esconder su violencia y vergüenza. En el presente vive en un olvido total de mentiras y mezquindad, cayendo en su propia trampa. Ese terrible escenario de hace miles de años no ha cambiado en el presente momento. Hay tanta miseria humana que la perla del universo, Gaia, llora de dolor y pena e implora, una vez más, a los seres humanos, que tomen conciencia del daño que provocan al destruir todo e incluso a ellos mismos y les recuerda que todos los seres que viven en el planeta tienen los mismos componentes que ella. También insiste al ser humano que recuerde que es el único ser vivo en el planeta que tiene la capacidad de elevarse hacia la luz o caer en la más profunda oscuridad, todo depende de su elección”.

Volví a sentir el viento en mi cara, dos lágrimas tibias caían por mis mejillas, la mujer etérea se había ido; miré hacia el océano de luces plateadas y vi que la huella de pasos aéreos formaba una estela azul, blanca y dorada.

Con esa visión, comprendí que perdemos nuestro tiempo en elucubraciones, dejándonos arrastrar por corrientes que nos llevan de un lugar a otro sin comprender el verdadero sentido de la vida. Gastamos energía y tiempo en ir de un error a otro, de encadenarnos a los miedos, de desear lo que no tenemos, de querer poseer sin importar el daño que causamos. Nos hemos olvidado de nuestra conciencia y en lugar de elevarnos caemos en la trampa de la sombra, transformándonos en autómatas al no usar el don de la observación —hacemos las cosas sin pensar, sin armonía, sin amor–de ahí todos los males que vivimos. Nuestra vida es una caricatura, una máscara donde lo esencial de la persona se ha borrado de tanto ignorarlo. Hay que trascender el velo de la ignorancia, de nuestro ego si queremos llegar a ser seres humanos verdaderos, sin etiquetas, aceptando al otro en lo que es y no en lo que queramos que deba ser; dejar de pensar en forma binaria y aceptar la multiplicidad para llegar a la unidad.

También es importante saber leer en las apariencias de las palabras que nos atraviesan el alma y que nos ayudan si van cargadas de sabiduría celestial que es la antorcha que ilumina la noche del mundo. En cambio, si hay ausencia de sabiduría, fabricamos flechas de emociones reprimidas. Cuando la certitud de las cosas que creemos que es se va, nosotros también nos alejamos de nuestro centro y caemos, a no ser que estemos bien atados a ese eje de la sabiduría.  Supe que no podemos huir del destino, pues tarde o temprano nos encuentra y llama a nuestra puerta.

Miré a la montaña, no sé si era ella o yo la que sonreía, vi su cascada de colores mientras los rayos del sol la acariciaba. Una mariposa blanca revoloteó frente a mí con su belleza, elegancia, fragilidad, confianza y sabiduría, recordándome que lo mejor de nuestra vida es no olvidar la relación entre el cielo y la tierra, pues estamos concatenados al universo.

Volví a casa para reflexionar y escribí esta historia para no olvidar que el perfume de las flores silvestres y la huella de la estela azul, blanca y dorada son la magia de un efímero momento que es el eterno universo.

(Dibujo Lorena Ursell, «La Naturaleza Sagrada del Ser Humano»)

El Cristo olvidado

El Cristo olvidado

El hombre dice: esto es bueno, aquello es malo, pero ignora todo el sentido del par.  Sabiduría Masái.

Siempre ha habido grandes eventos en la historia de la vida que nos han enseñado a corregir la imperfección del mundo a través de nuestras acciones individuales y colectivas.

