por Ángeles Carretero | Feb 27, 2020 | Artículo
¿Es posible la paz sin justicia? ¿Es posible el progreso en la guerra? ¿Es posible vivir estando muertos? La respuesta a estas preguntas es ¡No!
Las calles de todas las ciudades del mundo están pavimentadas con historias vivientes de alegrías y penas, así es la vida; sin embargo, existen países cuyas calles son cunetas llenas de almas en pena recubiertas del polvo del olvido porque a algún individuo se le ocurrió la idea de destruir la vida de seres humanos inocentes. Así pues, no puede haber paz en la injusticia, ambas van de la mano y son inseparables como el aire y la materia. No puede haber progreso en el barro de la miseria y desesperanza; no puede haber vida cuando se está muerto.
El denominador común para lograr el bienestar social es la paz —si hay paz, hay vida, hay sueños, hay esperanza, hay progreso—. Es obligación de todos luchar por esa nueva conciencia social. El bienestar se basa en que el ser humano esté bien, para ello debe desarrollar sus propios valores de respeto y dignidad y tener sus necesidades básicas cubiertas —vivienda, sanidad, trabajo, educación, cultura—.
Los conflictos creados por el ser humano a lo largo de la historia de la humanidad son aterradores: guerras, hambrunas, miserias y sus angustiosas consecuencias. La solución a la guerra no es las armas, la solución es que los dirigentes sean personas con valores humanos, que se respeten a sí mismos y respeten a los ciudadanos; no se puede gobernar para uno mismo ni para los privilegiados, se debe gobernar para todos los ciudadanos, sin excepción. Todos tenemos el derecho de estar en la balanza del bienestar.
Las acciones siempre tienen consecuencias. La crisis humanitaria en el mundo entero es atroz. Millones de seres humanos viven en un estado de desesperación tan profundo que para salir de él es necesario que emerja inmediatamente una nueva conciencia social. Conciencia que nos alimente el alma con respeto, justicia y libertad, conciencia que busque la luz de la paz. Todo esto parece una utopía de palabras bonitas, sin embargo, no lo es, se puede realizar si tomamos consciencia de que la vida es un don sagrado, al que todos tenemos derecho y absolutamente nadie debería quitarlo.
Sin justicia, sin libertad, sin respeto, sin dignidad, sin paz, no hay vida, solo sufrimiento y dolor. La base de la conciencia social es respetar a todos los seres humanos y a la naturaleza. Como he dicho anteriormente, es vital tener cubiertas las necesidades básicas y respetar que somos diferentes. Cuando seamos responsables de nuestra vida y los gobernantes, sean personas humanas, dignas y respetuosas, germinará esa nueva conciencia social y traerá paz y justicia que tanta falta hace en nuestra historia del siglo XXI.
Para caminar los dos pies deben avanzar en la misma dirección.
(La Naturaleza Sagrada del Ser Humano)
por Ángeles Carretero | Feb 21, 2020 | Artículo
“… Quiero ser libre de mi destino, que las líneas de mi mano me abran todos los caminos de este largo río…” (Tchicaya u Tam’si)
A lo largo de los años, miles de personas anónimas, escritores, políticos, científicos, artistas han dejado un legado de sabiduría, de fuerza, de coraje, de conocimiento para evitarnos el terrible dolor de la ignorancia y del fanatismo que ellos sufrieron. Su lucha sin tregua fue por la libertad, por el conocimiento, por el poder de elegir, por la vida, donde el respeto fuese la base de la convivencia serena —sin colores y sin creencias—, solo viviendo como seres humanos con nuestras diferencias y complejidades.
Como en el pasado, en la actualidad vivimos en un caos general —político, económico, moral, ético, humano—, pagando un precio muy alto, vivir sin vivir. Pero parece ser que a los seres humanos nos cuesta aprender de las vivencias y legados de otros; preferimos tener nuestras propias experiencias y nuestro propio dolor en nuestra propia guerra; seguimos cometiendo las mismas barbaries que antaño, la guerra —cada vez más cruel— forma parte de nuestra historia cotidiana. El no aprender de nuestro pasado sigue causando destrozos humanos, sociales y éticos y si queremos salir de ese laberinto tan denso y doloroso no tendremos más opción que luchar por la libertad y el respeto de cada uno de nosotros, solo así podremos sentir paz para traer la paz.
No podemos seguir escondiéndonos detrás de falsas hipocresías, de mentiras reconfortantes, de compromisos de humo, pues los hechos confirman que las palabras sin acción son un pozo de dolor.