El ritmo de la vida se mueve en un continuo vaivén sereno y equilibrado, en cambio, los seres humanos nos movemos en un continuo desequilibrio debido, entre otras cosas, a la aceleración con que vivimos la vida —no tenemos tiempo de detenernos un instante para plantearnos preguntas y menos aún para oír las respuestas que, seguramente, nos llevarán a algún lugar desconocido.  No vemos a nuestro vecino. No sentimos el coraje de la flor cuando emerge después de un duro invierno. Ignoramos que la nieve esconde tesoros bajo su capa blanca y da de beber a todo aquel que lo necesita, además de preparar el terreno para que en primavera todo emerja con fuerza y belleza. No viajamos a través de la ventana de nuestra creatividad, pues hemos olvidado el puente de cristal que nos lleva hacia nuevos universos—. Al vivir tan acelerados nos encadenamos a nuestro mundo material, frágil y efímero mediante eslabones de nubes oscuras que nos impiden ver el cielo azul y ser seres verdaderos en permanencia porque seguimos siendo niños asustados tocados por nuestros miedos. Sin embargo, cuando nos movemos al compás del vaivén sereno y equilibrado de la vida, vemos lo bella que esta es —su complejidad y multiplicidad son hilos de colores luminosos y cristalinos de una misma madeja, la humanidad, y para seguir tejiendo lazos hermosos y complejos debemos comprometernos con nosotros mismos y saber cuál es el sentido de la vida—.

Cuando somos seres humanos en permanencia nos damos cuenta del sentido de la unidad y somos capaces de comprender que el “otro” es una prolongación de nosotros mismos, al ser todos parte de un Todo, como dice la enseñanza del Cristo olvidado; aunque muchas personas sigan intentando fragmentar dicha unidad para dividir y controlar mejor, lo que lleva al enfrentamiento de las leyes terrestres binarias: “bien y mal”.

La energía de Cristo es la presencia invisible del átomo universal que todo crea y está en todas partes —en la risa, en la tristeza, en el vagabundo, en el príncipe—, esa presencia invisible nos hace sentir que somos algo más que un cuerpo material y nos permite cambiar la desdicha de nuestra vida en dicha, siempre y cuando aceptemos en nuestro corazón de cristal la esencia del alma y no sigamos rechazando lo que somos como ser humano. También, es el nexo entre lo visible e invisible que extiende sus rayos en la profundidad vulnerable de la miseria humana para que podamos tomar consciencia de nuestros sentimientos y actos y, así, volver al corazón de cristal, unidad de la esencia del Ser Humano verdadero.

Durante eones hemos construido edificios a base de creencias absurdas —pecados, culpabilidades, mentiras, oscurantismos y miedos—, sin embargo, muchos sabios a través de los grandes eventos de la vida, han dejado su huella de conocimiento y sabiduría en libros de piedra para que las generaciones venideras pudieran tener una vida mejor, insistiendo en que hay que “ser éticos y morales, buscar el bien común para todos; usar el discernimiento, ser disciplinados, respetuosos, transigentes, generosos y aceptar quiénes somos”, lo que nos procura sabiduría, coraje y lucidez para encontrar la puerta de salida del laberinto de los deseos, pasiones, soberbia, avaricia, vanidad, complejos y sufrimiento.  Es hora de ir dejando a un lado los dogmas impuestos de castigo y culpa para entrar en la vibración del amor, lucidez, sentido común y alegría a través del autoconocimiento, conciencia, responsabilidad ética y moral.

La reconciliación entre los seres humanos es necesaria y vital, no existe mayor atrocidad que el fratricidio. La ley universal de la no violencia debe aplicarse para que las masas se puedan liberar y vuelvan a recordar que la energía de Cristo es la energía de la Unidad. Esa unidad produce una vibración que nos hace saber que somos creadores de nuestra vida a través de nuestros pensamientos, palabras y acciones. Cada uno es su propio jefe interior y nadie ni nada puede quitarnos esa libertad de elección.

Para recuperar al Cristo olvidado debemos recuperar la alegría y la verdad que son el origen de toda creación y nos ayudan a cambiar las circunstancias, restableciendo el equilibrio. Recordemos que la felicidad es ser feliz uno mismo y ofrecer esa felicidad al otro, así cumpliremos el objetivo de nuestra vida que es vivir en paz con uno mismo.