La enfermedad del siglo, según Gandhi, es “El desprecio del hombre”. Si no reflexionamos, si no nos ponemos en marcha contra ese caos y violencia, dentro de poco la venganza, el odio, el dolor será el alimento de nuestra alma cuyas consecuencias serán devastadoras. Las cicatrices en la piel del alma por odio e indiferencia son cicatrices que no se borran y la mayoría de las veces rompen la vida de las personas que las llevan.
Un proverbio indio-americano dice: “Todo hombre posee en su interior dos lobos que libran batalla: uno representa el amor y la gentileza; el otro representa el odio y el miedo. El vencedor es aquel al que alimentas”.
Si buscamos la paz la encontraremos, si tenemos respeto lo daremos, si sentimos amor lo sentiremos. Si buscamos venganza la encontraremos, si sentimos odio lo viviremos, si sentimos desprecio lo sentiremos. A cada uno nos toca elegir, y esa elección será nuestra huella.
(foto privada)
por Ángeles Carretero | Ene 30, 2020 | Artículo
Misterio: “enigma de algo que es difícil de conocer”. Alquimia: “transmutación de la sombra densa en luz cristalina”.
La vida nos regala diariamente el aprendizaje para que dejemos de huir de las fantasías provocadas por el deseo y el miedo. La voz de la vida resuena como un trueno en los cañones del desierto cuyo eco nos hace vibrar para que seamos conscientes y capaces de descifrar el código del misterio de la vida – cada ser humano es algo más que un cuerpo biológico, existen emociones, pensamientos, sentimientos que definen a la persona, de ahí que el aprendizaje contenga dos vertientes, una interna y otra externa. A través de nuestras experiencias internas y externas creamos densos velos que tenemos que rasgar si queremos descifrar el código del misterio. Para rasgar dichos velos necesitamos la alquimia que permite transmutar nuestras densas energías en luz cuando cambiamos de actitud. Este aprendizaje, como decían los antiguos sabios, implica el autoconocimiento.
El misterio de la vida nos invita a entrar de lleno en la experiencia de vivir para borrar el olvido de quienes somos. El olvido nos hace dar vueltas y vueltas para llegar a ninguna parte, pero muchas veces vemos destellos de colores que forman un mosaico de opciones y oportunidades y sentimos la fuerza para salir de ese paréntesis que nos tiene atrapados en su propia trampa, intentando vivir escenarios que no nos corresponden o que son ficticios, no queremos oír nuestras emociones, no queremos transformar nuestros pensamientos ni acciones; vivimos con la baja estima de víctimas, nos autocompadecemos generando violencia y frustración, pero el regalo de la vida nos ofrece chispas de lucidez para comprender que debemos aprender. Tenemos el poder de elegir.
Mientras más vueltas damos por el laberinto de la vida, más nos sentimos impotentes, confundidos y frustrados, lo que genera agresividad porque estamos asustados y tenemos miedo. ¿Puede el amor y la alegría vivir bajo el velo de la pesadumbre donde no hay luna ni estrellas? No puede, el amor es luz y necesita alimentarse de rayos de alegría, serenidad y confianza que son la esencia del alma.
La encrucijada nos hace sentir vacíos, pues las calles son espejismos fantasmagóricos creados por nuestras decisiones —algunas acertadas y otras equivocadas—. Hemos olvidado que somos guerreros durante esta aventura de nuestra vida; los guerreros aprenden a dejar atrás los miedos para adentrarse en el universo de la verdad y de la dicha, de la vida y del renacimiento. Los guerreros con su grito de valor y de silencio crean estrellas brillantes en la noche de luna llena, rasgando el velo del dolor.
No hay nada más motivador que descubrir el desafío del misterio de la vida. Nuestra voz debe dejar de sonar como una rueda sobre guijarros en una calle de piedras para empezar a sonar como el agua cristalina del río que se mueve sin cesar buscando el océano. Elevando nuestra conciencia, entramos en esa dimensión donde el sol presta su oro a las dunas de la sabiduría y vemos cómo la luz desplaza a la sombra señalando el camino al caminante sediento de verdad.
Debemos escuchar la voz del silencio del alma para que nos alumbre como estrellas solares cuyos rayos destruyen esos sombríos escenarios, pues nos dice qué códigos podemos utilizar para cambiar nuestra vida: “La paz es el antídoto a la violencia de cualquier género, el amor es el bálsamo que cura nuestra existencia, la sabiduría es el lenguaje oculto de la vida, la verdad nos conduce a desentrañar los misterios del infinito azul y la luz es el alimento de la esencia del alma de la creación que todos llevamos en el corazón”.