La mujer de fuego

La mujer de fuego

He vuelto a tener una noche agitada de esas que parece que estoy en un tiovivo dando vueltas y vueltas, hasta que el frío me despierta. Tengo esa sensación de alegría y tristeza en mi cuerpo, huella imperecedera de ese sueño repetitivo donde las llamas de una hoguera se transforman en una hermosa mujer que danza al ritmo del crepitar del fuego y de los sonidos del bosque. Antes de levantarme, revivo durante unos minutos las sensaciones que convergen en mi corazón; percibo ecos lejanos que no comprendo aunque tengo un vago cosquilleo. Me levanto y voy directa a la ducha, necesito sentir el agua fría en mi cuerpo, estoy sudando, un calor abrasador quema mis entrañas.

Con ese sabor agridulce voy a trabajar. Hoy tengo una reunión importante con mi principal cliente para debatir sus inversiones y conseguir pingües beneficios para ambos. Me apasiona el reto, la competencia, ganar.

Al finalizar el trabajo y de regreso a casa, mi cuerpo acusa un cansancio extenuante, algo infrecuente en mí. Necesito sumergirme en un baño caliente para relajar mi cuerpo y mente, pensaba. Después del baño y con mi mano aún mojada, retiro el vaho para verme en el espejo; me golpean las palabras que pronuncié en la reunión: “machacar hasta conseguir el resultado”, inmediatamente, sentí cómo mi estómago se estrujaba. No comprendo lo que me pasa. Veo mi reflejo y no me reconozco; esos ecos del sueño hacen vibrar algo en mi interior, surgen peguntas: ¿quién eres ahora?, ¿dónde están tus sueños y deseos?, ¿qué sentido tiene tu vida? Dos lágrimas amargas corren por mis mejillas mojadas. Algo en mi interior me hace sentir que me he extraviado y mi reflejo lo manifiesta. Duele profundamente ver mi realidad, ahora no son lágrimas que bañan mi cara, son torrentes de dolor que ahogan mi corazón. Salgo y cierro la puerta de un golpe. Me preparo una copa de vino blanco, me tumbo en el sofá y escucho jazz para evitar oír la voz de mis diablillos que no paran de hacer ruido dentro de mi cabeza: “la vanidad es la causa de todos los extravíos de los sentidos”. Observo mi vida, sin juicios ni emociones. Recuerdos que distan una eternidad entre mi verdadero yo y mi actual caricatura comienzan a resurgir con una fuerza sobrenatural. Siento cansancio, sopor y cierro los ojos.

Los rayos del sol me despiertan, sigo en el sofá. Como un autómata me visto y salgo de casa. Necesito tomar aire fresco. Subo al coche y conduzco sin dirección y para no seguir oyendo a mis diablillos, pongo el volumen de la radio a tope; el coche, como si tuviera vida propia, se dirige a la carretera que lleva a las montañas, a mi pequeña cabaña. Estoy como en trance, solo puedo seguir adelante. Al cabo de varias horas llego al pequeño pueblo de casas de piedras y calles empedradas, tiene tanto encanto que me hace sentir bien tan solo con verlo; siento calma, sensación que no sentía desde hacía mucho, mucho tiempo.

A la mañana siguiente, después de la ducha, vuelvo a limpiar el espejo de vaho y vuelvo a ver mi reflejo, no me gusta lo que veo; el cansancio es agotador y esas preguntas vuelven galopando como un elefante en su huida. Salgo de la cabaña y me dirijo hacia el lago cercano. ¡Cuánto tiempo hacía que no venía! No recordaba su belleza. “Me vi cuando era niña y venía con mis padres de acampada, por la noche hacíamos una fogata; sus llamas de colores vivos me hipnotizaban y recordé de pronto a la señora de fuego que danzaba con las llamas, su largo pelo rojo, labios carmín, tez dorada y una gran sonrisa daba una belleza singular a su cara. Bailaba entre las llamas con soltura y elegancia”. Como una explosión volvió ese recuerdo de mi sueño y comprendí que no era un sueño, sino un recuerdo olvidado.