Si nos aventuramos en ese desafío de desentrañar el misterio de la vida y de la alquimia, estoy segura de que el agradecimiento sería el denominador común de nuestras vidas, no daríamos por hecho nuestro día a día, sino que cada día que pasa lo consideraríamos como un regalo lo que haría que nuestra actitud y comportamiento cambiaría para crear un lugar mejor donde vivir las nuevas oportunidades.
El misterio de la vida nos empuja a descifrarlo, a investigar y a adentrarnos en el universo profundo del amor —fuego dorado, esencia divina del alma—, uniendo nuestros pasos a los suyos, podemos descubrir sus códigos que están grabados a fuego en nuestro corazón, por esta razón es vital conocerse a sí mismo.
La felicidad, la salud, el bienestar lo podemos obtener si abrimos nuestros corazones y somos agradecidos a la esencia del misterio de la vida, la clave está en la alquimia.
(Foto privada)
por Ángeles Carretero | Ene 20, 2020 | Artículo
Como decía Mahatma Gandhi: “La persona que no está en paz consigo misma, será una persona en guerra con el mundo entero”.
¡Oímos el repicar de las campanas, pero no queremos oír su mensaje!: “La Humanidad está sufriendo —confusión, trastornos, conflictos, pérdida de valores humanos, guerras frías entre países para dar “jaque mate”—; no solo sufre la humanidad, sino el planeta, trayendo graves consecuencias para todos sus habitantes —cambio climático con secuelas de sequía, hambruna, desbordamientos de ríos, devastación, éxodo de miles de seres vivos…—. Es hora de que las razas, las religiones, las culturas vivan en paz y en armonía, respetando y apreciando sus singularidades para aprender todos de todos. El amor creador nos concede a todos la libertad de ser, de crear y de existir”. Seamos grandes de espíritu y abramos nuestra mente y corazón para escuchar la voz del planeta y de la humanidad.
Todos somos marionetas articuladas movidas por señoras y señores que controlan el poder político, social, financiero, religioso… Los responsables de esta actual catástrofe planetaria somos seres humanos y entre todos ellos estamos tú y yo. No podemos permitir perder más tiempo entre diálogos sin compromisos ni acuerdos; el tiempo no se posee ni se compra, el tiempo es efímero y cada segundo que pasa no vuelve y las situaciones empeoran si no se han tomado acuerdos y compromisos para solucionarlos.
¿Dónde estoy yo y mis derechos? Se preguntan miles de personas que sufren en sus carnes ese caos de miserias, injusticias, violaciones, violencias… La persona que sufre está sumida en un pozo oscuro y húmedo de dudas y miedos que la devoran interiormente, pues no comprende lo que pasa ni por qué los países lo toleran. No es fácil asumir ese sufrimiento —a nivel personal o social—. No podemos dejar de luchar para traer esperanza y crear un mañana mejor a esos corazones agarrotados por el sufrimiento. Se pierde mucho tiempo en discursos y en disputas sin llegar a un acuerdo porque nadie escucha a nadie, solo interesa acumular más poder. Muchas decisiones dependen de gobernantes y líderes de países que controlan los derechos humanos básicos como la libertad y el respeto, guardados entre barrotes o bajo un mar congelado.
La respuesta a la pregunta, ¿dónde estoy yo y mis derechos?, vendrá cuando haya un diálogo verdadero, cuando estemos dispuestos a cambiar y cuando todos podamos trabajar para un mejor bienestar, comprendiendo que la Humanidad es unión y no división. Las personas que sufren persecución, maltrato, violencia, éxodo viven sin esperanza y esto trae la enfermedad de la tristeza y si no se cura, la esencia de ese dolor puede generar, en un futuro próximo, en venganza y fanatismo, creando más daño y sufrimiento por la incomprensión y el abandono.
Es urgente que seamos conscientes del sufrimiento ajeno y luchemos para que los que tienen en sus manos el poder de decisión cumplan sus compromisos de lucha por un bienestar común. Es la hora del cambio, de tomar consciencia y de empezar a escuchar el mensaje que nos trae el repique de campanas y buscar soluciones verdaderas. Hay que ser activos y dejar de ser pasivos. Todos somos responsables de nosotros mismos y de nuestra familia, amigos, colegas, barrio, comunidad, ciudad, nación…, en definitiva, somos responsables del planeta y la humanidad.
Víctor Hugo decía: “No hay mayor sufrimiento que la soledad”. Hay millones de personas que se sienten solas, aisladas de sus derechos, de sus países, familias, incluso de su propio ser, porque sienten que ya no existen, pues han dejado de ser ellos mismos. La soledad impuesta debilita los corazones y la mente de las personas y se combate con generosidad, fuerza y valentía para generar momentos positivos de alegría, solidaridad y entusiasmo. Recordemos que los hechos mueven al mundo, no las palabras.
La soledad impuesta quiebra los derechos humanos y la fortaleza de la persona, nadie ha elegido morir entre bombas y bajo los escombros, familias que han perdido todo, pues el amor y la vida han saltado por los aires, por una mina o un misil… En el planeta existe un lugar para cada uno de nosotros, si reforzamos los lazos sociales y culturales, sin imposición solo aceptación de las diferencias, así debemos luchar para acabar con ese sinsentido llamado guerra.
Es hora de que todos juntos luchemos por un mandamiento superior que establezca que cada ser humano es un tesoro al que hay que proteger con justicia, respeto, igualdad y libertad.
La soledad impuesta es desgarradora y nos enferma de tristeza. La esperanza es el alimento del alma para seguir avanzando. Solo la convivencia pacífica entre culturas, aceptando las diferencias y compartiendo nuestra generosidad y solidaridad, podremos unir a la Humanidad.
Nuestros deseos de hoy serán nuestras realidades de mañana.
(foto privada)
por Ángeles Carretero | Dic 15, 2019 | Artículo
Hay que temer a la injusticia, da igual la máscara o la etiqueta que lleve; la injusticia es el alimento de los depredadores que termina infectando todo a una velocidad vertiginosa.
La injusticia nos lleva por senderos cuyas cunetas están repletas de valores humanos pisoteados, de escenarios sangrientos y crueles, de tiranía y de esclavitud, senderos tristes y áridos porque han perdido su fuerza vital, la libertad. Desde el comienzo de la historia de la humanidad y hasta este preciso momento hemos visto muy frecuentemente estos mismos paisajes desolados y devastados que nos arrancan gritos de desesperación y que todos conocemos. La injusticia toca todos los ámbitos en el ser humano y en la sociedad: abusos, favoritismos, corrupción, esclavitud, violencia, compraventa de seres humanos, falta de libertad, muerte y un larguísimo, etc. En la injusticia todo es negativo tanto para la humanidad como para el planeta.
En nuestro minúsculo planeta hay tanta injusticia que incluso en la naturaleza se nota el desequilibrio. Muchas zonas del mundo están a la merced de un poder opresivo cuyas consecuencias son despotismo, pobreza, falta de humanidad y libertad, siendo inhumano e inaceptable. No se puede seguir construyendo muros bajo las fuerzas del miedo, no se puede invadir un país matando a sus ciudadanos para que algunos señores se levanten todopoderosos, pero deben recordar que las estatuas frías y sin almas son de barro y cuando caen se rompen en mil pedazos.
La injusticia carece de sinceridad, de honestidad y de honor y solo sirve para crear conflictos, dividir e ir debilitando al ser humano y a la sociedad; las personas que la llevan por bandera encadenan a otros seres humanos a galeras negándoles el derecho de la libertad y de la vida. Marco Aurelio dijo: “Piensa en lo que han hecho, tras pasar una vida de implacable enemistad, sospecha, odio… ahora están muertos y reducidos a cenizas”.
La liberación de la esclavitud y de la injusticia debe hacerse pacíficamente y con personas capacitadas que antepongan el bienestar de la humanidad al suyo propio. Este proceso de paz debe tener un objetivo común: la dignidad y los derechos humanos.
Ha habido y hay en nuestra Historia grandes Hombres y grandes Monstruos y se ha demostrado que solo cuando los líderes tienen desarrolladas las cualidades humanas de humildad y de respeto, cuando cuidan y protegen el bienestar del pueblo y de la naturaleza, es cuando hay progreso, justicia y paz.
Hay que armonizar la arquitectura mental de algunas personas para que empiecen a pensar y a actuar como líderes sabios, tanto a nivel político, financiero, religioso o social, anteponiendo la paz y la libertad a la violencia y a la esclavitud. Marco Aurelio nos dejó otro pensamiento: “Si el mundo apareciera ante nuestra mirada opaca y sin alegría, es nuestro deber iluminarlo y darle vida, pues la luz que refleja el mundo es siempre el más peligroso de los espejismos. La Luz siempre proviene del alma”.