Al atardecer regresé. Sentí la serenidad que emana de la madre tierra cuando se prepara para descansar. La policromía del bosque y del atardecer me hizo sentir ese escalofrío de unión con la madre tierra que había olvidado. Me senté con gran respeto para no perturbar su reposo, pero de pronto la sinfonía de la noche empezó con el coro de las aguas cristalinas para dejar paso al ritmo de la brisa que hacía danzar las ramas que producían sonidos de maracas y el canto de las aves nocturnas mientras las luciérnagas danzaban en honor a la luna. Poco a poco, los colores se transformaron en profundos abismos para magnificar el espectáculo del universo. Ante tal grandeza me sentí muy pequeña; con profundo respeto hice un círculo con piedras y encendí una hoguera, de repente las llaman, se reavivaron y apareció la señora de pelo rojo, tez dorada, cuya sonrisa iluminó el abismo del universo.

Estaba hipnotizada, las preguntas sin respuestas volvieron a danzar en mi mente: ¿Quién eres ahora? ¿Dónde están tus sueños y deseos? ¿Qué sentido tiene tu vida? Me quedé callada y en esa milésima de segundo donde el tiempo y el espacio no existen, volví a mi infancia. “Me vi con mis padres un sábado de luna nueva, yo tenía siete años; hicimos una hoguera mientras en el cielo caían estrellas fugaces y otras brillaban como diamantes. Mientras cenábamos mi padre contaba historias, pero yo no escuchaba, estaba hipnotizada por las llamas. Veía a la señora del fuego bailar, me levanté y me puse a danzar con ella al compás de la sinfonía del bosque; mis padres me miraban sin comprender lo que hacía, aunque sonreían.  Mientras bailaba supe que quería plasmar en lienzos la esencia del fuego en toda su expresión —letras de fuego que bailan en el cielo, amaneceres mágicos y atardeceres serenos; llamas que dan luz a la vida cuando emergen del corazón del ser que lo siente y ascienden a través de una espiral de transformación para crear nuevos universos; seres de fuego que bailan al compás de los latidos de los seres vivos; fuego creador que como esencia divina crea la vida—, veía esos flashes aunque no los comprendía. También, me vino el recuerdo de esa tarde de primavera cuando era estudiante de arte y mis compañeros se burlaban de mi obsesión por el fuego, incluso mis padres no me comprendían y aunque no dijeran nada sus miradas lo decían. Mi baja estima y vulnerabilidad hicieron que dejase atrás mi pasión para hacer lo que otros querían. Mis padres me educaron según su camino y no el mío, así fue como me olvidé de mí y nació mi caricatura”. Como un rayo en la oscura noche, comprendí y volví a mirar a la señora, vi su sonrisa de comprensión y empatía: “nunca es tarde para empezar si ese es aún tu deseo. Siempre hay que vivir según los dictados del corazón para encontrar el sentido de la vida, pues él sabe lo que tú ignoras; recuerda que el sonido de tus latidos es el sonido de la creación”, dijo.

Sentí una fuerza poderosa que impregnaba todas mis células, la fuerza de querer ser yo misma, de aprender a mirar para ver mi vida, a tener confianza y compromiso conmigo misma —el valor de lo que aprendemos radica en lo que queremos que sea nuestra vida—; tuve la certeza de que tenía que dejar de pelear para volver a ser guerrera en mi vida. Me levanté y bailé junto a la señora del fuego esa danza de las llamas de los corazones vivos; cerré los ojos y sentí cómo las llamas me envolvían, me había convertido en la mujer de fuego. “Hay que ser valientes, pero no temerarios, dejar que muera lo que tiene que morir y que viva lo que tiene que vivir, una cosa es aprender para no repetir el pasado y otra renegar de tus raíces”, me dijo con su sempiterna sonrisa antes de desaparecer entre los colores rubí y magenta.

Cuando regresé a la cabaña, lo primero que hice fue mirarme en el espejo. Vi a una mujer bella, llena de fuerza y deseos, que reía y bailaba al son de su corazón de fuego, donde las llamas son esencia de vida y amor.

Mi vida cambió para siempre, pues dejé a un lado las apariencias y me centré en mi alma; plasmé en lienzos letras de fuego para que su chispa iluminara el universo y mantuviera con vida la esencia del fuego en el corazón de todo aquel cuya añoranza la sintiera en la piel.