Para que la justicia triunfe hay que aprender a leer en el libro de la vida con sabiduría, lucidez, humildad y respeto, sin fantasías ni espejismos. La Justicia es el alma invicta donde yace el honor, la lealtad y los valores humanos que nos permite ser dueños de nuestras vidas. La Justicia trae paz y es la llama risueña de una lámpara que desafía con su luz a las tinieblas, mejorando la vida de millones de personas y dejando a un lado las impertinencias y las opiniones sin sentido. Leyendo el libro de la vida, aprendemos la comprensión básica de la realidad, el papel del ser humano, de la naturaleza y del cosmos, aprendemos los valores morales y espirituales, aceptando la pluralidad y las diferencias, aprendemos a ser los artesanos de la justicia fortaleciéndonos ante las tragedias cotidianas y protegiéndonos de los tifones que solo traen discordias y conflictos; la humanidad está desorientada y hambrienta porque necesita serenidad, coherencia, respeto, dignidad y libertad.
Mahatma Gandhi decía: “En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad como hombre, ninguna tiranía puede dominarle”.
(Dibujo Lorena Ursell. «La Naturaleza Sagrada del Ser Humano»)
por Ángeles Carretero | Dic 12, 2019 | Artículo
No habrá paz en el mundo hasta que la paz no forme parte de nuestra vida. No podemos intentar cambiar al mundo si nosotros mismos no cambiamos.
Paz, noble concepto que a todos nos atrae y creemos comprender, aunque para muchos sea una noción abstracta e imposible de lograr. Deseamos la Paz, pero no hacemos lo suficiente para que ella sea la base de una convivencia armoniosa entre seres humanos y naturaleza. Deseamos que la palabra Paz no solo se oiga en todos los rincones del planeta, sino que su sentido profundo emerja para zanjar las guerras y conflictos que forman parte del aire que respiramos. Paz, no solo es ausencia de conflicto, es la actitud de lucha no violenta por la vida. Como decía Mahatma Gandhi: “la Paz es el camino”, lo que significa que cada paso que damos debe ser sincero, consciente y coherente con nuestros pensamientos, palabras y acciones.
En el cuerpo mental es donde se originan las ideas, baile de llamas con colores cambiantes —positivas y negativas, creativas y destructivas—. Estas ideas se transforman en palabras sabias, vacías, hirientes y como consecuencia en acciones positivas, negativas y violentas.
Los pilares de AHIMSA —palabra sánscrita que significa “no violencia”— son: paz, sabiduría, luz, verdad y amor.
Así como el cuerpo biológico necesita alimentos, el alma —fuerza vital—, necesita nutrientes de valores como respeto, justicia, libertad, tolerancia, solidaridad, compasión, perdón para que vivamos en armonía de acuerdo a la ley universal de la sabiduría.
La Paz es una fuerza serena y firme que nos proporciona “sabiduría” —herencia de nuestros antepasados— que nos hace sentir y vibrar la riqueza que existe en la diversidad de aptitudes, aspectos y atributos de la Humanidad, riqueza que hay que proteger y disfrutar. La Paz con su “luz” enciende la llama del corazón que con sus colores brillantes transforma el escenario decorado con tonos grises de nuestra existencia. La Paz nos lleva a encontrar nuestra “verdad” porque nos enseña a dudar y a dudar para seguir investigando en nuestro interior, proporcionándonos coraje y valor para salir de la influencia del ego. La Paz reside en el corazón, símbolo del “amor”, principal nutriente de la fuerza vital, necesario para existir y ser. Para poder sentir y vibrar a través de estos cinco pilares necesitamos la meditación, útil, imprescindible, que nos hace tocar nuestra conciencia y nuestra alma.
Vivimos volcados hacia el exterior, pero ya es hora de volver al origen de nuestra esencia y sentir su perfume hecho de la unión de dos ingredientes mágicos, el amor y el respeto. Una de las actitudes más negativas y con más repercusión sobre nosotros y nuestro entorno es la inercia de un comportamiento pasivo. Todos conocemos las consecuencias de la violencia. Es hora de parar esa pandemia y volver a ser más sensibles a los atributos espirituales, donde la agresividad cede ante la ternura y el orgullo cede ante la humildad.
Luchemos todos en AHIMSA, la no violencia, para erradicar la ignorancia, la crueldad y la violencia, incluso, el espíritu del mal necesita encontrar sosiego y serenidad.
La paz tiene su propio latido, la felicidad, para sentirla debemos formar parte de ella.