(Foto docemasuna.com)

El camino de la libertad

El camino de la libertad

Un punto de inflexión es la forma natural que tiene la vida de marcar el antes y el después de una experiencia y nos lleva a la línea de salida para otra nueva vivencia, dándonos la oportunidad de dejar atrás al antiguo yo y renacer al nuevo yo.

Toda nuestra vida es un sendero por el que debemos recorrer paso a paso; la libertad es el derecho que tenemos para transitar conforme a nuestras elecciones, las cuales siembran nuestro camino. Nuestra actitud optimista o pesimista nos pone en un camino u otro, llevando en nuestra memoria celular la huella que nos ha dejado nuestra experiencia anterior a nivel físico y psíquico —cada emoción tiene una carga emotiva, lo que provoca reacciones en el cuerpo biológico—; no podemos olvidar que la perseverancia y el esfuerzo son recompensados.

El camino de la libertad exige consciencia y responsabilidad. La libertad interior refleja nuestro mundo exterior del cual somos autor y actor.  Antes de sentir la magnificencia de la libertad hay que comprenderla; mientras vivimos en el mundo del ego, damos vueltas y vueltas en nuestro laberinto de pensamientos intransigentes, dogmáticos, etiquetando erróneamente cualquier creencia o diferencia que no comprendemos por ser diferente a la nuestra; con la incomprensión nace el juicio que nos encadena a ese dolor que proviene de nuestra elección. Hay que aprender a desaprender los conceptos impuestos, las medias verdades e ideas erróneas que nos han inculcado desde pequeños y mucho antes; solo así podemos empezar a ver para aprender a observar nuestro cuerpo biológico y nuestra psique que nos mandan señales de que algo no va bien, ayudándonos a comprender lo que nos pasa para corregir nuestros errores en lugar de iniciar una lucha interna y externa que solo hiere a todos.

El deseo es uno de los carburantes más poderosos que poseemos los seres humanos. La libertad implica un cambio en nuestra vida y cuando estamos en la línea de salida estamos preparados para trascender los velos que nos envuelven y ver lo que hay detrás de ellos, la Vida. Muchos anhelan dicho cambio, pero se sienten incapaces de hacerlo debido al miedo y prefieren seguir viviendo en su vulnerable protección, han olvidado que el antídoto al miedo es el coraje que existe dentro de ellos. Una vida sin entusiasmo es vivir en la indiferencia, en la monotonía del aburrimiento de nosotros mismos.

La vida de los seres humanos está definida por la polaridad, pero cuando unimos esas dos fuerzas opuestas encontramos el equilibrio que nos lleva a la unidad y no a la división, es decir, a vivir la vida con una mente abierta y no egocéntrica.  Vivir es estar en la polaridad, crear o destruir; la libertad nos permite elegir, sabiendo que todo tiene su efecto y causa.

El camino de la libertad es el camino de la sabiduría cuyos puntos de inflexión, a través de nuestra experiencia, nos hacen sentir que somos capaces de elevar nuestra consciencia para engendrar el embrión de trascendencia que nos lleva a una vida mejor. La libertad nos proporciona coraje y nos muestra el objetivo que deseamos alcanzar cuando luchamos por un mayor bienestar tanto individual como social. Todos tocamos en positivo o en negativo la creación de nuestro mundo y nos acerca a las diferencias de los demás. Hay que abandonar el rechazo de reconocer al otro el derecho de pensar diferente, de respirar a su ritmo, de amar cuando su corazón vibra.

El camino de la libertad es nuestro sendero de vida y se alimenta con nuestras decisiones, si son optimistas construiremos pueblos de soñadores —restituyendo la memoria de los valores perdidos en la humanidad—, donde la utopía triunfa sobre la distopía; si son pesimistas seguiremos en nuestro mundo conflictivo, creando guerras y caos que solo nos trae sufrimiento y dolor porque los valores de la humanidad siguen perdidos.

Todo depende de nuestra elección porque somos libres de elegir, así es el ciclo natural de la vida.

(foto privada)